Mostrando entradas con la etiqueta Juan Jacinto Muñoz Rengel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Jacinto Muñoz Rengel. Mostrar todas las entradas

miércoles, noviembre 24, 2010

LA CRÍTICA: ¿NO SOMOS TODOS IGUAL DE SUBJETIVOS?

Los que vemos cine y tratamos de estar al día de qué se mueve en la literatura no somos, automáticamente, por suerte o por desgracia (ahí, se agradece su ayuda, querido lector; táchese lo que proceda) críticos o especialistas en un arte o el otro. Pero el contacto con la crítica de ambas sirve bien para los que leemos guiones. Porque al fin y al cabo, uno resuelve que no hay análisis objetivo. O no, a menos que uno sea consciente de sus filias y fobias.

Hace unas semanas, leí la reseña de Sergi Bellver sobre una (otra) recopilación de relatistas jóvenes españoles. Y me encontré con que, de paso, aludía y se quejaba (en este artículo, con menos intensidad que en otros foros) de cómo la crítica oficial (la reseña del ABC Cultural) tal vez iba desencaminada cuando demarcaba cuáles debieran ser las influencias de los autores, en lugar de asumir (y analizar) cuáles son las que son, sin juzgarlas. 

"...en lo que quizá no acierta Pozuelo Yvancos es, volviendo al tema de los linajes literarios, en demandar una suerte de carta de hispanidad a cuentistas que, guste o no, se han formado leyendo más a Kafka o a Chéjov (como, dicho sea de paso, hicieron buena parte de los autores de la llamada Generación del Medio Siglo, que también leían a Katherine Mansfield o a Poe, y no sólo a Baroja) o a los inevitables norteamericanos (ese santoral del cuento contemporáneo que va de Carver a Cheever, demasiadas veces mal imitado pero pocas bien resuelto, como sí es el caso de Jon Bilbao, sin ir más lejos). [...] la idea de «tradición propia» o «cultura local» traza líneas paralelas de difícil permeabilidad que no se corresponden con la realidad plural y multidisciplinar que desde hace precisamente una década, más o menos, viven los lectores y autores españoles de relato breve."


Esto de la crítica es, pues, bastante complejo, y, en lo que nos toca, nos lleva a los críticos de cine, y las tendencias que pululan, ya sea en los medios tradicionales, como en el mundo de la blogosfera. Y esto llega a futuras generaciones mediante profesores de universidad o talleres literarios o de guión. Esto lo he comprobado y lo he sufrido. Hay autores del canon, pero del canon del profesor concreto, lo que es muy injusto y poco útil. Cuando sales ahí fuera, y quieres publicar, o que tu guión sea producido, tal vez choques con que Carver no es, de veras, el único camino que se ha de seguir, o que el cine social ha muerto, o no interesa el mensaje si no se transforma en una historia que no tenga cargas extras de contenido.

La revista Cahiers du Cinéma de España tiene su línea editorial, que, lógico, sigue el sendero de la que fue la revista de cabecera de la modernidad cinematográfica. Siempre es más fácil la definición de lo que se hacía, que de lo que se hace, y ahora mirar el cine con ojos modernos, y no posmodernos, no sé si es erróneo. Lo que sí me resulta, a veces, es una especie de actitud bizantina, y un tanto intransigente. No es que no respete a algunos de sus críticos (tuve el honor de conocer la sencillez y los conocimientos de Carlos F. Heredero), sino que creo que, por estas rendijas de la autoría y la modernidad, a veces se cuelan directores que se hacen autores reconocidos haciendo un poco lo que les da la gana, sin mucha moralidad.

La política de autor ha tenido efectos positivos y negativos. Nadie duda que gracias a aquellos franceses de los 60 ahora vemos a Fritz Lang o a Jacques Tourneur como autores. Sin embargo, ahora me parece un tanto ingenuo la consideración de un film o un libro (o un relato, incluso) sólo a partir de su conexión con los temas o el estilo del autor. Podríamos, digo yo, aprender un poco de la posmodernidad, que nos ha enseñado que podemos analizar obras, y no conjuntos de obras. Que, de hecho, las intenciones del autor pueden hasta entorpecernos un disfrute propio e íntimo. Además, ya deberíamos disfrutar de cierta distancia para con las teorías psicoanalistas (y no me entiendan mal, soy un gran admirador de Freud) como para que elaboremos una especie de retrato del artista paralelo a su vida personal. En cuanto a lo que el cine se refiere, entiendo que esta postura tiene mucho de desconocimiento de la industria. Escribir un guión es un proceso autónomo y hasta libre, pero el libreto que se haga realidad, no; y la dirección y producción de un film es un proceso que pasa por tantas manos, que es complicado el control de una visión propia y personal. Ni siquiera los grandes logran siempre acertar, y no es -no sólo- una cuestión de voluntad, o de decisiones creativas o artísticas.

