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sábado, julio 25, 2015

"RED ARMY" (GABE POLSKY, 2014): HISTORIA Y DEPORTE

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Por si casos como el de “Town of Runners” (Jerry Rothwell, 2012) o la inminente “Speed Sisters” (Amber Fares, 2015) no lo acabaran de definir del todo, “Red Army” manifiesta de nuevo que documental de deportes puede hablar de mucho más que de ganar títulos. El film de Gabe Polsky es una cabriola en cuanto a equilibrios, capaz de narrarnos, con igual habilidad, la peripecia de un jugador de hockey ruso, y la “macrohistoria” del fondo contra el que se apoya –la Guerra Fría. Y todo esto, con un ritmo endiablado fruto de un guión muy pensado, que de paso esquiva el tono sentencioso.


Ahora que ESPN quiere robarle a HBO Sports la etiqueta de cadenaproductora de los documentales deportivos indispensables, la inversión en estos productos parece parecía quizá el momento propicio para que “Red Army” alcanzara aún mayor relevancia. En cambio, la película, con críticas en general muy positivas, y un recorrido interesante de festivales, no llegó a las cinco nominadas finales de los Oscars del año pasado.

En apariencia, se ofrece como extraño. “Red Army” ofrece algo que se antoja muy estadounidense; la capacidad para no tomarse demasiado en serio. Según la jugada (quizá posible respuesta intencionada) de HBO Sports produciendo el “mockumentary” “7 days in Hell”(Andy Samberg, Kit Harrington, 2015) sobre una competición de tenis, donde el guiño es burlarse de ciertos cánones del género, se intuye que estas dos cadenas (con la última, percatándose) han podido estar cayendo justo en ese error de estimar que ese tema tan querido del triunfo a pesar de todo (“against all odds”) y la seriedad de cualquier competición requerían un cierto tremendismo. Puede que, así, muchos espectadores esperen de un documental del género de deportes esa gravedad. Incluso es posible que mucho “target” habituado al otro género concomitante –el documental histórico- esperara esa dosis de rotundidad. Cualquiera que haya visto un documental de “History Channel”, sea de un evento medieval, una crisis en un reinado o lo relativo a alguna guerra sabe que ahí música, “voice over” y montaje se agrupan para repicar casi cada cinco minutos sobre el cerebro del que lo visiona.

También es posible que para esa llegada a los Oscar lo que le perjudicara es que aquí los protagonistas son, claro, rusos. Viacheslav Fetisov es el centro de la historia, y su narrador principal. Nacido y criado en la URSS, fue, como tantos otros, un aspirante más a formar parte del equipo nacional de hockey. Estos jugadores representaban un símbolo de los valores que Stalin quería que su pueblo entendiera como los del comunismo. Fetisov no engaña. Los creía entonces, y, en parte, a su manera, los sigue creyendo a día de hoy. Ése es el giro temático que quizá haya pasado más desapercibido. “Red Army” cuenta, muy bien, el detalle de cómo un equipo de hockey ruso triunfando en Occidente era propaganda, tanto como lo era del lado estadounidense que fueran los “suyos” los que probaran en la Olimpiada que eran los líderes. Sin embargo, lo más novedoso es que estas dos líneas argumentales, las dos tramas, si se quiere –jugadores, país y política- se extienden tras la “Perestroika”, y se adentra en el régimen de Putin. Es en ese punto donde uno desearía que “Red Army” durara unos minutos más (si bien, parece ser que la versión estadounidense tiene unos minutos más que la que está disponible en España en VOD). Fetisov recupera la amistad con el amigo que, en parte, le traicionó, una vez acepta ser Ministro de Deporte, como recupera el afán “organizador” del nuevo líder ruso. Quizá aquí de nuevo la historia personal, del personaje protagonista, sea metáfora de cierta historia de su nación: una mezcla peculiar entre necesidad de orden importado de lo que vivieron como jóvenes,  un heredado nacionalismo del comunismo pero un aperturismo a las ventajas del capitalismo. Si esta combinación es o no es contradictoria Fetisov no la ve, ni Gabe Polsky la enfatiza del todo. Deja que lo veamos nosotros, igual que deja que el propio personaje tenga esas contradicciones personales, juzgando que es una especie de drama nacional que los jugadores rusos actuales sigan dejando el país, por dinero, cuando él mismo presionó (hasta extremos peligrosos) al gobierno de la Unión Soviética para que le dejara marchar cobrando de forma íntegra todo su sueldo. Eso sí, cierto momento parecería que Polsky cuando menos empatiza con su argumento. Es una escena de un “factual” de la televisión de Estados Unidos, a una de las recientes estrellas rusas importadas no le duele en prendas aceptar el reto de probar su puntería… disparando el disco contra muñecas rusas, puestas en línea. En cierto modo, una imagen muy simbólica de la posible caída del orgullo patrio ruso.

