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sábado, enero 05, 2013

TEKKONKINKREET (MICHAEL ARIAS, 2006): ANÁLISIS


Tekkonkinkreet (Michael Arias, 2006) es cine de animación, donde se cuenta la historia de Blanco y Negro, un par de niños huérfanos que dominan los pequeños delitos en el llamado barrio del tesoro. Blanco se acerca a los once años, si bien su visión de la vida es mucho más infantil. Negro es violento, y se asegura de que ninguna otra banda de chicos penetre en su zona. Los dos, al igual que todo el barrio, contempla cómo el cambio se cierne sobre su pequeño universo. Una banda de yakuzas ha decidido ampliar su área de influencia hasta aquí. Negro no está dispuesto a ceder, aunque el jefe de los yakuzas tiene un socio misterioso, con métodos peculiares, que no piensa detenerse.



Tekkonkinkreet es de esas películas que no pone fácil el puro disfrute. Para una duración relativamente corta (unos cien minutos), hay demasiados acontecimientos, y no menos subtramas. Puede que sea resultado de condensar todo un cómic manga en un formato tan diferente, como es el largometraje. Me topo con que es similar a lo que Slant Magazine  dijo en su día:

"... the movie is a collection of disparate anime parts that never really comes together. Maybe it's because the screenplay was adapted from a manga series, or maybe it's because first-time director Michael Arias wants to say everything in one film, butTekkonkinkreet feels too outsized for its own good."

Ni siquiera los tiempos muertos ayudan a que nos situemos siquiera en un género. El cine negro se mezcla con el fantástico, aunque no siempre conviven con esa facilidad con que se pretende. Sin embargo, sí que cuenta con una cualidad: que va ganando enteros a medida que se repiensa tras el visionado.

Tekkonkinkreet te obliga a que aceptes que en este universo caben tan mal lo imposible como lo explicable. Es verdad que en cuanto vemos cómo se mueven Blanco y Negro, la película ya nos la está advirtiendo. En una escaramuza con otros par de chavales, los dos protagonistas responden literalmente a su nombre de guerra: “gatos”.  Gatos voladores, para ser más concretos. Con todo, cuesta acomodarse al grado de fantasía se va desplegando. Los yakuzas, la lucha por los territorios, la violencia, ese fondo, aunque leve, de retrato de sociedad… Por momentos, nos tienta colocar el film en el género negro.

La escena de la persecución de Blanco y Negro y los chicos que desafían su territorio. 

Pero no. El realismo se rompe por completo cuando entran en liza aquel socio del jefe yakuza, que tiene a su cargo un trío de seres con super poderes. Los chicos, como nosotros, tiran de los conceptos más a mano, y los denominan alienígenas. Aunque esto tampoco es ciencia ficción. En realidad, no se sabe qué son. Que vuelen siquiera parece que afecte a los dos personajes policías. Esto puede dificultarnos la verosimilitud. Esto y que nunca se definan del todo las normas de este universo particular. La propia ocultación de motivos y explicaciones concretas hace que Tekkonkinkreet acabe siendo una película fantástica, pero de ésas que usa este género para no respetar casi ninguna expectativa. De esa otra tradición, menos común en cine, en lo que lo fantástico se introduce en “la realidad” para ponerlo todo patas arriba. Hay sueños cuyo significado nunca se aclaran, y una conexión entre los protagonistas que tampoco es “realista”.

Es posible que todo esto se mitigue en cuanto el film va orientándose en un tema al que es mucho más fácil usar como asidero. Quizá, algunos espectadores al menos se consuelen cuando, entre tanta locura y esa cierta prisa del guión, asoma aquello del viejo concepto “el bien contra el mal”.

La gracia, que encuentro que hace a Tekkonkinkreet bastante original y personal, es que ni siquiera esto se desarrolla de la manera más esperable. Puede que el guión insista un poco demasiado en eso de lo simbólico, hasta hacerlo obvio (llamar a los chicos Blanco y Negro ya era una pista innegable). Puede que el guionista no logre equilibrar la exposición y la profundización de esos dos extremos, en los dos protagonistas.

Sin embargo, cuando ya todo es más imagen que palabras, te das cuenta de que lo de “la luz” y “la oscuridad” tiene más enjundia de lo aparente.

