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viernes, enero 10, 2014

SEIS ESCENAS; SEIS SERIES DEL 2013 (II) PERSON OF INTEREST (CBS)

Person of Interest. 02x12: Prisoner’s Dilemma.

De la infinidad de series que en los últimos años el ubicuo J.J. Abrams ha impulsado, Person of Interest es la única que parece haber sobrevivido un mecenazgo tan peliagudo. Como bien se expresa en este artículo (en el punto número 10), la serie creada por Jonathan Nolan (el hermano de Christopher) empezó como serie de capítulos episódicos, donde sólo parecía añadírsele los usuales (porque Abrams ha creado escuela con esto) flash-backs que nos complementaran un poco de los backtories de los personajes principales. Pero “parecía” es la palabra clave. 

También “parecía” una serie de género thriller, cuando en verdad estábamos ante la serie de ciencia ficción más lograda de la televisión actual. Le pese cuanto le pese a Scyfy.

Una revisión de la serie permite percatarse de que los guionistas han hecho lo que casi nunca logran o siquiera intentan estas series de estructura episódica: levantar tramas principales complejas. Para la tercera, los giros a los diferentes componentes han sido audaces (porque no se han prolongado en exceso, como es el caso de lo concerniente al oponente que significaba la fuerza policial corrupta bajo las siglas “HR”), y arriesgados. Han buscado oponentes capaces y peligrosos. Y han hecho que, al cabo, las "misiones" no fueran tan fundamentales, aunque los guionistas tampoco han desistido de buscarles matices y variaciones. 

Pero si he de quedarme con un capítulo, o una escena, es ésta del guión del 02x12 Prisioner’s Dilemma.

Tras una misión en el capítulo anterior (y aquí ya hay otra novedad; algunos capítulos extienden la trama en más de uno) John Reese es capturado junto a otros sospechosos de ser “el hombre del traje” que el FBI lleva persiguiendo desde hace tiempo. La detective Joss Carter a estas alturas de la serie ya es colaboradora de la misión de Reese y de Harold Finch. Y forma parte del cuerpo que el FBI ha organizado para esta persecución. 

Por tanto, Carter es un as en la manga para que Reese pueda salir de la situación. Un as, sin embargo, que no lo tiene tan fácil. Primero, porque el mando del FBI que lo supervisa todo no deja de observar la tarea que le encomienda: el interrogatorio de todos esos sospechosos. Y segundo, porque junto a la detención se han reunido varias pruebas que bien podrían delatar a Reese como el hombre que buscan.



El Agente Connelly, el encargado de la operación del FBI.

La escena está colocada de forma muy pensada y consciente. No es la primera en la que Carter interroga (o más bien simula que interroga) a Reese. En las dos anteriores, Carter y él se las han arreglado para que el interrogatorio no lo señale como el sospechoso principal. Porque, y aquí una buena idea de trama, Finch le ha creado una identidad que no está tan lejos de la realidad. Buena idea porque es verosímil. Buena idea de los guionistas porque así luego es posible la tercera escena, la que menciono.

Que se sitúa más hacia el segundo punto de giro del capítulo.

Por una serie de circunstancias y giros en la trama, ahora Carter no puede retrasar más que su interrogatorio sea más intenso para con él. Y aquí, que los diálogos juegan con una cierta variación del subtexto. Harold le ha creado toda una identidad falsa a Reese, y se trata de que Carter y su interrogatorio no la haga saltar por los aires, sino que la refuerce. Pero Carter se mete en el papel, sabiendo que el hombre del FBI supervisa el interrogatorio. 

Se mete tanto en el papel hasta el punto de que aprovecha la ocasión para indagar en el pasado de Reese. Ambos saben que, en verdad, lo que él responde es justo lo contrario de lo que de veras ocurrió en el pasado. Porque Reese tiene que mantener su tapadera, esa identidad inventada por Finch. Porque el FBI observa. 







Aquí, el espectador sabe que miente. Lo sabe porque la serie ya dedicó un capítulo a esa mujer de la vida de Reese; el amor de su vida. Y sabemos que no se llamaba así. Mientras Harold crea la identidad falsa también de esa tal Allison West para que se la encuentre el hombre del FBI, el guión de la escena da un primer giro: Reese se deja llevar. Y se explaya más de lo esperado.

















Y Carter, y nosotros, sabemos que es justo lo opuesto. Carter, porque otro capítulo le hizo descubrir la existencia de esa mujer. Nosotros, porque ya vimos los flash-backs (¿quién dice que no son necesarios y hasta esenciales?) de ese momento que aquí narra: cuando, junto a ella, vio lo de las Torres Gemelas. Y el resto de flash-backs de la serie nos han informado ya de que hizo lo contrario. 