Aparte, esto, me temo, crea esos clubs de hinchas que ni disimulan esta opción cuando hablamos de los blogs. Si eres del club “Woody Allen”, todas sus películas te parecerán maravillosas, y no permitirás que nadie te diga que Match Point (2005) es sólo una revisión de Delitos y Faltas (Crimes and Misdemeanors, 1985) o que hace mucho que no realiza una comedia redonda, o, al menos, fresca. Si eres del club “Clint Eastwood”, es improbable que si quieras consideres si este director hace films clásicos (en lo bueno y en lo malo) en un tiempo donde esta narrativa nos son ingenuas o pobres o artificiales; o que la calidad de sus películas depende muy mucho de sus guiones (de su capacidad para elegir buenos guiones). 

Y así sucesivamente.


"Delitos y Faltas". Una obra maestra.

Luego, a veces me cuestiono para qué preocuparme de si tengo prejuicios, cuando resulta que, desde el nivel más a pie de calle (los blogs), hasta los grandes medios y popes de la crítica, el prejuicio está tan extendido.

Pero tranquilos, que esto sólo me sucede a veces.

Dirigido por es una revista muy interesante, por varios motivos. Uno, porque no hay línea editorial (lo que no ocurre, según Antonio José Navarro en Cahiers du Cinéma). Otra, porque se comprueba que la subjetividad funciona tan bien, y tanto, como en aquella otra revista. Aquí no parece que se vean tan coartados con mirar el cine desde los presupuestos de la modernidad. Pero, en cambio, Ángel Sala se explaya en su sección con una evidente defensa excesiva de todo lo que pertenezca al género que tanto ama. Por su parte, Antonio José Navarro ofrece su particular visión sobre cómo la narrativa seca, dura, violenta tiene unos valores de por sí.

A mi me da por pensar que el simple hecho de que una obra trate lo que cuenta con un estilo es tan absurdo como juzgar que es “buena” porque trate temas científicos, históricos o pertenezca a un género o a otro. Por eso decía yo que creía injustificadas las alabanzas al libro de Muñoz Rengel sólo porque genere historias fantásticas, o, ya el colmo, porque se sitúan en geografías “exóticas”.

"Con sus relatos viajaremos desde el Toledo musulmán del siglo XI a la ciudad de Praga del siglo XV, pasando por el Londres victoriano hasta llegar a un futuro no muy lejano. En todos estos escenarios Rengel consigue, con unas breves pinceladas, un retrato milimétrico de la ambientación histórica y geográfica, ofreciendo una lección de síntesis. Cómo el mismo estilo narrativo trasmite el sabor de cada época.


Ya lo ven. Nos fascinamos con facilidad, si leemos los que, a priori, ya nos fascinaba. Pero si hay algo que el libro de Muñoz Rengel no logra (además de ser original e inquietante, sino a ratos demasiado coqueto con tradiciones y posibles juegos metaliterarios) es ambientación. Fisicidad. Sensación de que estamos allí.

¿Qué pasaría si un escritor hiciera relatos en otra tradición? ¿Si de pronto se inspirara en Ballard o en la ciencia ficción de Aldiss? ¿Y si usara a Maupassant y no a Chéjov? ¿A Tolstoi, en vez de a Dostoyevski? ¿Y si un guionista o un director partiera de Spielberg y no de Godard? ¿De Hitchcock y no de Antonioni? ¿De Fellini y no de Antonioni?

Cada crítico es una mirada; una actitud frente al cine o la literatura. Se me dirá que ellos no son “personalistas” y que aplican criterios estéticos o históricos. Bueno. Lo cierto es que hay varios criterios de estos. Por tanto, esta crítica es igual de subjetiva en cuanto que es una decisión personal, tras, se supone, unos estudios correspondientes (¿y tal vez un profesor que también les “orienten” adecuadamente?) de qué estética, y qué autores forman parte de la tradición “correcta”.