Como digo, el guión enfatiza mucho el rol de Blanco, dejando poco espacio para el de Negro. Claro que, dentro de ese rol ya hay detalles distintos. Blanco es la ingenuidad; pero una fuera de lo que cualquiera de nosotros pudiéramos esperar. Blanco es un niño que no actúa ni dice lo que tal vez pudiéramos oírle a cualquier niño que conozcamos. Está, por supuesto, la posible explicación del salto cultural: los films de animación japoneses suelen tener unas peculiaridades que se salen de nuestra experiencia como occidentales. Pero yo diría que es algo más. Más que al mundo infantil a mí más bien me recordaba a la mismísima locura. A ese tipo de locura que le hace repetir una y otra vez “ser feliz, ser feliz”. 



Pero ahí que tenemos una escena que, sólo con la imagen, nos habla del posible por qué. Blanco observa, callado y pensativo, cómo otros niños participan en la clase de gimnasia de su colegio. Ellos son los niños con padres; los niños con una vida “ordenada”. Blanco no se niega a ver que él y Negro son delincuentes, y, en ocasiones, hacen daño a la gente. En verdad, eso, ya veremos, es algo que le preocupa, y le hace entristecerse. Sin embargo, como buen loco “lógico”, opta por colocarle un manto de ilusión a todo.

Ese mismo manto que define la estética de este barrio del tesoro. Aquí no hay esa atmósfera de cemento y cristal y modernidad, más común en otras películas de animación japonesa. No, éste es más bien un distrito envejecido pero que mantiene pequeñas atracciones para niños, y mucho colorido, y hasta un reloj recargado, excesivo, fantasioso. Es uno de los aspectos visuales más notables de Tekkonkinkreet. Coincido con lo que comenta la reseña del New York Times, 

"Tekkonkinkreet” demands to be seen, if only for its beauty. The generally bright palette and overall soft look work a nice contrast to the dark theme, as if the world itself were on the children’s side."


Al mismo tiempo, ese barniz de fantasía anclada en el pasado es algo a lo que se aferran varios de los adultos de la historia. Tenemos a "Ratón", un experimentado jefe intermedio de la yakuza, que se agarra a la melancolía, y que rechaza ese nuevo encargo de transformar el barrio. Con el jefe de policía comparten una escena cuando menos chocante. Para ambos, la fantasía del pasado, claro, no es tan hermosa como pudiera ser la de Blanco. Para ellos, el antiguo barrio lo representa un local cutre de showgirls.

Igual de extraño es lo que ideara Taiyo Matsumoto para que representara el cambio; el futuro. El proyecto de los “malvados” en el guión no es sino un parque temático, lleno de máquinas de vídejuegos, pero también de atracciones, ahora ya brillantes y no envejecidas. Quizá Matsumoto quería mostrarnos que nada cambia en realidad, aunque el cambio venga precedido, ya sea por la violencia, o por esas máquinas excavadoras que van abriendo paso al parque temático.

De todos modos, a medida que avanza el film, se nos pone difícil dónde agarrarnos para seguirlo. Por una parte, hay elipsis que indican que pasa mucho tiempo (va verano a verano), y eso no ayuda a la verosmilitud. Los dos sicarios restantes que se envían a acabar con los chicos tardan mucho, por ejemplo, en localizar a Negro, ya hacia el final. Por otra, es complicado que nos pongamos del lado de Blanco o de Negro. Blanco, sí, es “la luz” pero como tal es un poco “maníaca”. Negro es un misterio. Le hallamos más insertado en el mundo en el que vive, aunque esa otro tipo de locura, la que le mantiene en su pose guerrera, tampoco le hacen un protagonista sencillo.

Para cuando llega el clímax, uno se cuestiona si no hubiera bastado que el guión contara la historia de estos dos chicos. La subtrama de Kimura, el yakuza que evoluciona hacia una conciencia está un poco fuera de sitio. Y, aunque su escena culmen busca ser intensa y emotiva, algunos de sus diálogos arruinan lo que con menos palabras hubiera funcionado. Como la propia víctima de su asesinato le dice antes de que le mate: “Un consejo: no hables cuando vayas a matar a alguien”.

El clímax también se toma tanto tiempo que hace más innecesario aún que se hayan dado tantas vueltas en torno a cuánto requería Negro a Blanco para no sucumbir a su “mal interior”. Visualmente, eso sí, es impecable. En la serie de televisión de anime Paranoia Agent (Mòsò dairinin, Satoshi Kon, 2004), una psique dañada tomaba una especie de leyenda urbana y la convertía en un monstruo literal y bien palpable en el mundo real. Aquí, sucede algo similar: a los ojos de Negro, el monstruo que le habla de abandonarse a la oscuridad tiene los rasgos de un ser que se rumoreaba que habitaba en el barrio. Éste se difumina, su dibujo se alarga, se contrae, se retuerce, en un efecto bastante inquietante. Pero dura mucho, este clímax. No siempre, no; no es una regla universal. Pero a veces, sí. A veces, menos es más.