 
De cualquier manera, “Red Army” concede aún una sorpresa más, ya para el espectador concreto que pueda dedicarse al audiovisual. Porque, todo el deleite obtenido por el documental, viene de una estética que no es especialmente flamante. Al cabo, sigue el usual esquema de las “cabezas parlantes”, si bien se libra de complementarlo con una “voice over” moralizante o aclaratoria. En todo caso, para los estándares, pongamos, europeos en cuanto a cine documental es muy probable que se juzgara como “televisivo” en exceso. No les faltará razón a quien apunten esa característica, y en la propia España pasó pronto al VOD. Sin embargo, lo que Polsky adhiere al formato tradicional son matices, detalles, hallazgos, que denotan una gran habilidad.

Uno de esos recursos, a priori simples, consigue un efecto interesantísimo. Polsky usa las antiguas retransmisiones de ciertos encuentros de hockey pero también para que las oiga Fetisov durante momentos silentes de las entrevistas, de forma que los “totales” son sus gestos de reacción al recuerdo. Esto es en especial efectivo cuando se nos cuenta y oímos, y se le hace oír, el partido que enfrentó a la URSS contra Estados Unidos en un partido con implicaciones políticas, en las Olimpiadas.

Otros recursos tal vez sean más obvios, como unos travellings –eso sí, bastante medidos en todo el metraje- hacia los entrevistados, en instante cruciales, como cuando casi es la cámara la que “pregunta” e “insiste”, acercándose al que fuera mejor amigo de Fetisov, sobre cierta crisis entre ambos.

Quizá la decisión más delicada haya sido la banda sonora. En realidad, cumple su requisito de colaborar al ritmo: en cierto sentido, la música te “empuja” a continuar viendo tanto como el (muy notable) montaje. Lo que sucede es que en esa especie de competición de qué avanza o hace avanzar más rápidamente, si la imagen y su montaje, o la banda sonora, a ratos uno puede verse agotado. La otra potencial arista se basaría en que los acordes e instrumentos que remiten a la música tradicional rusa tal vez estén forzados. Aunque es bien posible que esto fuera intencionado, en tanto que, en esas antípodas a la música tajante y dramática de esos, por ejemplo, documentales históricos que mencionaba antes, en esas mezclas hay una cierta ligereza, afín al tono buscado.

Ése es el otro gran aporte del guión, que prueba que el director supo detectar que con un protagonista tan elusivo, distante, que le trató con cierta displicencia (“Gran chico de California”, afirma al final, con Poslky añadiendo, “Erm… De Chicago…”), lo mejor era contagiarse de esa posición casi “inferior” donde le colocaba el entrevistado. De ahí que “Red Army” y su guión no eluda los puntos dramáticos (que la historia personal los tenía) pero siga esa levedad de quien no quiere asentarse a base de martillazos como “autor” sino dejando que sea el espectador quien concluya. Quien disfrute con una trama asentada sobre ese fondo más complejo de lo que aparenta. 

"Red Army" tiene como agente de ventas internacionales a Wild Bunch. En España puede verse en Filmin.  

viernes, febrero 14, 2014

GUIONECES: UN DATO COMPLEJO MEDIANTE UNA IMAGEN Y UNA METÁFORA. DOLLHOUSE (FOX, 2009-2011) 01X01

Quién sabe si heredado del principal vicio de la ciencia ficción literaria, la ciencia ficción audiovisual recae muchas veces en la sobre exposición. En cine, tenemos el usual recurso: esas introducciones en voice over que resumen el universo donde todo sucede... aunque escenas posteriores lo expongan otra vez (véase El juego de Ender, como ejemplo más reciente).

También puede tratarse de que los guionistas (o los productores, que en esto nunca sabe cuánta responsabilidad cae sobre cada parte del proceso) no confían en el espectador. Como si creyeran que no son capaces de extraer conclusiones de posibles acciones y situaciones que, por fuerza, acaben definiendo los detalles de ese mundo "fantástico" donde sucede todo. 

