La gente de Konstan Spring decide que les
vendría bien tener un enterrador, y así llega John. El problema es que el agua de
este pueblo es especial, hasta el punto de que nadie muere. Nunca. Todo un
problema para un profesional, casi un artista, en el cavado de tumbas. Para que
el recién llegado no se sienta inútil los del pueblo idean estrategias para que
John se sienta parte de la nueva comunidad. Por supuesto, no funcionarán.
El detalle del agua milagrosa aporta más
peso al componente fantástico, aunque algún detalle del relato indicaría la
posibilidad de una línea temporal alternativa (se habla de la “Segunda Guerra Inglesa”). En todo caso, Konstan Spring tiene todos los detalles de
ambientación de una población del Far West. Una mezcla curiosa, cuando menos.
Genevieve Valentine adopta otro estilo (y otras ambiciones) en The Gravedigger
of Konstan Spring que otros relatos que he podido leer de ella. Lo mejor es ese
tono que despliega los hechos con sencillez, pero con cierta mala idea, y un
humor peculiar.
There was no denying John was an artist.
The priest thanked John for the grave even before he asked God to commend
Samuel’s soul.
Esa naturalidad contrasta bien con ese
elemento central “fantástico”, que lo vuelve algo tan “normal” como las propias
gentes del pueblo lo asumen. En otros momentos, el contraste es mayor, y hasta
chocante, incidiendo en ese humor extraño. Cuando por fin hay un enterramiento, la señorita Domar comenta,
crítica, al margen del sentimiento general de alegría (porque John pruebe al
fin su maestría en su tarea), que el trabajo de John no servirá de nada. Efectivamente.
Two days later, Samuel Ness wriggled his
way out of the shallow grave and came home to his farm and his orchard.
“I knew it!, muttered Mrs Domar as soon as
she saw him coming.
Lo relevante cae del lado del narrador,
pues, y cómo observa
desde fuera a los personajes, y los deja sin que podamos penetrar en sus psiques, y sus motivaciones no sean del todo claras. Por ejemplo, John asimila el hecho de esta
resucitación más como un desafío (como si no hubiera cavado lo suficientemente
bien la tumba) que como algo que debiera extrañarle o preocuparle. Y con la
misma distancia concluye que ya habrá otros muertos que enterrar, cuando acudan
viajeros. La misma frialdad, de ese tono, que encaja bien con todo ese
sentimiento general del pueblo, tan pragmático como para asesinar gente que
pase por allí, bien sea por conservar el secreto del agua, bien, después, para
que John no se sienta minusvalorado al no tener ocasiones de probar su arte
como enterrador.
Por otro lado, la historia y el contexto
que cuenta no tiene excesivas complicaciones, de forma que este estilo y el
tono tienen más posibilidades de exponer los hechos en ese modo característico, eso sí, sumando algún que otro dato (alguno relevante) nuevo.
A nivel personal (a nivel de aprendizaje,
que cualquier relato ayuda) he encontrado interesante cómo una acción y una
imagen transmite más sobre el personaje de John (su obsesión con su labor) que
si el narrador nos hubiera dado acceso a sus pensamientos.
[John was] sharpening the edge of his
shovel on a boulder that sat beside a wide grave, sharp-edged and deep as a
well. John looked as quiet as calm as ever […]
*No need for all this, John”, Folkvarder
Gray said. “It’ll be weeks yet before the thaw opens the road, and no knowing
when the next one will come.” […]
“It´s just for practice,” said John, turned
the shovel on its edge, slid a slender finger along it until he began to
bleed.” (El subrayado es mío, claro)
Muy al modo de un guión, por cierto. Y una imagen que sirve de anticipación de lo que estará por venir.
El problema de The Gravedigger of Konstan
Springes que una segunda lectura plantea al
menos una pregunta en cuanto a lógica y verosimilitud. Si todos conocen el
poder del agua, ¿para qué contratar a un enterrador? ¿No hubieran anticipado
que éste bien sospecharía, bien encontraría su tarea bastante inútil? ¿Por qué, para qué arriesgarse?
Mantis Wives Kij
Johnson . Clarkesworld Agosto 2012 Nominado al Mejor Relato en los Premios Hugo 2012.
Casi imposible hacer una sinopsis de un relato que es apenas
narrativo. Kij Jonson usa el ritual de las mantis religiosas, devorando las
hembras a sus machos, y multiplica ese detalle entomológico a las más
elaboradas y terroríficas torturas, denominadas (entre la ironía y el contraste) como "artes".
There are
as many arts as there are husbands and wives.
Como digo, aquí no hay progresión en cuanto a una posible trama, sino la descripción de un
universo que empieza y acaba con la sensación tremenda (tal vez tremebunda, es decir, excesiva) de
que las relaciones humanas son más destructivas que cualquier crueldad que
hallemos en el mundo animal. A veces, en el "arte" que se describe Kij Johnson inserta un elemento que "rompe" y deriva hacia eso a lo que la metáfora se refiere:
[...] a mantis wive may lay her husband gently upon a soft bed and bring to him cool drinks and silver dishes filled with sweetness. She may offer him crosswords puzzles and pornography, may kneel at his feet and tell him stories of mantis men who are heroes; may dance in veils before him.
Como el relato es muy corto, no cae en la trampa de que la
metáfora se alargue. Ahora bien, cabe preguntarse si
dicha metáfora, tan señalada, tan central que se convierte en fuente de
análisis más atentos, es tan exacta, o si es que tal vez juegue a la ambigüedad.
En mayor número, las agresoras son las “esposas”. Quizá, y esto es
una interpretación, la autora quiere que Mantis Wives refleje un mundo invertido, donde son ellas las que,
en contraste con el nuestro, son ellas las que aplican a sus parejas las
torturas. O puede que la conclusión expuesta sobre las relaciones humanas es igual de desalentadora para ellos como para ellas, porque otras veces son ellos los que asumen la autodestrucción, por su cuenta o junto a ellas (como sucede con el "arte" de The Cruel Web).
Justo esa poca extensión revierte en eso que a veces sucede con los
relatos; que se alejan de la narración y adquieren un matiz cercano a la poesía, en cuanto a la amplitud de las interpretaciones posibles. Cada una de las torturas, de hecho, se nombran de una forma que no anticipa esa crueldad: Unready Jewels, The Scent of Violets, Two Stones Grind Together... La escasa extensión también invita al misterio de los significados abiertos a cualquier perspectiva.
Portada del número de Clarkesworld de Agosto de 2012. El autor es Martin Faragasso.