Un buen profesor debería hacer ver a sus alumnos, en un taller, en un aula universitaria, toda la variedad de estéticas que existen y en las que buscar inspiración. ¿Se imaginan qué habrían hecho Marías o Vila Matas si sólo hubieran creido respetable la obra de Galdós?

sábado, septiembre 11, 2010

IMPRESIONES PRIMERAS Y RESÚMENES DE UN VERANO LECTOR

- Desorden en las prioridades y en los deseos. Pido a Salto de Página y a Tropo, pero, obviamente, por Internet no es lo mismo que en la tienda. La cosa tarda, así que me satisfago en una escapada, donde encuentro dos de Páginas de Espuma: la única editorial que sabes que vas a encontrar en casi cualquier librería. Me hago con El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma y Azul ruso, de Patricia Esteban Erlés.

- Ambos libros me hacen preguntarme cuestiones parecidas, sin que signifiquen que no valore (en algunos casos muy bien) algunos de sus relatos. Una es si los narradores en primera persona aceptan cualquier lenguaje o vocabulario. Si, al cabo, es suficiente con que se incluyan, aquí y allá, giros hacia el habla "vulgar" para hacerlos creíbles. Me pregunto si los caminos poéticos no hacen que, al final, todos los narradores en primera persona se parezcan un poco demasiado. Pero, al mismo tiempo, yo creo en que no hace falta resultar banal, y que se puede tener voz propia. Si me oyera Jordá, estaría orgulloso. ¿Acabaré tachando adjetivos? ¿O es algo más profundo?

- Llegan los libros de Salto de Página. Muchos. Demasiados, me digo de pronto. O tal vez es lo que pienso cuando avanzo en el de Jon Bilbao. Porque cuesta. Y aquí que vamos con la pregunta recurrente: los blogs que leo lo ponen por las nubes (qué pena que ya no haya críticas más equilibra das como las que había en Masacre, aunque no siempre, claro) y no sé si guiarse por las recomendaciones ayudan o lastran. Como decía otro bloguero sobre las series de televisión. Me gusta El ladrón de lencería, me gusta El hambre en los alrededores del lago, también Rata. Hay algo inquietante aquí. Luego, pienso que tal vez cueste mucho más leer un libro de relatos que una novela. Que se necesita más tiempo, incongruentemente. Y que esto no tiene nada de malo.

- Mientras lucho con el libro de Bilbao, me lanzo a la antología de Muñoz Rengel quién sabe si en busca de algo de aire. Me quedo igual, casi todo el tiempo. Hay grandes relatos, pero me molestan más los errores. Vaya. Resulta que Bilbao inquieta más sin ser fantástico. ¿Pesa demasiado la tradición?

- Entre unos y otros, tomo el de Esther García Llovet. Sorpresa. No es un libro de relatos y sí es un libro de relatos. Pero sobre todo es bueno. Una protagonista que no entendemos, pero al que se nos deja espiar en diversos momentos de su vida. Nada se explica. Todo es inevitable. Extraño. Interesante.

- Diálogo con mi amiga Cristina que me hace pensar en la memoria que tenemos de los que leímos hace tiempo. Me devuelve dos libros prestados y me comenta que le ha decepcionado el de Palma. "Demasiado barroco; no lo recordaba yo tan barroco en El vigilante de la salamandra, ¿y tú?". Buena pregunta. ¿Lo recordaba yo tan barroco? Pues no. Cristina sigue: "Es que ha ganado muchos premios, ¿sabes? Y a lo mejor ese estilo tan literario viene de lo que supone que gusta a un jurado". No comento; no respondo. En verdad, teníamos otras cosas de que hablar. Pero luego recuerdo el desprecio que le tiene Fernando Valls a este autor, y cómo su argumento se parece mucho al de Cristina: aquello del estilo literario. De nuevo, ¿cómo escribir sin tener que recurrir a esa defensa de algunos por el lenguaje vulgar o naturalista?

- Debates interminables, a cara de perro a ratos, con mi hermano, de mudanza y cambios, y de paso a Roma. No nos ponemos de acuerdo, en parte porque yo me pregunto más que me respondo, y él va y hace lo que cree que tiene que hacer. Cortos, en concreto. Cortos que le sirven de prueba y error. Ha llegado al cine sin prejuicios ni herencias. Y, sobre todo, sobre todo, no lee crítica. Leer crítica puede hacerte dudar hasta el infinito.