No se quedó. No la eligió a ella. Eligió volver a alistarse. 

De modo, que cuando habla de plantearse hoy lo de "qué hubiera pasado si", ese "what if?", con el que, por cierto, cualquiera de nosotros podemos identificarnos, habla de esa vida que no tuvo por marcharse, no por quedarse. Que la vida que anhela es aquella que perdió en el momento en que se marchó a servir a su país.












Pese a su aspiración comercial, pese a no renunciar al puro entretenimiento, Person of Interest trata de personas que sacrifican sus vidas por ideas, erradas en un principio (el Gobierno, tanto Finch como Reese, de distintos modos), y luego, acertadas, a modo de redención. 

Pero ya sabemos; los héroes, aunque cumplan su tarea, siempre cargan con su penitencia. Y de Reese es haber abandonado a la mujer que hubiera hecho de él una buena persona.

Sí, es cierto que la serie tiene sus pequeños vicios. A ratos, Jim Caviezel parece que no sabe cómo reaccionar (quizá porque se lo pasa demasiado bien con este personaje), y, a ratos, las líneas de diálogo son un tanto reiterativas acerca de qué preguntas lanza la trama, deletreándonoslas. Pero dentro de sus parámetros, es una serie bastante conseguida. Y, lo que es más, es de las que más y mejor ha crecido. 

sábado, mayo 18, 2013

GUIONECES: CÓMO CREAR UN HÉROE COTIDIANO; ENDEAVOUR (ITV, 2013-)


Parece que me hubieran leído; escuchado mis quejas acerca de que era complicado hallar un héroe cotidiano entre los protagonistas de las series de televisión. Y aquí que veo la serie de la cadena británica ITV, Endeavour, y topo con que, por fortuna, siempre hay excepciones.

Endeavour parte ya de una idea que facilitaba que su protagonista tuviera ese halo. Es la historia de los comienzos del inspector Morse, en la localidad de Oxford. Morse ya había sido protagonista en una longeva serie anterior, entre finales de los años ochenta y el 2000. Mi conocimiento no alcanza a confirmar si esta serie tuvo tal impacto, aunque el hecho de que ahora se cree una nueva ficción que rastree los comienzos del personaje indicaría que ITV confía en parte en que los espectadores tengan en la memoria a este inspector. Indagar en ese principio del personaje ya mostraría que este personaje (por otra parte basado en una serie de libros, de Colin Dexter) quizá tenga su lugar en parte del imaginario colectivo británico.

Endeavour es un procedural o procedimental, subgénero que regresa con fuerza al formato televisivo, bien por el éxito del Sherlock Holmes de Steve Moffat (sobrevalorado hasta la saciedad), bien por esa moda, contagiada del mercado editorial, del policiaco nórdico, con el éxito reciente de The Bridge (Bron), no ya en sus países de origen y producción (Dinamarca y Noruega) sino además en otra cadena británica, la BBC4. Esta temporada hemos tenido un procedural en el siglo XIX londinense, Ripper Street (BBC, 2012-), que probaba que los detalles de los contextos históricos se repiten hoy día más de lo que creeríamos. Ahora, se emite Murder on the Home Front (ITV, 2013-), donde los métodos de investigación se trasladan al contexto del Blitz, el tiempo de bombardeos alemanes sobre Londres.

Ripper Street parte de los efectos que tiene en el barrio de la leyenda aquellos crímenes de El Destripador, para adentrarse en un inspector que comienza a usar las técnicas forenses contra el crimen. Muy recomendable. 

Endeavour ofrece capítulos de una hora y media. TV Movies, en duración y estructura. El esquema se asemeja a cualquier procedural de clase whodunnit: lo que cuenta es la identificación del perpetrador del asesinato correspondiente. Al igual que hacía ya hace años Ley y orden: acción criminal (Law and Order: Criminal Intent, NBC, 2011-2011), aquí se intercala el proceso de investigación con la vida, avances, evoluciones, de esos alrededores de la víctima; los que son, a la vez, los posibles culpables. Este método permite abrir diversos vericuetos, y aprovecha eso que Ley y orden rechazaba: que esto influya no ya en el posible suspense, sino que produzca conflictos o revelaciones de los personajes principales. 

En el capítulo 01x04 (Home), se hace más explícito el posible objetivo del creador y showrunner Russell Lewis. Mientras aparecen los títulos de crédito, las imágenes nos van introduciendo a los diversos personajes que serán importante en la trama principal. Uno de ellos, profesor en la universidad, da una conferencia. Habla de los mitos.