Rachel Swirsky lo recomienda como uno de los relatos recomendables del 2012 (justo antes de las votaciones para los
Premios Hugo). Intuyo que esta poética del horror tiene muchos seguidores, y
que el tipo de relato, extraño, que se aleja las normas de lo clásico hace
que algunos los relacionen con una autora que tiene gran predicamento en la
crítica de ciencia ficción y fantasía: Kelly Link. En mi caso, admito que algunos
relatos de su libro Stranger Things Happen me resultaron originales, inquietantes. Link sabe crear mundos donde igual se mezcla la
realidad más banal y común con lo fantástico (Louise’s Ghost), que este aspecto
fantástico se introduce más en el borde del terror (The Specialist’s Hat). Al tiempo,
diría que el juego con el absurdo y la ruptura de los cánones no crean, de modo
automático, calidad, no siempre transciende el tour de force, y, a veces, se codea hasta con el ridículo. Algo hay, no, seguramente en Link, pero puede que en muchos otros, de fe en que esa vía,
a la sombra de Angela Carter, tal vez encuentren su lugar para que la crítica
no les mire como pertenecientes propiamente al género, sino a la literatura
“seria”. No adelanto conclusiones, de todos modos. Si esto es o conecta con el New Weird, es difícil saberlo, ya que, como apunta aquí el compañero del blog La Biblioteca de Ilium, esa misma clasificación es bastante problemática. De momento, Mantis Wives de Kij Johnson me interesa relativamente. Reconozco,
eso sí, esos valores de variación respecto a los esquemas comunes en los relatos. Lois Tilton de Locus lo recomienda en su reseña. Y no me extrañaría nada que estuviera en la lista de nominados para los Premios Hugo. Actualización 30/03/13. Mantis Wives ha sido nominado al Premio Hugo, en la categoría de Mejor Relato. Prueba de que este tipo de ficciones (que no lo son) gana adeptos.
Nominado al mejor relato en los Premios
British Science Fiction Awards (BSFA) 2012
El autor del blog Everything is Nice, pronto abrirá allí
su club de lectura acerca de los relatos nominados a los premios de la British
Science Fiction Awards, la BSFA. El año pasado me apeteció participar, y fue
una experiencia muy interesante. Este año, me temo que podré aportar menos, ya
que, de los cinco nominados, sólo dos están disponibles online. Uno de ellos es
Song Of The Body Cartographer, de Rochita Loenen-Ruiz, una escritora filipina
que lleva ya tiempo en el punto de mira de analistas y expertos. Es estupendo que la ficción anglosajona se abra el mundo, y comience a
examinar qué se escribe en otros países. Lo quizá deprimente es que sea desde el lado anglosajón que se haya ido expresando este interés, y que no esté proviniendo, en paralelo, desde el otro lado. Hablo, claro, de lo que conozco más: el mercado en español. No me imagino a RBA, Factoría de Ideas, o cualquier editorial que esté incluyendo en sus catálogos ciencia ficción y fantasía publicando autores españoles (ni sudamericanos, ya que estamos). Pero como sé que todo está cambiando, quién sabe. En todo caso, tampoco olvidemos que la SF/F anglosajona está interesándose por autores de otras culturas... siempre que escriban en inglés. En cuanto a lo que se refiere a este relato nominado, sirve como signo de este cambio (en expertos, en críticos... tardará más en lectores, supongo), aunque no creo que sea la mejor representación de todos esos autores de otras nacionalidades que está probando nuevos caminos. Probablemente, ni siquiera sea el mejor escaparate para esta autora.
La creación de los pájaros, de la pintora mejicana Remedios Varo. Loenen-Ruiz explica que fue esta pintura la inspiración para este relato.
El relato es de corte fantástico. Narra cómo Inyanna tiene
problemas para volar. Pertenece a una raza de seres cuya evolución pasa
precisamente por ello, como parte de una especie de ritual. Además, esta
enfermedad coincide con una suerte de conferencia de paz entre reinos, donde la
debilidad de una representante de esta raza podría verse como información
peligrosa si llega a manos de los representantes del reino incorrecto. Siren,
una cartógrafa de cuerpos, es la encargada de tratar a Inyanna, proceso durante
el cual ambas mujeres se enamoran.
Si este resumen les parece un tanto denso, casi habré
acertado. Porque el relato es justo así. No me refiero a densidad en cuanto a
complejidad literaria, sino más bien a conceptual. Song Of The Body
Cartographer es un relato bastante corto, y, sin embargo, quiere contar muchas
cosas. Quizá, la autora buscaba esto, en cuanto a introducción a un mundo que
retratará con mayor detalle en una novela.
En este formato, no funciona.
La trama principal, sabemos por su final, es sin duda esta
historia de amor, pero todo lo añadido a hablar de ese universo no hace sino
restarle tiempo/paginas. De hecho, y pese a la sencillez del estilo, esto hizo
que yo encontrara confuso a ratos cuál era exactamente la relación entre las
dos mujeres.
Por un lado, así apenas tenemos oportunidad de que
conozcamos mejor a Siren o a Inyanna. Por otro, tampoco hay suficiente
información como para que los datos aportados sobre estas razas y reinos vayan
mucho más allá de la abstracción. Más o menos se entiende el punto de partida,
ese marco donde se intuye el riesgo de una guerra, y eso, quizá hubiera bastado
(imagino que será, además, el inicio de la novela). Pero, por ejemplo, todo lo
de esa serie de imágenes/cuadros que son, al parecer, importantes para la
Historia, los mitos, las creencias de este pueblo, no conecta apenas con la
trama principal.
Sin duda, aquí hay mucho potencial. Esa mezcla entre
neurología y magia, donde Siren examina el cerebro de Inyanna pero a través de
pantallas que muestran colores como signos de posibles problemas es
interesante. O eso que se siembra (de nuevo, sólo para una novela porque no
tiene relevancia en el relato en sí) de que Inyanna y otros de su raza quizá
estén siendo alterados genéticamente para impedirles el vuelo.
Pero todo ello son eso: apuntes para otra narración. Según
comenta Niall Alexander, en su reseña para Tor (aquí),
Rochita Loenen-Ruiz aportó el relato como algo similar a un “work-in-progress”. En cierto modo, esto representa poco respeto para con el género de los relatos en sí.
Por momentos, además, yo noto que la relación entre las dos
mujeres se define más con palabras que con hechos; que hay más descripción que
exposición. Eso también me hace no coincidir con Alexander cuando afirma que el
estilo está muy logrado. Disiento, bastante.
A mí me resulta un relato fallido, aunque insisto en que
aquí se hallan detalles que, bien desarrollados, darían para una historia de
fantasía correcta. En cierto modo, puede que suceda como con otro nominado a los Premios BSFA: 3 Moments Of Explosion, de China Miéville. Éste es una entrada de su blog, un post, y suena más a "sembrado" de ideas (casi a modo poético), apuntes para posibles novelas, que un relato. En ambos casos, puede que funcionen como punto de partida para debatir (y aprender) acerca de cómo un escritor coloca los diferentes elementos de una historia durante su proceso de creación. Pero no para mucho más. Aliette de Bodard escribió una reseña corta sobre este relato que ella juzga de forma más positiva. (Actualización 28/03/13) El autor del blog Everything is Nice ya ha colgado sus impresiones sobre el relato. En los comentarios, encontrarán un juicio aún más radical (para que no digan), de la mano de Jonathan MacCalmont.
China es un misterio, también en lo literario, para la mayoría de
nosotros. Era lógico que, poco a poco, fueran saliendo a la luz autores que
trataran los géneros fantásticos y de ciencia ficción, más, ahora, que los
lectores parecen que demandan otros estilos, otros temas, otros mundos que sean
creados por gentes de culturas que no sean la anglosajona.
Otro estilo es el que ofrece este A Hundred Ghosts Parade
Tonight. Ahora bien, es imposible
determinar si esta sencillez proviene del autor chino original, o si algo tiene
que ver su traductor, Ken Liu, el cual, de cuando en cuando, ya ha probado que
esta sencillez es algo que a él le atrae. En todo caso, también es cierto que el personaje que narra
es un niño, lo que justificaría ese estilo.
Portada del Clarkesworld de Febrero de 2012. El autor es Alexander Trufanov.