- Llegan los libros de Tropo; dos meses de retraso. Me lanzo al de Candeira. De veras. Algo me dice que este chico es bueno. No me equivoco. ¿Les ha pasado alguna vez? No muchas, ¿a que no? Pues Candeira no me decepciona. Cuando se muere la nevera transmite una fuerza notable en sus imágenes (ese acantilado donde se tira diversos objetos; esos escarabajos metáfora quién sabe de qué). Aunque el que me desarma es La soledad de los ventrílocuos. Qué tristeza. La Segunda Vida tal vez pudiera ser más corto, aunque igualmente me gusta. Leyendo Insectos me pregunto quién dice que ser fiel al lenguaje de un narrador personaje puede ser "fácil" o "tópico". No siempre, sin duda, como prueba Candeira.

- Me pregunto sobre cómo los argumentos se superponen y se asemejan entre varios autores que leo. No hablo de plagio, claro. Ni de préstamos u homenajes. Hablo de posibles intereses comunes. O de imágenes y narraciones que atrapan en cierto modo de gente de parecida edad. Pienso en la casa de La Segunda Vida y en la casa de Azul ruso; en cómo La Chica del UHF me recuerda un relato de Palma en El Vigilante de la Salamandra; en cuánto preocupan las relaciones hombre-mujer, hasta cuando se mete lo fantástico de por medio.

- Y de eso, lo que extraigo cuando leo a Lara Moreno. Leí menos comentarios gozosos sobre ella, lo cual me da más libertad. Hay de todo; también en extensión. También en una posibles investigación personal. Reconozco que hay relatos que me enervan. Otros, me interesan: esos en los que se habla de relaciones con un enfoque un tanto distinto, con historias que no acaban de empezar o de terminar (Lo que no es blanco, Véra y Octavio). Otros me parecen más clasificables dentro de los cuentos "usuales", aunque eso no signifique que no sean estupendos (Primer Día). Aunque tal vez lo que más me atraigan sean esos que proponen bordear la poesía, como Maneras de estar sediento, o, más equilibrado para mi gusto, mejor, Donde más te duela. Se me ocurre que Bilbao y Moreno están en esto en las antípodas: Bilbao te lo narra casi todo (a ratos es complicado saber qué es lo relevante; a veces te preguntas si no podría haberse acortado) y Moreno nos introduce en las reflexiones y disquisiciones de sus personajes. Curioso: ninguna de las dos opciones se supone que sigue el canon. O sea, ser narrativos y escuetos. Te hace pensar.


 - Me pregunto por qué Patricia Esteban Erlés ha girado tanto desde Manderley en venta hasta Azul ruso.  Me pregunto qué dirán en Tropo con eso de que se le haya ido a Páginas de Espuma, como Candeira, que sacará libro en ésta en breve.

- Sobre De mecánica y alquimia no seré duro, porque ya he visto qué te hace encontrarse halagos por todas partes sobre una obra que a tí te deja indiferente (injusto que se haga con alguien que nunca te va a leer, y, por tanto, nunca tomará represalias; injusto cuando no se hace, claro, con autores de aquí que sí te pueden leer). No están mal estos relatos, aunque son mejores cuando hay más alejamiento de posibles inspiraciones. Yo lo que echo en falta es la inquietud. Y más originalidad, quizá por eso de que sean fantásticos. Muy válidos son Te inventé y me mataste o Pasajero I/I. El sueño del monstruo se me antoja el mejor, porque justamente inquieta un tanto no saber bien qué le sucede a su narrador. Y hablando de narradores, aqui que vamos otra vez. El de Lapis philosophorum me resulta inverosímil, contradictorio en su lenguaje, y, sobre todo, uno al que "se le ven las costuras". Para insistirse en cuán tonto es, no se explica como si lo fuera. ¿O sí? Pero no se fíen de mí, porque, insisto, todo el mundo piensa que son unos relatos geniales. A veces, por razones que se me escapan en su validez, como el supuesto exotismo. En fin, se me debe escapar algo.