Más peliagudo, claro, es cuando hay que explicar un dato complejo; un aspecto concreto de una tecnología inventada. Al cabo, el guionista va a tener que usar el diálogo. Ahora bien, un buen guión tomará en cuenta un hecho: una imagen transmite información de manera más efectiva, y con mayores probabilidades de ser asumida. Esto es lo que utiliza Joss Whedon, el creador, showrunner y guionista de varios capítulos de la serie Dollhouse (Fox, 2009-2010). Como con todos los supuestos dioses (nunca entendí la necesidad de la mitificación de artista alguno), igual que con Steve Moffat, o Aaron Sorkin, respecto a Whedon, con su peculiar legión de fans, ya entre la gente, ya entre críticos y expertos, a mi me parece que puede ser muy bueno, y, otras veces, no tanto. Ahí está la mediocridad inexplicable (e injustificable) de Marvel Agents of S.H.I.E.L.D (ABC, 2013-). 


En este caso, sin embargo, yo diría que Whedon estaba en uno de sus mejores momentos. Dollhouse tiene, por supuesto, muchos posibles puntos donde entrar a matar por parte de la crítica. A grandes rasgos, en todo caso, es probable que sea una de las mejores serie de ciencia ficción de los últimos años, junto a Battlestar Galactica (2004-2009)

Veamos la escena. 

Resumiendo (y ahora tengo yo que caer en esto de hacer una "introducción"; por suerte, un blog, un post, no es un guión) diremos que Dollhouse se centra en una nueva tecnología, como es lo lógico en el género de ciencia ficción. En este caso, el invento permite "vaciar" la personalidad de los llamados "dolls": hombres y mujeres que se supone que se prestan voluntarios, a cambio de un buen pago tras sus servicios. Una vez vaciados, pueden implantársele diferentes personalidades, con diferentes habilidades: amantes, cantantes, asesinos... Lo que clientes exclusivos reclamen. 

En este capítulo 01x01 (Ghost), todo esto se expone a través de la trama principal, de forma bastante clara. Pero, como siempre que nos enfrentamos a una nueva tecnología imaginaria, los vericuetos generan muchas preguntas.

Por ejemplo, en esta misión, Echo, la protagonista, es implantada con la personalidad y habilidades de una negociadora para un caso de secuestro. Su "vigilante", la persona que se encarga de supervisar su seguridad durante las misiones, no comprende por qué esa "personalidad" haya sido implantada con "defectos". Y llama al científico al cargo, Topher Brink. 

Topher es una vuelta de tuerca bastante interesante (y divertida) del motivo del científico loco tan común en la ciencia ficción. Ofrece una forma especial de explicar las cosas. Y sabe que dicho vigilante de Echo es, como nosotros, un lego en materias de esa neurociencia. Así que, mientras escucha la llamada, ve algo en esa "casa de muñecas" donde funciona la empresa. 

Otra de las "dolls", haciendo ejercicio sobre una cinta. Y la imagen le inspira la metáfora. ¿Cómo explica que las personalidades que se imprimen incluyen esos "defectos"? 


















En la escena, el guión aporta algunas otras ventajas. Topher está haciendo algo mientras desarrolla su exposición, por ejemplo. Además, no lo incluyo porque ya es otra historia, pero la escena deja ver algunas pistas de la relación entre Topher y otro personaje relevante de la serie. 

Aquí, quedémonos con la capacidad del guionista para usar una imagen para esas dos funciones: explicar un dato técnico, y, a la vez, para crear una metáfora. Una metáfora que sirve al capítulo y plantea el tema y lo refuerza: la personalidad que esta vez usa Echo efectivamente "run to something", huye hacia algo porque huye de algo. Y eso hará que, cuando llegue el Giro, la trama se precipite hacia otra dirección. 

En cualquier caso, es cuestión de anotarse la posibilidad: una imagen colabora mucho mejor a entender conceptos a más de un nivel.

domingo, febrero 02, 2014

GUIONECES: UN OBJETO Y UNA SUBTRAMA. ELEMENTARY (CBS) 02X14


En el capítulo 02x14 de la serie de televisión Elementary (CBS, 2013-), se expone un uso bastante interesante de un objeto para reforzar cómo la subtrama se desarrolla. Y, a la vez, claro, para apoyar cómo el personaje se mueve por ella, durante su avance, evolucionando.




Para situarnos, diremos que Elementary es una muy libre adaptación del personaje de Sherlock Holmes a los tiempos actuales. No pretende ni ha participado nunca en la aspiración que sí pareciera que utiliza Sherlock (BBC, 2010-), de partir de los propios libros del autor original, Arthur Conan Doyle. No, en este caso siempre se ha tratado de una serie procedimental/procedural. La falta de ambiciones como punto de partida quizá lleve a una cierta injusticia a la hora de enjuiciarla. Pese a su mayor sencillez, se le cuelan elementos más atractivos de los que pudiera esperarse. Sin ir más lejos, el mero hecho de convertir a Watson en mujer le ha otorgado más de un valor; por ejemplo, la exploración de una relación de amistad entre sexos, que, al fin, no requiere de transformarse en el tópico romance. 