"Toda historia tiene su comienzo. En una cierta casa de Ítaca. En el camino a Tebas. Pero comience donde comience, toda historia tiene su héroe. La mitad de las veces, un hombre joven en un viaje desde la ingenuidad hacia la experiencia". Y en ese momento, además, del corte a un plano de Morse, una voz off llama al personaje.

Es esto lo que define más y mejor a Endeavour: el misterio que envuelve a un héroe del que sólo recibimos información con cuenta gotas, en cada capítulo.

Esta breve escena del profesor es hábil por dos razones. Por un lado, el texto es un guiño al espectador y asienta el tema del capítulo. En este caso, el tema, el origen del héroe no se desplegará en la trama principal, sino en la subtrama. Como no es inhabitual en el procedural, el caso en sí siempre es una excusa para revelar más sobre el protagonista.

Por otro lado, estas líneas de diálogo se justifican bien dentro de la historia. El personaje es un profesor, y, como tal, es lógico, y así lo aceptamos como espectadores, que se presente dando una clase.

Nada de esto impide que estas palabras, estas referencias, ayuden a la mitología en torno a este héroe.

¿Pero por qué Morse sería un héroe?

Bien. Este mismo capítulo da la última puntada a lo ya presente en anteriores episodios.

Morse explora esas características asociadas al procedimental y al policiaco, en general. Hace poco, en twitter, mi colega @SamuelDalva se escandalizaba de que una entrada de Wikipedia asociara a Robert Goren, el protagonista de Ley y orden: acción criminal, nada menos que con Sherlock Holmes o el inspector Maigret. En realidad, entiendo que más que una comparación en cuanto al alcance de su cualidad, es más una asociación. Goren, como Holmes, o como muchos otros inspectores o detectives, es peculiar. Claro que si el actor Vincent D'Onofrio optaba por esa clase de actuación tan admirada en Estados Unidos (derivada del método Stanislavski), esa más llena de tics, y, a ratos, sobre actuada, Shaun Black hace de Morse a un tipo introvertido en una interpretación mucho más contenida.

Introvertido, y, a la vez, molesto. Su superior, Fred Thursday (Roger Allam, genial; casi mejor que el propio actor protagonista) detecta enseguida que la mente de este recién llegado a la oficina de Oxford es perfecta para el trabajo policial. Sin embargo, Morse no le hace caso al respecto de su único consejo: ser más diplomático. Al fin y al cabo, aún no está oficialmente admitido en tareas a las que sólo accedería una vez pase cierto examen. Morse, en cambio, choca una y otra vez con el modo en que coordina la policía el superintendente Bright (Anton Lesser, al que también podemos ver en la última temporada de Juego de tronos) que piensa antes en que las pesquisas no molesten a nadie y en la rapidez con que cerrar casos que en resolver los crímenes. Y ello es lo que causa, ya en ese primer capítulo, que Morse vuelva a las tareas administrativas o de simple policía.

Por supuesto, esto no impide que de entre ellas saque el modo de aplicar sus intuiciones; sus cualidades como detective. Y que, en cuanto puede, pruebe lo injusto de esas investigaciones que han de desarrollarse tan de puntillas.

Hace poco, Javier Meléndez decía en un post de su blog, que es más cercano y emocional para el espectador que en un guión un protagonista “salve a la chica” que una misión que requiera que “salve el mundo”. Con todos los matices que es posible darle a ello como norma general, lo cierto es que tiene mucho de eso sobre lo que llevo reflexionando yo hace tiempo. Si sería posible que la ficción audiovisual se olvidara de semidioses que se enfrentan a oponentes tan poderosos como un gobierno entero o un villano de cómic.

Morse responde a ese héroe cotidiano que yo buscaba. No tiene de antagonista a tipos tan grandiosos, aunque estos sí poseen los medios para ponérselo difícil, como sabemos que conviene al equilibrio de fuerzas entre protagonista y oponente,  Por ejemplo, utilizando justo eso que impide que Morse actúe en toda su capacidad: aprovecharse del apellido de renombre (en el capítulo 01x01, Girl), o al contexto (en el 01x03, Rocket, el asesinato sucedía nada menos que durante una visita de la Reina a una fábrica de armamento) para que Bright acabe parándole los pies al protagonisa por “extralimitarse”.

El 01x02, Fugue, fue un tanto diferente. El oponente era un asesino en serie, concepto que se antojaba desafiante para los propios investigadores, en tanto que era una patología que en la época en que se ambienta Endeavour aún se estaba estudiando. Por cierto que aquel capítulo incluso alteraba un tanto el ritmo, y complicaba la trama hasta un clímax con nada que envidiar (más bien, lo contrario) a los fuegos de artificio a los que Moffat nos tiene acostumbrados, en esos finales de episodios (bien en su Holmes; bien en las dos últimas temporadas de Doctor Who).