Los créditos de Paranoia Agent. Como toda la serie, es de lo más desconcertante. Aquí verán a todos los personajes riéndose. Pero lo que sucede no tiene nada por lo que ninguno de ellos pudiera reírse.
  
Tengo curiosidad acerca del manga. A lo mejor, Satsumoto quizás cuente su historia mejor en su formato original. De Tekkonkinkreet me quedo con que, en sus mejores momentos, ofrece una forma visual interesante de reflexionar sobre si al final la locura de la ingenuidad no es un poco mejor que la de la destrucción. 

lunes, octubre 02, 2006

MANGA: HORARIOS CONTRADICTORIOS

A veces, uno se despierta un domingo temprano. Como el trabajo autónomo (para el lenguaje "post-capitalista", free lance) es ya de por sí esclavizante, ha de encontrarse tareas sustitutivas que te aporten la impresión de tiempo ocioso.

Así que zapeo, y me topo con Mangápolis, en la Sexta. Bueno, en concreto, tropiezo con una escena desconcertante. En una serie de animación, observo cómo uno de los protagonistas vence en un juego a su contricante mediante el seguro método de arrancarle el corazón. Vaya, que este juego no es el de Pokemon (¿será éste otro elemento reiterativo, definitorio del manga?).

Mangápolis es el usual contenedor, concepto televisivo que consiste en entradillas, o sketch de presentadores para dar paso, o simple transición entre secciones, o series. La diferencia, un poco más original, es que la entidad temática es, claro, el manga. La estética japonesa se traslada a ropas y hasta al casting, que incluye un chico con un algo de rasgos orientales.

Una de las secciones más curiosas es la denominada Informe. Con el citado remedo nipón transmutado en el usual presentador japonés histriónico, se adentra en el tratamiento de aspectos sociales; el que ví, sobre la homosexualidad.

Digo que es curioso, por la idea que se inspira en programas televisivos japoneses, pero con un toque propio que lo pervierte con humor, y con efectos positivos. El replicante de presentador introduce (en supuesto japonés con subtítulos) entrevistas a pie de campo, donde se expresan las visiones sobre qué sucedería si descubrieran que su hijo es homosexual.

Pero también es curioso porque denota una preocupación pedagógica en los creadores del programa. O, si se quiere, un criterio social. Sin embargo, esto se contradice con un posible desajuste entre este horario y su público potencial.

Por aspectos laborales, he estado investigando los programas infantiles y juveniles. Internet y el bendito pero farragoso Google me regalaron un informe, en plan serio, que analizaba los programas y series de todas las cadenas (de entonces; el documento tiene ya unos años). No lo tengo revisado en profundidad, pero me quedé con las conclusiones, un tanto apocalípticas. Ya se sabe que se estila esto de que se halle el enemigo en las ondas televisivas.

Pero veo retazos de este programa, y me quedo pensativo.

Mangápolis no se dirige al público infantil, sino a los jóvenes, calculo que entre 12 y 18 años. Sin embargo, el horario es mañanero, y, por familiares, sé de buena tinta que son horas de consumo para chicos bastante más jóvenes.

Así que los contenidos tal vez no sean los más adecuados. Ni por asomo soy fan de la censura (ahora hay que hacer esos matices hasta el infinito o a uno lo tachan de cualquier cosa). De hecho, al cabo de una semana, escucho que la misma Sexta ha optado por la "autoregulación" (otro término "pos", imagino que en este caso, "postcapitalismo en el cuarto poder"). Una serie de Manga erótico expuso relaciones con una chica que parecía menor, y eso originó misivas a granel de protesta.

Pero el diablo, o Dios, según quién lo diga, está en los detalles.

Aquella serie se emitía cerca de las dos de la madrugada.

Parece que se repite la cantinela; el sexo despliega demasiados vigilantes, pero la violencia transita frente a los ojos y oídos de nuestra prole sin escándalo.

Volviendo a Mangápolis, la serie que no logro identificar (no es ninguna de las que la página de la Sexta anuncia) finaliza, mientras todavía quedo epatado tras ese corazón arrancado que, por cierto, el "héroe" aplasta a modo de reafirmación de su victoria. La primera serie que veo al completo es Noir, que cuenta las peripecias algo culebrónicas de un grupo de asesinos profesionales.