Por supuesto, los creadores y guionistas de Elementary saben que en estos tiempos el esquema autoconclusivo no satisface a toda la audiencia. Y he aquí que cada temporada plantea al menos dos tramas fuertes, centradas en los dos personajes principales, y, en especial, en el protagonista. 

Aunque sólo sea por diferenciarse de su competidora en la BBC, la serie de la CBS ha ahondado en ese aspecto del personaje original que Sherlock apenas trata: la adicción de Holmes a las drogas. En esta segunda temporada, Holmes continúa con su etapa de sobriedad, con su "sponsor", aquel que le ayuda a mantenerse en ella. Cuando llega este capítulo 14, Holmes acaba de admitir una nueva posibilidad: ¿y si, tras bastante meses sin consumir, actúa él como "sponsor" de otro adicto? 

Y aquí empezamos: sobre esta decisión, y lo que implica para el arco del personaje trata esta subtrama. 

El capítulo comienza con Holmes trabajando en una de sus muchas teorías alocadas. Cuando no está resolviendo casos, prueba diferentes experimentos para la comprobación de datos que aplicar a futuros misterios que resolver. 

Lo peculiar es un detalle; un "toque" personal del guionista. Nunca, en todo el episodio, se aclarará qué estudia Holmes con exactitud. Porque, en verdad, no importa. 

Sólo sabemos que hay una calavera  y que Holmes planea taladrarla. Pero llega un mensaje a su móvil.





La reacción de Holmes va con la lógica de su personalidad. ¿Le llama esa persona que se supone que está supervisando para que no recaiga en las drogas? Ni de broma va a abandonar éste, su "importante" "proyecto".




Y, sin embargo, quizá ya estemos presenciando un cambio. Leve. Un sembrado de cambio, digamos. Porque Holmes recibe otro mensaje. Lo consulta. Randy, el hombre al que supervisa como "sponsor", le indica que le tienta drogarse. 

Así comienza esta subtrama. Randy quedará con Holmes y le hará que confronte un matiz nuevo a ese conflicto que ya representa que haya de sacrificar tiempo por otra persona. Tiene, nada menos, que hablar con Randy. Y escucharle. 

El Holmes de Elementary está más cerca de House que del Holmes de Sherlock. Tiene escasas habilidades sociales. Y el resto de seres humanos, en general, no le producen demasiado interés.

Ya tenemos conflicto. Holmes odia esto de las confidencias con Randy, así como que éste le exija su atención con regularidad. Pero, a la vez, se ha comprometido. No quiere que Randy recaiga. Pese a que sus textos siguen llegando. Incluso en medio de las revisiones de los hechos que hacen Holmes y Watson.
















En esta escena, Holmes ya actúa dentro de ese conflicto suyo. Conflicto interno y externo. Le cuesta ceder a esas reuniones en momentos intempestivos. No es su rutina, no es su personalidad. El caso espera. Pero Randy insiste. Y Holmes, pese a todo ello, pese a que desprotica con ello, al cabo, acude. 

La subtrama proseguirá con otra complicación; con otro obstáculo. Randy no se lo pone fácil. Está admitiendo en su vida el regreso de una antigua novia que consume droga. Aunque Holmes le aconseja lo contrario. Y esto frustra aún más a Holmes.

Lo interesante viene en el cierre del capítulo, y de la subtrama. Volvemos a la calavera. El guionista utiliza la estructura circular en su guión. 
















A pesar de que Randy ha recaído, a pesar de que Holmes no ha logrado ayudarle esta vez, Holmes ya está embarcado en una nueva dirección. Y la prueba, la metáfora, el símbolo es esa calavera. Queda abandonada porque Holmes, el Holmes que hemos conocido como anti-social, distante, irresponsable, por primera vez está comprometiéndose con otra persona (aparte de Watson). 

Ciertamente hay muchas mejores series, y mejores recursos, y mayores riesgos, en otras partes. Pero con todo, siempre es un gusto encontrarse con guionistas que, con las limitaciones del subgénero procedimental, son capaces de idear modos interesantes y sutiles para comunicar. Y esa calavera abandonada comunica de forma perfecta el cierre de la subtrama, y hasta siembra por dónde puede que el protagonista evolucione a partir de este momento.