- Acaba el verano. Tengo que releer. No quiero ser injusto pero tampoco quiero renegar de lo que pienso. Con todo, sigo sin comprender a la crítica bloguera.  O bueno, soy un mal lector, que se equivoca en todo.

sábado, julio 10, 2010

Perturbaciones: Antología del relato fantástico actual (II)

Otra crítica que no excluye los posibles errores de Perturbaciones es ésta. Si la leen, a lo mejor les pasa como a mí: que querrían saber exactamente por qué “sí” unos relatos, y “no”, otros.

Tendré que arriesgarme. Saltemos de vuelta a la crítica de El lamento de Portnoy, y entresaquemos eso que también apuntaba Alejandro Luque en Estado Crítico. ¿Los peores relatos son aquellos que se inundan de “tradición”, pero no la “superan”? Por cierto, que sigo hallando curioso que, pese a todo, nadie señale del todo.

Veamos. Sospecho, aunque puedo equivocarme, que por eso Masacre descartaba La mujer de verde, de Cristina Fernández Cubas. Por una parte, habría que tener en cuenta que es una autora “de las mayores”: nacida en 1945. Por otro, el hecho de que lo narre un personaje no me retrotrae a los clásicos, al menos, no inmediatamente. Además, me convence esa voz, me la creo, y no es poco, cuando encuentro en muchos relatos que los personajes narradores se desbocan en impresiones demasiado intelectuales o demasiado poéticas. Puede que sea de esos cuentos “redondos” que tanto preocupan a algunos críticos. Puede.

De cualquier manera, me parece mejor que otros relatos que quizá sea de esos que molesten a El lamento de Portnoy. Por ejemplo, El espíritu del griego.

Por cierto, a medida que reviso y repaso, me da que Muñoz Rengel ha tenido un criterio extra. Puede que no sólo se trate de una revisión cronológica; puede que se haya intentado elegir relatos que traten los diferentes motivos o temas del fantástico.


Porque las referencias que tengo del autor de este último relato, Manuel Moyano, son muy buenas. ¿Será que, de nuevo, es el relato erróneo para incluir aquí?

Otro relato sobre el que se cierne la sospecha, según Masacre. El de Ángel Olgoso. ¿Es un mal relato? Vaya: no es tan sencillo.  Lo que –insisto, he de deducir- a El lamento de Portnoy puede que sea el estilo. ¿Tiene sentido escribir como hace dos siglos? Es, claro, lo mismo que esgrimen los posmodernos. Tienen razón y no tienen razón. Sí, es posible que las historias de aquí y de ahora pudieran buscar sus propias formas. Aunque, me pregunto yo, si esto del estilo no acaba por ser un debate un tanto yermo.


Pensemos en qué se hace en cine.

Pensemos en Clint Estwood. Eastwood es, en general, un director casi alabado en los salones de los críticos. Tiene dos películas justamente posmoderna, por aquello de revisar los tópicos, temas, iconos y hasta arquetipos del western: El jinete pálido y Sin perdón.

Ambas son muy estimables, aunque la primera no ejercía apenas distancia. No pretendía tanto esa revisión actualizada. ¿Importaba? Bueno, es cuestión subjetiva, claro. Yo conozco esos lugares comunes donde te dirige la acción (el supuesto predicador que se va implicando más y más; que se embarca en una primera pelea; que se enamora de una mujer que no puede tener, etc). ¿Me importa?

¿La ficción clásica es “más falsa”? Yo así lo encuentro cuando reviso One Million Dollar Baby, y no digamos esas otras películas de Eastwood que se quedan en nada.

A lo mejor, empezó, sin darse cuenta, por revisar los géneros, y ha acabado haciendo esa especie de contradicción histórica: hacer cine clásico en el siglo XXI.

¿Y entonces?

Volvamos al relato de Olgoso. Los palafitos cuenta cómo un personaje penetra, sin pistas ni señales que lo indiquen, en un tiempo alternativo, donde la Historia ha avanzado en un sentido muy distinto. ¿El estilo? Igual que el vocabulario: cuidado, sin duda, pero un tanto excesivo. Por un lado, “te saca”, cosa que, siendo un relato “clásico”, va contra sus mismos presupuestos. Por otro, retarda la acción.

¿Pero es un mal relato? Yo diría que no. Diría que hay aquí un esfuerzo, por ejemplo, por que el pescador de otro tiempo con quien se encuentra el protagonista hable un lenguaje apropiado y creíble. Si el protagonista sonara “más contemporáneo”, puede que ganara.