Lo más valioso aquí es la idea central. Hay un particular humor en esto de que se anclen a lo terrenal los míticos
fantasmas.
Dos escenas lo representan muy bien. Una, la tenemos ya al
principio.
… along
comes Yan Chixia, the great hero, vanquisher of demons and destroyer of evil
spirits. He’s carrying a basket on the crook of his elbow, the legs of his
pants rolled all the way up, revealing calved cakes with black mud. I can’t
help but laugh at the sight.
Ning es un niño que vive en el Pueblo de los Fantasmas.
Fantasmas legendarios, como este Yan Chixia, pero también fantasmas hermosos,
como Xiao Qian, una mujer que suele atender y cuidar del protagonista con más
esmero. Fantasmas de aspecto terrible, como el que encuentra en el pozo, en esa
segunda escena donde se percibe parte del objetivo de A Hundred Ghosts Parade
Tonight: hacer del aspecto fantástico
(subgénero, terror) algo cotidiano, cercano, normal y hasta digo de burla. Ning se mueve por el
pueblo, como el único vivo, y todo lo mira con ojos ya más habituados y preparados para la broma que para el miedo.
El relato toma mucho tiempo en situarnos en este lugar,
con sus peculiaridades. En cuánto tarda en suceder algo relevante (en lo
narrativo), y en cómo, de hecho, se acumulan dos giros fuertes con apenas
páginas de por medio quizá tengamos la prueba: tal vez los escritores de otras
culturas sí que escriben de otro modo.
Además, uno de esos giros se complementa con la aparición de
un detalle que vuelve el género aún más permeable. Si ya teníamos humor, ese
“terror burlado”, y un fantástico con tintes inusuales (al Pueblo de los
Fantasmas vienen ¡turistas!), hacia el final descubrimos que hasta cabe la
ciencia ficción.
Es parecido al momento que encuentro más logrado, esa otra escena que antes mencionaba; justo ese desfile al que alude el título. A mí me ha recordado a un detalle de la película Paprika(Satohsi Kon, 2006).
Fotograma de uno de los momentos donde también hay un desfile similar, en la película Paprika. Por cierto, un gran film que también mezcla ciencia ficción y fantasía.
Está lleno de una imaginería quizá
esperable (por aquello de que el autor es chino) pero con esa vuelta de tuerca
mas novedosa. Quizá Xia Jia es hasta consciente de que un lector occidental
busca ese exotismo, y de ello se ríe, porque los demonios y otras criaturas que
actúan en esta fiesta lo hace justo para eso: como hábito exhibicionista ante
los turistas.
Onstage,
ghosts are performing sword-swallowing, fire-breathing, turning a beautiful
girl into a skeleton. I’m bored by these tricks.
En realidad, esta clave, la apariencia, la pretensión, crece
como tema cuando sabemos… bueno, no lo puedo adelantar. Cuando sabemos algo
sobre Ning. Desde ahí, este pueblo extravagante sufre una amenaza que hace que el humor vaya desapareciendo, y se entrometa hasta cierta tristeza, por el fin de todo un universo.
A Hundred Ghosts Parade Tonight se lee con tal facilidad y rapidez, y ese estilo es
tan sencillo, que tal vez puede que se nos escape que hay más, ahí debajo, y que
para cuando se torna serio, hasta triste, en realidad no era sino una
resolución lógica de este mundo donde nada es lo que parece.
La reseña de Lois Tilton para Locus tiene una interpretación bien diferente de qué sucede en el relato, aunque también lo recomienda. A Hundred Ghosts Parade Tonight ha sido incluido en la antología The Year´s Best Science Fiction and Fantasy edición 2013, editado por Rich Horton.
A veces, tengo la sensación, el fantástico y de
ciencia ficción se ha abierto con tal entusiasmo a las historias creadas por
escritores fuera del ámbito anglosajón que es posible que ya ni se pidan
referencias antes de unirse a la fiesta. Referencias, me refiero, a si lo que ofrecen es de veras pertenecientes a alguno de estos dos géneros. Claro que, el problema vendría de quién busca y elige; quién edita.
IfThe Mountain Comes no es ni fantástico ni de ciencia ficción. Tiene
lugar (intuimos) en África, pero en él no hay elementos que rompan el realismo.
Puede que no sea el único caso reciente. Paul Kincaid hablaba en su famoso articulo para Los Angeles Times de otro relato (Rampion, de Alexandra Duncan) de corte histórico, el cual él no
hallaba el modo de encajar de modo alguno en ninguno de los dos géneros. Al
parecer, el relato se ambienta en Al-Andalus, y bastaba ese ambiente “exótico”
para que alguien hubiera creído que eso lo relacionaba con la fantasía.
Habrá, pues, que andarse con ojo. Lavid Tidhar, con su Osamanominado y premiado y, más o menos, alabado confirmaba que la puerta estaba
abierta ya del todo a que la fantasía y la ciencia ficción se poblara de otras
culturas. Pero la torpeza (o la gula) del mercado es tal que puede que se caiga
en crear interés por el mero aspecto exótico. Vamos, que sería peor el remedio
que la enfermedad.
Portada del número de Clarkesworld de Junio de 2012. El autor es Max Davenport.
De todo esto, claro, no tiene culpa An Owomoyela, que crea
una historia de apariencia sencilla, aunque con bastante enjundia.
Lena es la hija del líder de una aldea. Desde su mirada,
conocemos del detonante que amenaza o promete cambiarlo todo. Amenaza, porque
Enah, un ingeniero, ha llegado para recuperar la corriente del río que antes
pasaba por allí, y el agua, el pozo, su reparto, es el negocio de su padre.
Promesa, porque los aldeanos están hartos de esa dominación.
Lena, esa mirada, no es nada ingenua; sorprende la naturalidad
con la que desglosa que, si alguna vez huye, las opciones de supervivencia
pasarían por prostituirse. Y la primera escena ya la muestra limpiando la
sangre por alguna acción de ese padre que controla el pueblo. No se da tan
fácilmente al ensueño, y, al cabo, los argumentos de Enah parecen quizá
demasiado increíbles.
Puede que el relato tenga coincidencias temáticas con esa
fantasía y ciencia ficción que se centra en cómo alguien de fuera trae una
novedad que cambia toda un sociedad. Am Owomoyela va dando apuntes aquí y allá
de cómo la promesa va calando en el pueblo, cómo les rebela, cómo poco a poco
el tirano ya no es tan temido, y cómo piensan apoyar a Enah con su proyecto.
Pero lo mejor de If Mountain Comes es que esa misma evolución se focaliza en Lena de
una forma concreta.
De hecho, que todo se narre desde ella, que el relato se
detenga en los diferentes matices de cómo asume ese vivir bajo la sombra de un
cacique, hace que nada sea tan simple. Ella sabe, entiende, lo malvado de la
manera de actuar de su padre, pero, al tiempo, vive aislada de todos los demás,
ya que la odian tanto como a él. Está atrapada.
Only my
father. So much in my life was because of my father, or only my father. Because
of my father, I would never die of thirst. Only my father aimed to keep life
and death in a birdcage on his accounting desk.
No es la típica historia de rebeldía de una niña o
adolescente.
I thought,
What happens if the water rises.
But then,
that wasn’t the right question.
What
happens if the water never rises?