En Home, hay otra característica que incide en lo que de veras define a un héroe. El sacrificio. En el caso de Morse, esto se relaciona con un aspecto concreto de su personalidad: su código ético. Aquí, un ejemplo. En una escena, ha coincidido que Morse estaba en un local nocturno en sus usuales pesquisas por su cuenta cuando la hija de Thursday se cita allí con un compañero de la comisaría. Thursday también aparece, aunque sólo alcanza a ver que su hija está en el local. No, con quién. 

Al día siguiente, el compañero de la comisaría aborda a Morse.








"¿No se lo has dicho al viejo? ¿Sobre lo de la otra noche con Joanne en el Moonlight?" Morse hasta se siente incómodo; ni siquiera responde. Basta un gesto. Su compañero, en cambio, tiene una visión del mundo bastante más cínica: "Yo lo hubiera hecho, si hubieras sido tú". Lo curioso es que Morse, lo sabemos, podría sin duda haberlo hecho, dado que este compañero, desde el principio de la temporada, no ha hecho sino despreciarlo. Pero no: "no lo vende".










El compañero continúa: "Mira. ¿Que tal si te diera acceso a las preguntas del examen? Si no lo pasas, te quedarás estancado en tareas generales otro año." Esto saca al Morse que se indigna con lo "injusto". Le responde que no. "Estás intentando comprarme". 

Así es Morse. Rechaza que dicho inspector le ofrezca ayuda en el examen que prepara para ascender a las tareas de investigación. Eso también define a un héroe: el camino difícil. Quien no hace trampas. Aquí, no aceptar una ventaja en un examen tiene el mismo valor, aunque aplicado, claro, a un contexto más cotidiano.

Pero el sacrificio, decíamos. Sobre todo, el sacrificio.

En este capítulo, el riesgo no es ya que su superior no pueda protegerle, o que Bright le expulse. Es que la subtrama en torno a su persona (y a ese origen al que remite el título) se precipita hacia el final de modo que se enfrenta a dos hechos que aumentan ese peligro. (A partir de aquí, spoilers).

El más relevante, en lo que se refiere a su padre. Durante el capítulo, hemos visto cómo una recaida en su enfermedad hace que Morse haya de retornar a casa. Y recordar. Y asimilar de nuevo esa distancia entre él y su progenitor.

Hacia el segundo punto de giro, la subtrama también tiene el suyo propio (y muy cerca uno del otro: ¡como debe ser!), y su padre empeora. Morse tiene que tomar un tren, marcharse de nuevo de Oxford. Justo cuando en la trama principal incluye que Thursday interprete que debe ir, a solas, poniéndose en peligro, contra el aparente villano de la función. Pero dicho villano ni lo es tanto, ya, ni, desde luego es, como parecía, el artífice del asesinato.

Y Morse se da cuenta mientras viaja en el tren hacia donde su padre sufre otro ataque que esta vez puede ser el último. En el clímax, Morse se presenta a esa cita que se orientaba a acabar con la muerte de su amigo. E interviene, desvelando el error.

El sacrificio de Morse no acaba ahí. No sólo pone por encima la fidelidad, la lealtad a su superior directo, a su compromiso familiar. Después de que al fin se encuentre al verdadero asesino, Morse tiene que acudir a esa cita retrasada a su padre enfermo.

Justo el día en que se celebraba el examen para inspector. Es su segundo sacrificio, acrecentado por el hecho de que  Morse carga con una herida, hecho por el verdadero asesino en el momento de su detención.

Por supuesto, que Morse dé prioridad a Thursday dice mucho también sobre su persona. En cierto modo, podemos suponer que una segunda visita a su padre tampoco serviría de mucho. De qué iban a hablar. Y el riesgo inminente era para con su superior directo. Y, con todo, Morse, pese a la herida, va a ver a su padre.

Esta visita, con la herida sólo remendada, hace que su médico le informe: al haber tardado tanto en curarse de la forma adecuada, tendrá para siempre un dolor recurrente. Y que el futuro Morse, ése de aquella otra serie, sufra de una leve cojera.

Para colmo, Home acaba con una pista preocupante, pero que es posible que conecte con el futuro Morse, el de aquella serie en la que ya era un hombre de mediana edad. Morse acaba con una botella de alcohol en poco tiempo.