Además, encuentro peculiar que Los palafitos no acuda a ese giro final o a la sorpresa, más propias de esos relatos “redondos”.

Sigamos.

El relato de David Roas tiene una temática que ya nos suena (¿no era Borges el de quién sueña a quién?), aunque, sin duda, causa esa perturbación tan buscada. Tal vez lo que descoloque sea que este universo retratado no es uno “normal” donde “penetra” o “irrumpe” el elemento fantástico. Aparte, déjenme ser un poco crítico: la redacción y alguna que otra expresión merecerían una revisión.

Niños hundidos de Miguel Ángel Muñoz es de los mejores, según mi opinión. Y su relato, aparte, tiene esa ventaja de las antologías: ya me dan ganas de leer más del autor. Además de la apropiación poética de ciertas imágenes (“…la aparición de los primeros bañistas, guerreros tempranos lanceando la arena con sus sombrillas cerradas”), pienso que quizás sea el que mejor respeta la definición de fantástico que hacía Muñoz Rengel.





Hay aquí una mezcla de realismo, lugares reconocibles (un hotel, unas vacaciones) que se van convirtiendo en una historia hacia la pesadilla, sin desbocarse antes de tiempo, y sin que dejemos de sentirnos perturbados: el fondo de eso que ocurre (o no, no es obvio) es una especie de deseo tabú que tendrán muchas parejas jóvenes. Vaya. Se nos había olvidado Freud, y lo cierto es que más de él podría usarse para ese movimiento hacia la perturbación.  

El relato de Ignacio Ferrando habla del doble. De nuevo, Rengel quizás quiera temas significativos. Sea como fuera, me ha gustado. ¿Es muy redondo? No sé. No sé si bebe en exceso de Poe u otros que hayan tratado esta temática. Sé que te lleva. Que te conduce con facilidad. ¿Es éste un valor menor? ¿La narración no debería también ser capaz de subyugarte así? 

Ya digo que son preguntas que me hago; no sé las respuestas.

martes, julio 06, 2010

Perturbaciones: Antología del relato fantástico actual. ¿Cuántos fantásticos hay en España?

Cada día temo confirmarme que la supuesta libertad de la blogoesfera tal vez no acopie opiniones disonantes. Encuentro, por ahora, una única crítica negativa sobre Perturbaciones. Antología del relato fantástico actual. Si la miran bien, verán que el autor tuvo que eliminar todos los comentarios. Al parecer, hubo sangre. Ahora miren aquí; el autor de otra reseña, entre bromas, admite que no quiere pasarse con sus opiniones, no sea que haya de publicar en un futuro mediante fanzines. Es cierto; luego, él mismo se burla un tanto de tal corrección, y, finalmente, algo se moja. Cabe recordar que este crítico es, a la vez, escritor, y de relatos. Y sabe de cómo está el patio.



A todo esto, no. No encuentro que esta antología sea mala. Es sólo que siento que los “pros” parecen “necesitar” un mayor peso que los “contras” en casi todas las reseñas que leo. Entiendo otro posible motivo. El cuento posee poco mercado, y los aficionados y autores tienen justificación por la reacción un tanto apasionada.

Vamos por partes.

La antología pretende un recorrido cronológico. Esto ayuda. Cuenta con un prólogo interesante y hasta divertido del escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel. Esto también ayuda. Ahora bien, a mí se me antoja un tanto idealista, o, si se quiere, ingenuo. Por una parte, se da una defensa de cómo la tradición fantástica existe desde siempre. Hombre, sí, pero no. Como los que destacan la herencia de ciencia ficción en la literatura española, el apasionamiento puede perderte. Existe, sin duda, ese hilo en la historia de nuestros escritores, pero existen muchas menos pruebas de autores dedicados a ello con exclusividad. Y resulta un tanto contraproducente que aquí se nos escamotee un posible escritor que sí ha podido influenciar a otros practicantes del género. Hablo de Hipólito G. Navarro



Además, seamos sinceros: si varios de los autores aquí recogidos usan el género para la broma (metaliteraria o no), no sé yo hasta qué punto se toman en serio lo fantástico, o lo hacen como ejercicio de “hoy voy a escribir un cuento de estos para variar”. ¿Incluirlos no contradice la defensa a ultranza?