Efectivamente. La cuestión no es tanto si Enah conseguirá o
no que vuelva el río, o si el padre logrará impedirlo. La cuestión es que el
cambio, el propio concepto del mismo, ya ha llegado al pueblo y a Lena.
Por eso, considero que el final puede que sea inesperado,
pero coherente. No hablo de un giro final sorprendente. Se trata de que llegado
el momento, el relato desvela lo que antes quizá estaba implícito. Que ésta es
más bien de cómo todo ello se focaliza en Lena. Era, siempre fue, la historia
de Lena y cómo todo lo que sucede la hace que por fin reaccione.
Pese a todo, sí reconozco que su relación con François tal
vez esté menos trabajada de lo necesario para que, después, ese final sea más
comprensible.
De todos modos, he disfrutado bastante con If the Moutain
Comes. Pero insisto: no es ni fantasía ni
ciencia ficción. Aquí, una reseña (de todo el número de Clarkesworld).
Swift, Brutal Retaliation Meghan
McCarron Tor Enero 2012Novelette. Nominada al Premio Nebula a la Mejor Novelette 2012
Sinead y Brigid son dos niñas que asumen como pueden la
muerte de su hermano, Ian. Su relación con él se basaba mucho en las bromas
pesadas que éste les hacía (como hermano mayor) pero, ahora que no está, Sinead
acepta el rol para que el ritual se mantenga. Lo que ninguna espera es que el fantasma de Ian se hará presente justamente cuando preparan
cada una de esas bromas.
Esta historia está gustando mucho, según veo y encuentro por
Internet, y además en la lista de nominadas al premio Nebula. Puede que algo
que ver tendrá que Rachel Swirsky lo haya recomendado. Esta autora empieza a
tener mucho impacto, incluso en cuanto cuáles son los estilos, los temas, que
debería atraer la atención de críticas y analistas. Tampoco es novedad; en el
mundo de la sf/f hay gurús (ellos los llaman “gatekeepers”), y todos luchan por
darle visibilidad a lo que ellos consideran de calidad cada año, cuando
comienza la temporada de premios.
Hay elementos destacables en esta novelette, aunque me
parece que se están exagerando sus valores. En el mejor de los casos, digamos que soy capaz de ver sus posibles "pros", pero que su mismo concepto, su base, no me parece muy arriesgada.
Ilustración que acompaña al relato, en el número de Enero de 2012 de Tor. El autor es Christopher Silas Neal.
Lo mejor tal vez sea un reflejo de
la niñez que está lejos del idealismo. En los últimos años, el conservadurismo
ha inundado a qué visión tenemos de los infantes, a no ser, claro, que contemos
la visión contrapuesta, bajo el género de terror, donde el niño es el ser a
temer. La historia de Meghan McCarron no va por ahí. Sinead y Brigid son,
sencillamente, dos niñas tan “malvadas” como cualquiera de nosotros pudimos ser
en algún momento. Esto sí tiene su dosis de frescura, sobre todo porque durante
sus actuaciones (una contra la otra, con gamberradas inocentes pero con su algo
de crueldad) no se acentúa esa supuesta “maldad”. Es como si la autora dejara
que nosotros sacáramos conclusiones. Eso que hacen Sinead y Brigid en verdad lo
hacen con toda naturalidad. Y tampoco sus sentimientos caminan por las vías más
trilladas.
When Ian
was alive, there had been very little either of his sisters could do for him.
When he was well, they had tortured him, or tortured each other; as a result,
when he was sick, every earnest gesture had felt forced. They had loved their
brother, but they hadn’t liked him much.
El otro punto notable de Swift, Brutal Retaliation es cómo
el narrador (en tercera persona) va acercándose a una y a otra, dándonos acceso
a su manera de ver las cosas. Los niños, ya sabemos, ven el mundo de otro modo.
O… tal vez no. Quiero decir, en el mismo instante en que estoy escribiendo esto
me pregunto si esto no es sino otro tópico, y si entonces Megan McCarron quizá
en esto sea más convencional.
De todos modos, hay momentos muy logrados, donde se hilan
bien la acción externa y cómo ella afecta a los pensamientos de los personajes.
Como le sucede a Sinead cuando oye en la iglesia al sacerdote leyendo un
extracto de la Carta a los Corintios, en la Biblia.
This letter
informed the Corinthians that though their outsides were wasting away, their
insides were filling with the light of God. […] Sinead thought this God-house
probably sounded good to people in the desert two thousand years ago, but her
brother’s house wasn’t´ just sturdy; it had a pool. Also, her brother’s insides
had not grown stronger. He had wasted away, all of him. This stupid reading
confirmed her suspicions that God was like any other adult who lied and told
you horrible things for your own good.
Además, este punto de vista de las niñas
conviene a que el tono no se vaya a lo dramático/melodramatico. Y lo mismo se
aplicara hasta cuando aparece el fantasma.
Seeing her
ghost brother was terrifying, but having father find salt all over the floor
was equally scary, if not more so.
Este aire de cotidianeidad me da que es una vía que se está
explorando bastante en el tema de los fantasmas, y viene bien, en este caso,
porque es coherente con eso de la desdramatización. Las niñas leen todo lo que
pueden sobre por qué Ian está volviendo a sus vidas, prueban algunas teorías…
pero no. Ian vuelve cuando preparan sus bromas pero ni ellas ni el lector
confirma si es que apoya que se mantenga esas gamberradas, si es que no sabe
que está muerto... Es como si en esta historia los trucos comunes (permitir que "pase al otro lado", etc) no funcionara.
Así, y esto me parece interesante, es el segundo giro donde
lo fantástico (vertiente terror) rompe de veras, y no en el primero como suele
ser común. Lo fantástico va produciendo mayor ruptura ya que las protagonistas no tienen respuesta. ¿Qué demonios quiere Ian?
A partir de que el fantasma de Ian es un misterio y, poco a poco,
una presencia que no sólo observa, la historia se mueve, ahora sí, lo
terrorífico, hasta un final abierto, donde se incide en eso: no hay respuestas
como las de los libros (o las películas) e Ian ha venido para quedarse y quién
sabe para qué más.
En definitiva, un cuento de fantasmas más bien realista,
donde lo que cuenta no es el tema (supongo que ya se ha escrito todo
sobre los fantasmas, o eso parecen creer muchos), sino la caracterización, y el
tono. Swift, Brutal Retaliationha sido incluido en la antología The Year´s Best Science Fiction and Fantasy edición 2013, editado por Rich Horton.
Otro relato donde la primera frase define pronto el
derrotero. En este caso, personalizar una casa no es un recurso literario. Es que, de hecho, ella piensa. Y siente.
Portada del número de Noviembre de 2012 de Clarkesworld. El autor es Ken Barthelmey.
A través de la perspectiva del número 1414 de la calle Linden conocemos la última familia que se
ha instalado en esta casa.
A la vez, pequeños interludios entre la narración muestran
el discurso que podría ser el de un vendedor de propiedades. En cierto modo,
funcionan a modo de anticipaciones. Si entendemos que la casa va a venderse,
suponemos que las cosas con esa familia tal vez no acaben funcionando demasiado bien. Sobre todo, porque el primero de estos "insertos" se incluye exactamente después del
primer momento dramático: la muerte del perro de la familia. Aun así, lo cierto
es que, tras eso, parece innecesario que se continúe con esos interludios
durante todo el relato, cuando el conflicto ya ha surgido.