El manga en general me seduce el interés. Por ejemplo, en esa rara alianza entre fondos, ahora estáticos, ahora estilizados e insertados en los movimientos de los personajes, descompuestos en planos rebuscados. Además, en muchas ocasiones, la fantasía está pensada, y es intrigante (y no sólo cuando es futurista). En cuanto a su usual expansión del tiempo de escenas (incluso microescenas) que retrasan el avance de la acción principal me resulta exótico, por diferenciarse de la síntesis narrativa más común.

Sin embargo, aparte de las excepciones de clásicos como Akira o la Princesa Mononoke, al igual que con el terror oriental, esta clase de animación al cabo cansa. Cuando has visto un fantasma con pelo largo y negro, que surge en algún rincón del plano, o que se comunica mediante algún medio de comunicación moderno, ya los has visto todos.


Cuando has visto una competición, con niveles mayores o menores de espectacularidad, los has visto todos.

Con el manga, me sucede algo parecido. Que me perdonen los otakus, pero el género no decide la belleza, ni la verdad. O, en palabras más vulgares, para el hallazgo de una serie buena es tan necesario la búsqueda como en las de otro estilo y estética.

Y Noir no añade mucho, salvo que el protagonismo es absoluto para las mujeres. Las feministas afirmarán, y con razón, que también pueden cargarse a todo Cristo, como los héroes masculinos, que de Aquiles acá, parece que las féminas no pueden ser implacables.

La serie cumple a la perfección las fallas que aquel informe apuntaba. Todo se resuelve a tiros y golpes. No aparece sangre, es cierto, pero no sé si eso arregla mucho. Esta serie se emitía tras el Manga erótico, y uno se cuestiona si el salto en la parrilla de la madrugada a las mañanas no es un recurso de contraprogramación exagerado.

Aparte, los protagonistas son poco menos que superhéroes. No es que prime el realismo.

Ups, perdón por el lapsus; quería decir la verosimilitud. Porque en ese punto, disiento del informe. Se agradece que los pedagógos pretendan que la ficción deba ser un modo más de conocimiento del medio, pero la fantasía, hasta la excesiva, no me resulta peligro alguno para las mentes infantiles.

Dios, la virulencia de la epidemia de realismo en España alcanza hasta a la educación.

Lo que cuenta es que uno acepte ese otro juego, el de la ficción, el de "vale, de acuerdo, acepto el pacto, a partir de aquí, acepto las reglas internas de este universo". Mientras haya coherencia, también en el desarrollo de los personajes (que, al cabo, siempre serán humanos, hasta cuando son criaturas de otro aspecto u origen imaginario).

Con esas pautas, los guionistas siempre podrán ofrecer tramas, si se quiere, educativas, y que
queden tranquilos los pedagogos. Siempre pensé que eran los padres los que orientaban a su progenie a moverse por los pliegues de la vida.

Ahora, con lo de los tiros a tutiplen, y con corazones arrancados, ahí me pongo serio. No se me ocurrirá el adelanto de futuros traumas o patologías varias, pero demonios, ¿nadie cree que estos contenidos deberían llevarse a otro horario?


Además, esto de las modas es ya cansino. Hay series estupendas de animación no japonesas en los canales de pago que podrían traerse a las cadenas en abierto. Divertidas, nada ñoñas, imaginativas, no crean, pero desde luego para niños. Hay va un listado subjetivo y rápido.

Ed + Edd + Eddy y Bob Esponja, para estéticas discordantes y tono un poco gamberro, y Aliens, Vampiros y Piratas, para niños más pequeños.

Esta última se emite por las mañanas en La Banda, de Canal Sur, donde sí parecen aspirar a concordar horarios y contenidos. De hecho, hay una serie, B-Daman, que es Manga, y que sin embargo soslaya la violencia. Eso sí, qué manía tienen estos señores con las competiciones.

Me planteo (mientras emiten un sketch sobre la broma de independizarse en un piso de 30 metros cuadrados) si los adolescentes o jóvenes (porque también hablan de música actual y de ropa fashion, otro concepto "post", "post-pijo", me barrunto) están de veras levantados un domingo a las 10 de la mañana. No me cuadra con lo del botellón, ni con mis propias experiencias.

Por otra parte, no sé, Cuatro me parece que toma el pulso mejor a esa relación entre manga (de calidad) y público adulto, en su contenedor nocturno.

Otro día comentamos por qué Padre de familia, aparte de su irreverencia, y de que ya se repiten demasiado (y llevan pocas temporadas), también parece descolocado en su horario del almuerzo.