No, no todo está perdido. Hay hueco aún para los héroes cotidianos. Otro caso recomendable es el del héroe masculino que no sea ni el usual tipo duro (este modelo debiera estar agotado hace años), o al que no le falte inteligencia y no sólo dependa de sus poderes. El único caso que me viene a la cabeza es Rylan Givens, el protagonista de Justified. ¿A ustedes se les ocurre algún otro?



jueves, mayo 02, 2013

GUIONECES: HÉROES Y VILLANOS, FICCIÓN Y REALIDAD (III) "CONSPIRANOIA"

Decía en el primero de los posts de esta serie, que quizá existan dos posibilidades a la hora de que nos enfrentemos a los conflictos que vivimos en la realidad, usando las categorías de la ficción. La primera, era la del pesimismo. El mundo está tan viciado que lo lógico es que descreamos de cualquier héroe más o menos puro. El cinismo, si quieren. Nuestro oponentes son villanos son tan poderosos que es imposible vencerlos. 

Veamos más sobre la segunda posible opción: darnos a la "conspiranoia". Esa que nos cuenta que nuestros antagonistas no sólo son poderosos sino desconocidos, inaccesibles. Actúan a distancia, ocultos, debajo de organizaciones o siglas misteriosas. 

Hace unos años, muchos hubieran considerado la sarta de teorías alternativas a todo lo relativo al atentado del 9/11 una locura; una historia alentada en algún refugio antinuclear por un libertario derechista estadounidense (tópico e imagen, por cierto, que hemos aprendido también de la ficción). Una sinrazón que se codeaba con todas esas otras hipótesis alocadas, que tanta fuerza han recuperado fuerza gracias a Internet, y que igual culpan a Israel de aquel atentado, que exponen que el hombre en verdad nunca llegó a la luna mediante pruebas tan exiguas como extrañas (y hasta fascinantes, por cuanto expresan la cantidad de tiempo invertida en buscarlas e interpretarlas de esa manera). 

Sí. Lo irracional. Lo absurdo, incluso. Al fin y al cabo, la paranoia tuvo categoría de enfermedad mental y, acorde con un cambio en la clasificación psiquiátrica, ahora se incluye en otras patologías, como la esquizofernia paranoide. Aunque yo diría que, de ser el caso, a lo que hemos llegado, parte de la sociedad, al menos, es a otra enfermedad: la depresión paranoide. 

En todo caso, sea como fuera, ahora no veo tan “alocado” que personas que juzgo inteligente, (a ratos hasta yo mismo) dudemos durante unos segundos cuando se expresan teorías alternativas a la verdad oficial sobre el atentado reciente de Boston. Hubo un tiempo en que confiábamos en los periódicos o la televisión, que, al cabo, no hacían sino confirmar nuestros prejuicios ideológicos (si éramos de derecha, el ABC y, a ratos, el Mundo; si, de izquierda, el País). Pero ya no nos fiamos. De ningún periódico. De ninguna historia oficial. Algo no nos cuadra. Quién sabe. También puede ser que los que crean la Historia oficial tenían antes mejores contadores de historias. Y de mitos. El hecho es que, bien por la crisis económica, bien por la crisis de valores, bien por la crisis en el modelo de transmisión de información, España ha entrado en ese túnel peliagudo de la "conspiranoia". En ese sentido, nunca el ciudadano medio español quizá se haya parecido más al ciudadano medio estadounidense. 

Encuentro curioso que esta forma de asimilar la realidad parezca infectada por otro tipo de ficciones. Al cabo, la "conspiranoia" es casi contingente al subgénero de espías y a cierto tipo de thrillers. Lo cierto es que aquella serie de J. J. Abrams, Alias (ABC, 2001-2006), mostraba ya, para lo bueno y para lo malo, las costuras de este tipo de historias. Cuando leía, hace tiempo, este post de mi amiga Arancha Ferrero, no entendía del todo qué quería decir con que este subgénero tenía un riesgo de verosimilitud. Pero me olvidaba de Alias, y ahora, viendo Person of Interest (ABC, 2011-) o Nikita (The CW, 2010-) he podido confirmarlo: cierto, en un universo donde todos pueden traicionar a los demás, donde los enemigos son organizaciones oscuras, organizaciones dentro de organizaciones, y donde las agendas propias de cada personajes son ambiguas, un espectador puede desesperarse, perderse o encontrar que los giros, más que sorprendentes, más bien son inverosímiles. Como le sucedía al villano del último Bond (interpretado, eso sí, de forma brillante por Javier Bardem), esos planes tan medidos al milímetro que preveen qué hará quién, cuándo y cómo, es muy posible que nos produzcan impaciencia en nuestra butaca. Eso tan común de “sí, claro; ¿y qué más?”.

Alias, o cómo el culebrón familiar podía codearse con el thriller, el subgénero de espías y hasta la fantasía. Una locura más de J.J. Abrams.