Por si algún lector pudiera suponer que esto pudiera ser
ciencia ficción (como aquel relato, Houses, de Mark Pantoja, donde casas automatizadas continuaban su vida peculiar después
de un intuido apocalipsis ya sin humanos), Everything Must Go pronto alerta de que esto es fantasía.
The son is
growing wings.
Esta mirada peculiar facilita una serie de detalles, y hasta
ciertos giros del lenguaje que son bastante hermosos. Por ejemplo, cómo la casa mira (y
“ama”) a la hija y su gusto por el origami. Además, desde el momento en que la
casa rebautiza a cada miembro de la familia con otro nombre (Paper para la
hija, Bird, para el hijo, Needle para la madre…), la historia va ganando cierto
aire de cuento. Quizá de alegoría.
Si a la vez, el autor tiene esa ventaja de las imágenes
poderosas que sirven, a la vez, de metáforas que facilita el género, ya tenemos un muy buen relato. Ese juego de convertir acciones metafóricas ("cortar las alas") en literales contiene una fuerza indudable.
She ties
each member of the family to her via thick silken cords, cords whose color
changes depending on her mood: crimson for anger, cerulean for disappointment,
jet for possessiveness, silver for regret.
De esta forma, la creciente descomposición de la familia es
imposible que caiga en lugares comunes. Esta reseña de aquí, de Patrick Johnson, expone por qué, además, la forma en que se maneja el imaginario del género ofrece otras ventajas. Por ejemplo, hace innecesario el énfasis:
by bringing them in as an actuality within the story, that elaborate discourse is replaced by a simply stated reality. The job of deciphering the allegory left to the reader, allowing details (such as which of the many things Bird’s wings could potentially represent is correct) up to the readers to deduce from the content of the story as opposed to the author’s insistence.
Esta falta de énfasis es perfecta ya que este imaginario fantástico no se usa para embellecer, para eso tan visto en en el género. Aquí lidia con una situación dramática que, además, va incluyendo derivaciones
bastante tremendas. El cuento siempre fue extraño, pero poco a poco se vuelve
de terror. Si el narrador andara señalándonos todo el rato qué sentir y qué crudo es todo, acabaríamos hartos. El hecho de que la casa lo observe todo (con tristeza, pero sin implicarse) aumenta la sensación de frustración; de cadena de sucesos que es imposible detener.
Todavía se nos reservan algunas sorpresas, ya que la casa,
testigo, observador, se va convirtiendo en un trasunto de esa madre
controladora. E interviene. De pronto, ya no es esa entidad benévola que nos ha acompañado y
guiado, y fuerza el desenlace.
Es un relato que recomiendo. Sobre todo, porque tengo la sensación de que está pasando desapercibido. Aquí tienen la reseña del relato de Lois Tilton, para Locus.
Sea porque he recuperado el hábito, sea porque se aproximan las nominaciones de los Premios Hugo, he estado poniéndome al día con mis lecturas de relatos de ciencia ficción y del género fantástico. Ahí van mis primeras reseñas.
El número de marzo de Tor usó la imagen de un ilustrador
para proponer a diversos autores que partieran de ella para una historia.
Thanatos Beach, de James Morrow, es bastante original, y me parece un hallazgo el tono, y cómo cambia a medida que se avanza. Comenzará siendo cercano al de la protagonista,
Inez, una escritora que se mueve en el círculo de la High Culture, y cuya forma
de ver el mundo tiene mucho de eso que se le contagia al narrador: humor irónico de
quien lo observa todo desde la atalaya de los cultivados.
"I already have a headache”, Inez noted. A glioblastoma
lollapalooza of a headache.
Ilustración de John Jude Palencar, que ha inspirado a varios autores para sus historias en el número de Marzo de Tor.
Inez tiene un cáncer incurable, y se le presenta una cura
que es una mezcla de ciencia (ficción) y surrealismo. A la vez, todo esa extrañeza la equilibra esa mirada de la protagonista, que acepta con naturalidad (y distancia y cierto sarcasmo) tanto que un
enano le haga la propuesta, como que su "salvador" un doctor que parece sacado de alguna película
de los años 40, y de los arquetipos del científico loco. Parte del interés para
que sigamos leyendo depende de que queremos saber si realmente una idea tan
alocada sobre los tumores de veras tiene efecto.
Aunque el autor es hábil y
también introduce una especie de anticipación indirecta. Una pista. Inez
recuerda uno de sus propios ensayos sobre la ciencia ficción en cierto cine
antiguo y sobre cómo reflexionaba en él sobre un aspecto reiterado: cómo la
trasgresión que significaba esa ciencia “salvadora” (y casi mágica), la misma
que usaba el doctor Frankenstein, siempre tenía un precio a pagar. De modo,
que el relato también puede sostener nuestra atención por esa vía: parte de
nosotros (que tampoco se libra de esos arquetipos de la ciencia ficción)
sospecha que el experimento no saldrá bien. Que Inez “pagará”.
Y vaya si paga. El milagro, por supuesto, tiene truco, pero
cómo evoluciona la historia es tan bizarro (atención a cómo se deshace Inez de
su nueva y esclavizante situación) que prefiero que lo descubran por ustedes
mismos. De pronto, el tono de distancia y humor suave desaparece, y ella, y una
serie de secundarios, de origen tan cultivado como ella se ven viviendo un
universo donde lo fantástico se alía con el terror, aunque sin que falte el más
absoluto absurdo.
Ya es un valor en sí, pienso, que una premisa un tanto
alocada, un poco surrealista, sea creíble y hasta interesante (hace poco, otro
relato se arriesgaba a ello y también le salía bien; The Migratory Pattern of Dancers, de Katherin Sparrow ).
Como contrapunto, tengo que decir que el desenlace es poco claro, ya que el
giro que cierra la historia es apresurado. No estoy seguro del todo en qué consiste esta nueva condena a la que se somete a la protagonista.
Lois Tilton y su reseña para Locus juzgaba que era una
historia merecedora de su recomendación. Siempre que pueda pondré enlaces a otras perspectivas. Como los relatos (y las novelettes, incluso las novellas) no suelen tener tanta atención crítica, lo más probable es que esta analista sea la referencia más común. Es la única que lo lee todo. Ah, una advertencia. El enlace dirige a una página donde se analiza todo lo publicado en ese mes. Así que bajen y busquen la revista en concreto. En este caso, Tor.
Historia de apocalipsis, desde la perspectiva de una entidad
omnipotente que lo observa todo. Que rememora todo lo inmediatamente antes de que suceda la gran catástrofe.
Número de Diciembre de la revista Clarkesworld. El autor de la portada es David DeMaret.
La narración es en segunda persona, lo cual siempre es un riesgo. Es un narrador que se dirige a un "tú", en verdad, falso, como si esta (suponemos) inteligencia artificial hablara hacia un personaje de la historia.
“Neat”, que dirían los americanos, pero no sé si tanto. Es verdad que puede hasta ser una broma metaliteraria, haciendo obvio toda la problemática de los narradores omniscientes (cuán molestos pueden resultar a veces). Como seguro funciona es como método para generar incomodidad. Incomodidad en el sentido de que este narrador, este ente, mira lo sucedido con distancia y frialdad, restándole dramatismo a todo. Es lo más válido del relato; el contraste entre esta observación áspera y el caudal de sucesos dramáticos que ocurren a
medida que ese fin del mundo se va haciendo real. El protagonista observa las
estrellas (ese gesto tal vez que se vuelve ya tópico) pero la realidad, los
hechos, son los que son, nos dice este narrador.
Stars
watch no one. They spin and glow in their own cosmic dances, like a girl with
her fingers reaching for the blue sky.
.
Y esas mismas estrellas son las que traerán el desastre que
acabe con la humanidad. En ese sentido, Sandra McDonald idea un desastre más original que la media.
Para una reseña que juzga este relato con más puntos a su favor de lo que yo les encuentro, vean aquí la reseña de Lois Tilton para Locus. Jonathan Strahan y Ian Mond hablan de este relato (y de muchos otros) en el podcast Last Short Story, hacia el minuto 10.
Tekkonkinkreet
(Michael Arias, 2006) es cine de animación, donde se cuenta la historia de Blanco y Negro, un par de niños
huérfanos que dominan los pequeños delitos en el llamado barrio del tesoro.
Blanco se acerca a los once años, si bien su visión de la vida es mucho más
infantil. Negro es violento, y se asegura de que ninguna otra banda de
chicos penetre en su zona. Los dos, al igual que todo el barrio, contempla cómo
el cambio se cierne sobre su pequeño universo. Una banda de yakuzas ha decidido
ampliar su área de influencia hasta aquí. Negro no está dispuesto a ceder,
aunque el jefe de los yakuzas tiene un socio misterioso, con métodos
peculiares, que no piensa detenerse.
Tekkonkinkreet
es de esas películas que no pone fácil el puro disfrute. Para una duración
relativamente corta (unos cien minutos), hay demasiados acontecimientos, y no
menos subtramas. Puede que sea resultado de condensar todo un cómic manga en un
formato tan diferente, como es el largometraje. Me topo con que es similar a lo
que Slant Magazine dijo en su día:
"... the movie is a collection of disparate anime
parts that never really comes together. Maybe it's because the screenplay was
adapted from a manga series, or maybe it's because first-time director Michael
Arias wants to say everything in one film, butTekkonkinkreetfeels
too outsized for its own good."
Ni siquiera los tiempos muertos ayudan a que nos situemos siquiera en
un género. El cine negro se mezcla con el fantástico, aunque no siempre
conviven con esa facilidad con que se pretende. Sin embargo, sí que cuenta con
una cualidad: que va ganando enteros a medida que se repiensa tras el
visionado.
Tekkonkinkreet
te obliga a que aceptes que en este universo caben tan mal lo imposible como lo
explicable. Es verdad que en cuanto vemos cómo se mueven Blanco y Negro, la
película ya nos la está advirtiendo. En una escaramuza con otros par de
chavales, los dos protagonistas responden literalmente a su nombre de guerra:
“gatos”. Gatos voladores, para ser
más concretos. Con todo, cuesta acomodarse al grado de fantasía se va
desplegando. Los yakuzas, la lucha por los territorios, la violencia, ese
fondo, aunque leve, de retrato de sociedad… Por momentos, nos tienta colocar el
film en el género negro.
La escena de la persecución de Blanco y Negro y los chicos que desafían su territorio.
Pero
no. El realismo se rompe por completo cuando entran en liza aquel socio del
jefe yakuza, que tiene a su cargo un trío de seres con super poderes. Los
chicos, como nosotros, tiran de los conceptos más a mano, y los denominan
alienígenas. Aunque esto tampoco es ciencia ficción. En realidad, no se sabe
qué son. Que vuelen siquiera parece que afecte a los dos personajes policías.
Esto puede dificultarnos la verosimilitud. Esto y que nunca se definan del todo
las normas de este universo particular. La propia ocultación de motivos y
explicaciones concretas hace que Tekkonkinkreet acabe siendo una película
fantástica, pero de ésas que usa este género para no respetar casi ninguna
expectativa. De esa otra tradición, menos común en cine, en lo que lo
fantástico se introduce en “la realidad” para ponerlo todo patas arriba. Hay
sueños cuyo significado nunca se aclaran, y una conexión entre los
protagonistas que tampoco es “realista”.
Es
posible que todo esto se mitigue en cuanto el film va orientándose en un tema
al que es mucho más fácil usar como asidero. Quizá, algunos espectadores al
menos se consuelen cuando, entre tanta locura y esa cierta prisa del guión,
asoma aquello del viejo concepto “el bien contra el mal”.
La
gracia, que encuentro que hace a Tekkonkinkreet bastante original y personal,
es que ni siquiera esto se desarrolla de la manera más esperable. Puede que el
guión insista un poco demasiado en eso de lo simbólico, hasta hacerlo obvio (llamar a los chicos Blanco y Negro ya era una pista innegable).
Puede que el guionista no logre equilibrar la exposición y la profundización de
esos dos extremos, en los dos protagonistas.
Sin
embargo, cuando ya todo es más imagen que palabras, te das cuenta de que lo de
“la luz” y “la oscuridad” tiene más enjundia de lo aparente.
Como
digo, el guión enfatiza mucho el rol de Blanco, dejando poco espacio para el de
Negro. Claro que, dentro de ese rol ya hay detalles distintos. Blanco es la
ingenuidad; pero una fuera de lo que cualquiera de nosotros pudiéramos esperar.
Blanco es un niño que no actúa ni dice lo que tal vez pudiéramos oírle a
cualquier niño que conozcamos. Está, por supuesto, la posible explicación del
salto cultural: los films de animación japoneses suelen tener unas
peculiaridades que se salen de nuestra experiencia como occidentales. Pero yo
diría que es algo más. Más que al mundo infantil a mí más bien me recordaba a
la mismísima locura. A ese tipo de locura que le hace repetir una y otra
vez “ser feliz, ser feliz”.
Pero ahí que tenemos una escena que, sólo con la
imagen, nos habla del posible por qué. Blanco observa, callado y pensativo,
cómo otros niños participan en la clase de gimnasia de su colegio. Ellos son
los niños con padres; los niños con una vida “ordenada”. Blanco no se niega a
ver que él y Negro son delincuentes, y, en ocasiones, hacen daño a la gente. En
verdad, eso, ya veremos, es algo que le preocupa, y le hace entristecerse. Sin
embargo, como buen loco “lógico”, opta por colocarle un manto de ilusión a
todo.
Ese
mismo manto que define la estética de este barrio del tesoro. Aquí no hay esa
atmósfera de cemento y cristal y modernidad, más común en otras películas de
animación japonesa. No, éste es más bien un distrito envejecido pero que
mantiene pequeñas atracciones para niños, y mucho colorido, y hasta un reloj
recargado, excesivo, fantasioso. Es uno de los aspectos visuales más notables
de Tekkonkinkreet.Coincido con lo que comenta la reseña del New York Times,
"Tekkonkinkreet” demands to be seen, if only for its beauty. The
generally bright palette and overall soft look work a nice contrast to the dark
theme, as if the world itself were on the children’s side."
Al
mismo tiempo, ese barniz de fantasía anclada en el pasado es algo a lo que se
aferran varios de los adultos de la historia. Tenemos a "Ratón", un experimentado
jefe intermedio de la yakuza, que se agarra a la melancolía, y que rechaza ese
nuevo encargo de transformar el barrio. Con el jefe
de policía comparten una escena cuando menos chocante. Para ambos, la fantasía
del pasado, claro, no es tan hermosa como pudiera ser la de Blanco. Para ellos,
el antiguo barrio lo representa un local cutre de showgirls.