Sin embargo, ahí que estas ficciones de subgénero de espías persisten. Alias, al menos hasta donde yo la vi, acababa siendo, lo quisiera o no, paródica. Aun así, no fue esa obra que marcara un punto y aparte; una especie de “señores, y dicho esto, ya no hay nada más que decir sobre el subgénero”.

No, parodia o no, el subgénero más relacionado con la “conspiranoia” seguimos tomándonoslo más o menos en serio. Tanto, que hoy día se retoma una novela de ese autor que ya mencioné, John Le Carré, y aún llena salas, y hasta obtiene premios. Es el caso de El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, Tomas Alfredon, 2011). Por supuesto, ni esta película ni su guión, ni aquella obra de Le Carré retorcía hasta el extremo la madeja de conspiraciones. Pero tampoco hacía falta. Aunque su estilo sea más realista, y no haya superordenadores ni acción, resulta que el tono no es tan inadecuado a los tiempos que corren.


El telón de acero creaba “grandes” protagonistas y antagonistas, y, sin embargo, dentro de aquella "gran" ficción de buenos y malos, de bandos heroicos y de bandos villanos, algo ya no encajaba. Algo se colaba en el propio mito de cada bando, y acababa haciendo pedazos la historia. Porque aquellos agentes secretos sin glamour (la otra cara de la moneda de la serie Bond), y aquel universo donde igualmente se daban las traiciones y los asesinatos, al final retrataban bandos intercambiables por cuanto ambos era poco éticos. Y todo, con un aire funcionarial y distante. 

En cierto modo, El topo y Juego de espías (Spy Game, Tony Scout, 2001) son películas y guiones opuestos en eso del tono. Pese a ello poseen elementos comunes. Personajes que ya no creen en esas cruzadas de sus respectivos gobiernos, en cuanto a que ni las comparten del todo, ni el daño colateral que originan les impide el rechazo moral. Protagonistas que no pueden ser héroes ante todo ese sistema de secretos y conspiraciones orquestadas por villanos a veces sin rostro donde, si acaso, les queda salvar vidas concretas. Por supuesto, todo esto puede contener todos los matices que se desee, pero parece que lo que los 70 ya nos contaba sigue vigente hoy, en cuanto a este subgénero de espías. 

De hecho, Robert Redford protagonizaba en aquella década otra película de estas características: Los tres días del Cóndor (Three Days of the Condor, Sydney Pollack,1975). Es uno de esos guiones que en su día descubrí gracias a uno de los libros de Syd Field, y sigo considerándola una cinta muy interesante. En Los tres días del Cóndor el héroe era un trabajador de la CIA, pero uno más cercano a ese “average man” que mencionaba que en estos tiempos no abundan. Era un analista. Un funcionario, eso sí, con eso que parece que no requieren los héroes de hoy: inteligencia. Ni sabe kung fu ni maneja todo tipo de armas. 

Una de las frases usadas para definir al protagonista en este trailer es "I am not an field agent; I just read books!" (No soy un agente de campo; ¡sólo leo libros!)

Desde su primer punto de giro, la conspiración se cernía sobre él, y se iba destapando eso luego tan explotado (hasta la saciedad): una rama secreta, paralela, dentro de una organización gubernamental. El final quedaba abierto y era bastante pesimista: era improbable que el héroe acabara con la conspiración porque era demasiado amplia y afectaba a muchos intereses. Los planos de la última escena me parecen hasta simbólicos en relación a qué sucede ahora. Robert Redford quedaba mirando las siglas del periódico al que se planteaba ir con todo lo recabado, las del New York Times. Hoy sería imposible, ingenuo, que un protagonista supusiera que daría la puntilla a su gesta heroica confiando en la prensa. 

Con lo lejano que parece, aquellos años 70, parece que los americanos (bastante más críticos con el poder de lo que se les supone) o ese subgénero de espías de la época ya nos hablaba de protagonistas y héroes (o antihéroes) envueltos en tramas movidas desde despachos lejanos e inaccesibles. Como he hallado en la reciente novela que leo (Dead Water, de Simon Ings, Atlantic Books, 2011; la recomiendo), el mundo gira y se mueve pero los personajes individuales no saben cómo, por qué, ni hacia dónde. No es que no haya villanos. Es que es imposible verlos, y mucho menos enfrentarlos. Ahora no sucede algo muy distinto, y quizá eso trataba de aprovechar una heredera de Le Carré, la estupenda serie de televisión Rubicon (AMC, 2009). Quién sabe. Si AMC la hubiera estrenado hoy, hubiera encontrado más público que se identificara con el protagonista y esa confirmación de que el mal está en todas partes. Y no sólo ahí fuera, en otro país, en otro partido político. No. En tu propia casa. 

En el próximo post, hablaré un poco de esta" conspiranoia" que ha saltado de la ficción a nuestra realidad más cotidiana.

lunes, abril 29, 2013

GUIONECES: HÉROES Y VILLANOS, FICCIÓN Y REALIDAD (II) HÉROES TRAUMATIZADOS Y DE OBJETIVOS MENOS AMBICIOSOS



La ficción siempre anda conectada con sentires y sensaciones que pululan por el mundo real. En el caso de las historias en el audiovisual, no se trata, pienso, de que estas las asimilen en historias sean particularmente “realistas” en su concepto más literal, sino que ciertas partículas de ésas que flotan en el ambiente de nuestros días acaban contagiando a los guionistas y directores.

Decíamos en el post anterior, que esto, por ejemplo, afecta al esquema “héroe/villano”. Que parece que hemos descubierto eso que, en verdad, puede que estuviera ahí hace mucho: el mal no es tan fácil de localizar, de concretar, de darle un nombre. Y es poderoso. Sean ustedes religiosos o no, déjenme un segundo que use una comparación: pareciera que, muerto Dios, fuera el Diablo el que ha heredado sus cualidades. La omnipresencia y la omnipotencia.

Esto es un paso más a aquellas historias que recuerdo de la guerra fría; las de John Le Carré. Allí, ya entonces, pese a los dos bandos (quién era el protagonista y quién el antagonista, dependía de tu ideología política), resultaba que todo era bastante gris, bastante poco heroico. Ya en los años 70 del pasado siglo parece que se colaba una narrativa paralela (y no sólo en este autor, claro) a los grandes discursos de los dos polos a cada lado del muro. Aunque entonces, tal vez, los ciudadanos tendíamos a creerlos más.

Ahora que no hay países “malvados”, algunos, torpemente, todavía insisten en crear “ejes del mal”, y ahí estaba Bush hijo para contarnos el cuento con malos malísimos. Hasta con barajas de cartas con rostros y nombres, durante la guerra con Irak. Casi como si fuera un listado de los super villanos de Batman o Superman.

Puede que convencieran a parte del electorado republicano, o puede que no. Esto lo sabrán los que habiten en Estados Unidos, tan contradictorio y, en verdad, tan desconocido. En Europa, y en España, que somos más viejos, más desengañados tal vez, ni el mismísimo Aznar logró que la historia colara. Quizá sea el descreimiento tan propio de estos lares. O quizá que los políticos españoles sean tan poco hábiles a la hora de orquestar historias como los narradores patrios.(1)  A lo mejor, alguien debería decirle al PSOE y a Izquierda Unida que por ahí van los tiros. Los primeros, tienen complicado apuntarnos un héroe que ha estado ya en posición de actuar como tal y ni hizo nada (o hizo lo que un villano encubierto); los segundos, siguen empeñados en convertir en “héroe” una entidad tan abstracta (y fuente de tanta desconfianza hoy día) como es el Estado. En todo caso, menos mal. Pese a esa educación que baja su nivel (y que con los recortes y leyes que la revisan pero no la mejoran parece que caerá aún más en picado), los españoles no somos, todavía, tan crédulos en ciertos temas. 

Pero volvamos a la ficción, la fuente donde siempre nos hemos mirado en busca de héroes y villanos individuales. ¿Qué está sucediendo en las historias audiovisuales?

Hace tiempo que me pregunto dónde están los “average man” (o "woman") como héroes, porque yo no los encuentro. Los seres más a ras de suelo son, decíamos, complejos, y coquetean con actitudes cuestionables (moralmente, pero también en lo ético) (2). En cuanto a esos que se acerca más a la etiqueta de héroes, ya decíamos, en cine, tienden a la caricatura o al trazo simplista. Cuando no es así, y los guionistas tienen quizá más libertad (o tiempo de metraje) tengan sus conflictos internos o no, siguen requiriendo, como ya reflexionaba yo en este otro post, poderes infrahumanos. En tanto que los oponentes son tan poderosos, sería inverosímil de otro modo. 

Nikita, de la serie del mismo nombre (The CW, 2010-) o Jason Bourne manejan las tecnologías, el combate cuerpo a cuerpo, y soportan lo insoportable, porque sus antagonistas son nada menos que gobiernos enteros u organizaciones criminales inabarcables. A veces, para no acumular funciones, esto se reparte en dos personajes, el héroe de acción y el ayudante que hackea cuentas corrientes y archivos del FBI como el que come palomitas. Exponente claro y reciente: Person of Interest (CBS, 2011-). En Nikita, la protagonista también cuenta con un ayudante que lo hackea todo y le aporta el conocimiento tecnológico a las misiones.