Igual
de extraño es lo que ideara Taiyo Matsumoto para que representara el cambio; el
futuro. El proyecto de los “malvados” en el guión no es sino un parque
temático, lleno de máquinas de vídejuegos, pero también de atracciones, ahora
ya brillantes y no envejecidas. Quizá Matsumoto quería mostrarnos que nada
cambia en realidad, aunque el cambio venga precedido, ya sea por la violencia,
o por esas máquinas excavadoras que van abriendo paso al parque temático.
De
todos modos, a medida que avanza el film, se nos pone difícil dónde agarrarnos
para seguirlo. Por una parte, hay elipsis que indican que pasa mucho tiempo (va
verano a verano), y eso no ayuda a la verosmilitud. Los dos sicarios restantes
que se envían a acabar con los chicos tardan mucho, por ejemplo, en localizar a
Negro, ya hacia el final. Por otra, es complicado que nos pongamos del lado de
Blanco o de Negro. Blanco, sí, es “la luz” pero como tal es un poco “maníaca”.
Negro es un misterio. Le hallamos más insertado en el mundo en el que vive,
aunque esa otro tipo de locura, la que le mantiene en su pose guerrera, tampoco
le hacen un protagonista sencillo.
Para
cuando llega el clímax, uno se cuestiona si no hubiera bastado que el guión
contara la historia de estos dos chicos. La subtrama de Kimura, el yakuza que
evoluciona hacia una conciencia está un poco fuera de sitio. Y, aunque su
escena culmen busca ser intensa y emotiva, algunos de sus diálogos arruinan lo
que con menos palabras hubiera funcionado. Como la propia víctima de su
asesinato le dice antes de que le mate: “Un consejo: no hables cuando vayas a
matar a alguien”.
El
clímax también se toma tanto tiempo que hace más innecesario aún que se hayan
dado tantas vueltas en torno a cuánto requería Negro a Blanco para no
sucumbir a su “mal interior”. Visualmente, eso sí, es impecable. En la serie de
televisión de anime Paranoia Agent (Mòsò dairinin, Satoshi Kon, 2004),
una psique dañada tomaba una especie de leyenda urbana y la convertía en un
monstruo literal y bien palpable en el mundo real. Aquí, sucede algo similar: a
los ojos de Negro, el monstruo que le habla de abandonarse a la oscuridad tiene
los rasgos de un ser que se rumoreaba que habitaba en el barrio. Éste se
difumina, su dibujo se alarga, se contrae, se retuerce, en un efecto bastante
inquietante. Pero dura mucho, este clímax. No siempre, no; no es una regla
universal. Pero a veces, sí. A veces, menos es más.
Los créditos de Paranoia Agent. Como toda la serie, es de lo más desconcertante. Aquí verán a todos los personajes riéndose. Pero lo que sucede no tiene nada por lo que ninguno de ellos pudiera reírse.
Tengo
curiosidad acerca del manga. A lo mejor, Satsumoto quizás cuente su historia
mejor en su formato original. De Tekkonkinkreet me quedo con que, en sus mejores momentos, ofrece una forma visual interesante de reflexionar sobre si al final la locura de la ingenuidad no es un poco mejor que la de la destrucción.
Leones es parte de la sección Las nuevas olas del Festival de Cine Europeo de Sevilla
2012. Fue presentada anteriormente en el Festival de Venecia. Puede que ciertos
aspectos de la película, así como observar que la directora, Jazmín López,
tiene un currículum como artista, quizá mueva a que creamos que Leones es
clasificable como obra experimental. Algo de experimento tiene, sin duda, pero
no en su concepción más conocida. De hecho, y la propia directora lo señalaba,
tras la proyección, su film prueba con los códigos del género fantástico nada
menos. ¿Es posible aunar un tratamiento de autor a unas pautas tan
supuestamente alejadas del cine “firmado”? Jazmín López lo intenta, y, en
muchos momentos, lo logra. Pero sobre todo, abre una puerta a que se persista
en ello, en manos suyas, o de otros directores.
Leones
se centra en un grupo de jóvenes que marchan por un bosque. Se dirigen a una casa a pasar unos días en el campo.
Pero eso no importa tanto, porque algo más está sucediendo. Algo
extraño. La extrañeza estaba ahí desde el primer plano. La cámara sigue a
Isabel en su caminar. Se para. Pareciera que nota algo a su alrededor. Sigue caminando. La banda sonora ya aporta que nos preparemos para algo
que quede fuera de la lógica.
Los diálogos ofrecen una mezcla rara entre el realismo y un matiz de
teatralidad. Ignoro si, como dice esta reseña, Jazmín López pretendía
exponerlo, así, de modo tan brusco, como crítica a un estilo que ha estado
presente en cierto cine argentino reciente: el exceso verborreico. Es posible. En cierto momento, el
personaje de mayor tendencia a la palabrería con ínfulas, Arturo, suelta una sentencia
bastante negativa contra el cine de autor.
Comprendo
que, a un oído hecho a los diálogos realistas, estos primeros minutos resulten
escandalosos. Pero, estando más atentos, se percibe que cuando eso de la
teatralidad corre el riesgo de hacerlo todo más irreal (a diferencia de ese
recurso que veíamos en Arraianos que rompía a posta el tono de documental etnográfico), el guión lo justifica. Así, en más de una
ocasión. La manía de Arturo de soltar frases entre lo poético y lo
filosófico lo explica que el personaje es así de “pelotudo” (nosotros diríamos “pesado”),
pero, además, que entre todos tienen un juego en el cual hay que crear cuentos
con pocas palabras. A cada una de esas frases pretenciosas, el guión le opone
algún comentario de otro personaje, normalmente pidiéndole que deje el juego de
una vez.
Durante
una buena cantidad de minutos, es muy probable que muchos espectadores se
agoten, de todos modos. Porque los chicos caminan, y siguen caminando, y siguen
caminando. Esa cámara que les sigue a algunos entre el público (según
comentaron en las preguntas tras la proyección) les despistó. A lo mejor,
supusieron que este recurso les llevaba a una cinta naturalista/realista, donde
simplemente seguiríamos a un grupo de chavales que hablaban de la vida, etc.
Como una especie de retrato generacional.
Improbable
que esta interpretación se asienta según avanza la película. Un film
naturalista/realista no deja de seguir a los personajes un segundo, para una
panorámica de 360 grados, durante la cual, se inserta un efecto de time-lapse.
No,
Leones, vamos averiguando, es otra cosa.
Supongamos
que mientras los seguidores de ese otro cine más de autor o experimental puede
que se agoten, si ven sus expectativas frustradas, los más dedicados al cine
“comercial” rastrean por si perciben ganchos donde agarrarse. Ganchos
dramáticos, ganchos narrativos. Sí, los personajes se van individualizando; sí,
algo se intuye que sucede entre la pareja dentro del grupo. Pero es escaso.
Mucho. He ahí el riesgo: quiénes se rendirán antes (alguno abandonó la sala),
si el primer hipotético grupo, o el segundo.
Ahora,
supongamos que existe un tercer grupo al que este bosque y esos sonidos, ahora
muy fieles al ambiente, ahora incluyendo matices oscuros, le remiten a otras
referencias. Un bosque es todavía un elemento poderoso para el subconsciente,
y, si desconfiamos de estas interpretaciones, entonces fijémonos en que todavía
aparece como lugar de misterio y terror. Un ejemplo reciente: The Tall Man (Pascal
Laugier, 2012).