Atormentados o no, mientras sigan utilizando cualidades tan lejanas al común de los mortales, como ya comentaba yo en aquel post, más que héroes serán semidioses, como si los modelos remitieran a aquellos mitos griegos. Bastante lejanos de nuestra experiencia cotidiana.



Luego, están los super héroes. Esos que, por definición, ya eran protagonistas  con super poderes. Estos han requerido refundaciones de distinto calado. El primer Hulk (Ang Lee, 2003) era casi un estudio psicoanalítico de los traumas de Bruce Banner, y el Batman de Christopher Nolan, ya lo he comentado varias veces aquí, alejaba al personaje del aire pop oscuro y fantasioso de las películas de Burton. Super héroes complejos o bien a los que se les contagia de cierto realismo, aunque también super héroes más fantásticos (y más humorísticos) como las dos primeras entregas de Iron Man o los propios Los vengadores (The Avengers, Joss Whedon, 2012). De un modo u otro, si los estamos recuperando, pasen o no por el diván (y ahí está también la refundación de James Bond de Sam Mendes, estimulante, aunque fallida al cabo) eso quizá nos diga algo como espectadores y ciudadanos en estos tiempos.

Con villanos tan poderosos, tan omniscientes y omnipotentes, pareciera que la ficción esté respondiendo con héroes igual de fuertes. Los Vengadores afrontan nada menos que una invasión extraterrestre, y algo similar es lo que promete afrontar la nueva entrega de Superman. 

Sin embargo,  el intento de hacerlos protagonistas complejos para que se equilibre y aceptemos ese cualidad de “super hombres” los hace justamente demasiado humanos como para vencer al mal por completo. Pareciera que el viaje del héroe nunca acabara. No hay malvado al final del nivel último del vídeo juego. La partida nunca acaba.

Este sentido realista, de cierta conexión con el mundo que vivimos, en pos de la verosimilitud, también hace que los objetivos de los héroes menos poderosos tengan que ser más accesibles. Jason Bourne quiere, primero averiguar más sobre quién es, luego vengarse por el asesinato de su novia, y finalmente que le dejen en paz. No busca subvertir el sistema. Person of Interest, de momento, opta por que la pareja de protagonistas salven vidas individuales. En el capítulo 01x15 (The Dodger) de Arrow (The CW, 2012-), el protagonista se definía por la negación (algo que lleva haciendo toda la temporada): no es Robin Hood. No quiere defender a los pobres contra los ricos. Sólo quiere acabar con los ricos de la lista en el cuaderno que le dio su padre. Y cuando se le plantea desviarse de dicho objetivo, esto le causa rechazo y conflicto. Quizá los showrunners y guionistas son conscientes de que, qué sé yo, enfrentarse a la corrupción de las agencias gubernamentales, y a todo el sistema, tal vez sea visto como un poco demasiado libertario. O demasiado inverosímil, si pretenden vencerlo.

Héroes, pues, con objetivos no ya accesibles, sino objetivos egoístas, personales. Individuales.


Por cierto, otro tema de reflexión es dónde están las “super mujeres”. La única que encuentro entre las ficciones audiovisuales es la de Nikita, serie que, de paso, aprovecho para señalar como poseedora de más valores de los que pueda suponérsele.

En el próximo post, veremos más detalles sobre la dificultad de concretar villanos. En el mundo real, y en las historias audiovisuales. Y cómo eso se relaciona con esa concepción del mundo que incluye la "conspiranoia" como algo ya no ta exclusivo de la ficción.

(1) Aprovecho para apuntar que sé que esto puede ser una generalización injusta, lo de nuestros novelistas. Para ser más concreto, diré que me refiero más a la contemporaneidad. Aun así, aunque admito que es más una impresión que una conclusión, diría que debe haber algún motivo para que España tenga tan pocos novelistas en el canon internacional. Pienso en Marías o en Vila Matas, pero tengo mis dudas de que sean grandes narradores (lo que no quita que sean grandes escritores). ¿Será que la narrativa es cosa del XIX? Pero, si es así, ¿por qué si siguen surgiendo historias en la novela de Estados Unidos o del Reino Unido? ¿Por qué si hay narradores en los países que comparten nuestra lengua?

(2) Permítanme que aquí use una distinción que a mi me ha parecido siempre útil, aunque supongo que el ámbito académico tendrá sus críticas al respecto. "Ética" como conjunto de creencias y valores por encima de tradiciones culturales y sociales; "moral", como conjunto de creencias y valores desprendidos de un momento histórico concreto, y de esas tradiciones culturales y sociales.