Supongamos
que a este otro tipo de espectador lo visto le recuerda esos referentes: los
del cine de terror. Y he aquí lo más llamativo de Leones: la imagen y el sonido
van pesando tanto si nos interesa este género que nos aferramos a esos exiguos ganchos. Lo poco que vislumbramos puede que nos facilite las
hipótesis sobre qué hecho terrorífico sucederá. Si consideran que la inclusión del film en el género es inapropiada, lean cómo este crítico, especializado en ello, no tiene dificultades en hacerlo.
El
otro personaje más destacado es Isabel, y es ella el origen de nuestras
preguntas. Le hemos visto una herida inusual en su nuca. Luego, tiene sueño
constantemente. Luego, hambre. Los demás, entendemos, la tienen por la chica
“especial” del grupo, así que no le dan importancia. Pese a que Isabel diga una
y otra vez que tiene miedo (sin que sepa por qué), y que deben llegar a la casa
lo más pronto posible.
Julia Volpato, la intérprete del personaje de Isabel.
Por
supuesto, este ritmo, comprendemos pronto, nos alejarían de la forma de abordar
el género del cine estadounidense, o del europeo que más importa sus formas.
También esa cámara que, aunque los sigue, como decíamos está en el extremo
opuesto al uso que hemos visto en otras películas del festival (Just the Wind o
Eat Sleep Die). Se trata de una steady, y, además, la propia directora
explicaba que cómo se movían los mismos actores tenían mucho de coreografía.
Jazmín López no ocultó la influencia del cine de Gus Van Sant (aunque advirtió
que hay más de Gerry que de otras cintas del director americano), aunque está
claro que ella se ha llevado la técnica (y el operador de Van Sant en estas
obras suyas, que es argentino) a efectos diferentes.
La directora, charlando con los asistentes a la sala, tras la película
Puede
que sea que tengo reciente el visionado de The Cabin in the Woods, donde se
hacía un recuento (aunque un tanto superficial) de los arquetipos en muchas
películas de terror. Por eso, hasta es posible ver algo de lo que reflejaba
aquella película en los personajes de Leones. Isabel sería la inocente (“la
vírgen”, según esa clasificación de los arquetipos) y Marcos y su palabrería,
“el payaso”.
Claro
que aquí no hay cabaña en el bosque. Tarda y tarda, igual que tarda que se exponga
la amenaza. ¿Qué le ha pasado a Isabel para que se comporte así? ¿Esa herida es
que algo o alguien la ha mordido? Más adelante, uno del grupo se hace con una
pistola. ¿El giro será hacia el cine de terror donde los propios protagonistas
evolucionan hacia la locura y acaban unos con otros? Nótese que ninguna de esas
cuestiones serían las usuales frente a una película de autor. Y, al tiempo,
Leones sigue confiando en chicos que se mueven por ese bosque inquietante.
El
juego es muy arriesgado, como digo (esta reseña habla de ello). A ratos, uno no sabe a qué carta quedarse.
Entonces (tal vez demasiado tarde) el guión da un giro. Uno que hasta puede que
decepcione a quienes esperaban que la película continuara sólo en ese sentido
más experimental. (Spoilers, en los siguientes párrafos).
La
cámara se queda con los cascos de una grabadora que otro de los chicos lleva
escuchando desde que caminan. En ella, ha estado grabando todo lo que le
apetecía, por pasar el rato. Y, durante este paseo que no acaba de arribar a su
destino, repasa lo grabado en el viaje en coche que les trajo aquí. Es curioso
cómo el guión ha logrado que esto haya entrado en la ficción sin que le demos
mayor importancia (quizá porque ese estilo más de autor nos ha desarmado; si
fuera una cinta “comercial” nos habríamos percatado de que era un sembrado).
Pero ahora notamos que la cinta es relevante. Porque, mientras el personaje que
la escuchaba se aleja un segundo, la cámara y el micrófono nos dejan oír qué
más sucedió durante el viaje. Tuvieron un accidente.
Los
chicos están muertos.
Sorpresa.
Por si no había quedado lo bastante claro, se confirma que Leones es una vuelta
de tuerca al género de terror con elementos del fantástico. Hay ya muchos referentes que pueden recuperarse
(en esta reseña, algunos) y con los que recordemos cómo este asunto se ha
abordado en el género. A mí me vino a la mente Dead End porque, en su día, me pareció interesante. (Fin
de los spoilers)
Sin
embargo, como decía, el giro que lo expone en el guión no se halla ni en su
zona primera (para que fuera un primer punto de giro) ni en su zona última
(para que fuera un segundo, como sucedía en Dead End). De modo, que esto clarifica que la ficción no puede ya tener un desarrollo
como el que estamos acostumbrados.
El guión no se olvida de Isabel, que es el personaje que más
podríamos pedir que confirme que aquellos que prometía, se cumpla. Y, en parte,
es así. Ahora entendemos lo de su herida. Ahora entendemos que ella sea la única que sienta que algo va mal. Es ella la que descubre qué les ha pasado. Por cierto, que es
probablemente la mejor escena. La edición de sonido, contaba la directora, fue
una tarea creativa y fascinante, y aquí puede comprobarse. En particular, en
cómo apoya la actuación de la actriz, que llora porque no entiende, comienza a
entender, no entiende, de nuevo…
Jazmín
López hablaba, en la sala, de recuperar el legado del fantástico de Borges o
Cortázar; otra tradición que no sea la anglosajona. La ambición tal vez quede
lejos de la obra final, pero sí hay algo que pervive más en autores
hispanohablantes que en las ficciones más comunes en este género. Cuando lo
fantástico es menos causante del sense of wonder. Cuando la entrada o el choque
entre lo extraño, lo anormal, lo ilógico y la realidad oferta una parte de
belleza (hasta mágica) a la vez que de temor. El modo en que la directora filma
el baño de Isabel y Arturo de los chicos bajo el agua es ejemplo de esta combinación. La
cámara submarina parece que busca qué hay más allá (casi esperamos que aparezca
el anticipado “monstruo”), y el sonido de las zambullidas junto a los detalles
de las burbujas reflejarían casi un mundo distinto; al modo de los sueños.
Pero también esa atmósfera que, una vez expresada la información del giro, tiene justificación. Este viaje no puede ser de otra manera que surreal. Y, una vez pasado el giro, Leones continúa en ese tono: pese a que ahora se nos ha dado una explicación cercana al "por qué", hay muchos otros detalles que no se explican. Esto sería impensable bajo los supuestos más clásicos del fantástico anglosajón. No así, considero, si miramos esos otros mundos, incompresibles, absurdos, del fantástico de otros lares.
No. Nada de lo anterior significa que todo en Leones funcione al mismo nivel. Hay algunos momentos como el partido de
volleyball ficticio, donde nada en el guión equilibra ya lo absurdo, y hasta
cae en lo ridículo. Puede que su duración le vaya a la contra. Y, aunque sepamos que todo lo visto se mueve por una reglas que no son las de la realidad, esta justificación del guión no nos quita del todo la molestia de haber escuchado más de un dislate en los diálogos. En cambio, como acercamiento a cómo el género fantástico o el de terror pueden visitarse desde otras miradas, es una apuesta atractiva, y, en ocasiones, tan inquietante como se pretendía.