Por otra parte, Rengel levanta las exigencias del género fantástico un tanto demasiado, de forma que, luego, uno se decepciona leyendo ciertos relatos. De acuerdo. El fantástico debería hacernos cuestionarnos la realidad, perturbarla, introduciendo esa rareza que lo desestabiliza todo. ¿Pero esta esto en todos y cada uno de los relatos? Yo diría que no, y en esto coincido con esta reseña (es un texto pdf, y dicha reseña está en el página 14). Con aquellos mimbres tan exigentes, uno lo tiene después bastante difícil para admitir cualquier historia. Sobre todo, cuando son homenajes, o bromas metaliterarias (que no metaliteratura en sí) como las del propio Merino, la de Freixas, o la de Jambrina.

No olvido que la antología cuenta, siempre, con un problema no menor precisamente. Otras editoriales deben cederte los derechos. O los propios autores. Si pueden, lean la antología del relato contemporáneo de la editorial Cátedra. Su selección no es representativa, y, a ratos, ni siquiera interesante. Y hablamos de Cátedra. Es decir, los que realizan una antología se enfrentan a que lo que tenga valor se escurra por culpa de intereses de mercado, y se hayan de sustituir por rarezas. Curiosidades, sí, pero que se quedan un poco en los márgenes del mundillo editorial. Si no, no se entiende el relato elegido de José María Merino. Este autor tiene muchos, muchos relatos mejores, más interesantes, y, sobre todo, más afines a lo que define el fantástico; siempre en las mismas palabras del que ha preparado la antología.

De los microrelatos, no hablaré en demasía, porque me sigo preguntando si este género me convence. Pero oigan, seguramente soy yo, y que me pueden mis conservadurismos. Y que me perdone Fernando Valls, que no vean cómo se pone. Para equilibrar, diré que los microrelatos de Iwasaki sorprenden, con alguno que es un puñetazo doloroso y de tristeza (No hay que hablar con extraños). Y que los de Miguel Ángel Zapata son simpáticos, y, alguno, algo aterrador (Intrusión). Los de Juan Pedro Aparicio no estoy seguro de qué son, pero tiendo a opinar que no son fantásticos. Tal vez sean filosóficos y hasta teológicos.

El Juicio Final de Cristina Peri Rossi utiliza el humor, aunque a mí me funciona más en el caso de Félix J. Palma, con su Venco a la Molinera. Cuando tuve la ocasión de leer aquél, su primer libro de relatos, ya me pareció el mejor. Pasa el tiempo, y aún muchos autores lo consideran una especie de obra maestra. No importa si llega a tanto. Es divertido, y esa simple intrusión de un único elemento que desbarata el universo habla de una forma distinta de asumir a Cortázar. Con una cierta distancia, y con menor trascendencia. Y esto suele abundar en Palma, como prueba su último libro de relatos.

Ahora bien, el humor no siempre es compañero de un verdadero cuestionamiento de la realidad.

“Su narrativa, que participa de un singular feminismo sadiano, ahonda en la locura, la muerte, el sadomasoquismo y en lo fantástico siniestro: muertos que retorna a la vida, demonios, encantamientos. No obstante, hemos sido benevolentes, y el relato que hemos seleccionado para ustedes nos ofrece una posibilidad de vida después de la muerte, menos cruenta…”

Esto dice Rengel, del relato de Pilar Pedraza. Entonces, vienen las preguntas: ¿es este relato, pues, significativo de su estilo o sus intereses temáticos, o una excepción? El relato no pasa de lo anecdótico: una historia narrada en primera persona, en la que se crea, así, una voz de personaje no resulta demasiado original. Y si todo el tono es humorístico, ¿dónde está la perturbación? ¿Nos perturbamos si no se perturba, sufre, se cuestiona, se pregunta, actúa o reacciona, un personaje? Al menos, el giro final del relato de Peri Rossi nos abría una posibilidad curiosa.

El relato de Julia Otxoa es de esos que te deja a cuadros, perdonen mi vulgaridad. En vez de narrarse un material literario, se cuenta. Pero se cuenta, casi sin desarrollo, sin atmósfera, sin personajes. O sea, no.

La obsesión de la alimaña de Elia Barceló. Barceló es casi el único referente en el terreno de la ciencia ficción (al menos que yo conozca). Sospecho que habría relatos mejores. Éste se desplaza hacia un contraste entre la vida de un monje de tiempos medievales y la de una chica en el mundo actual. Coincidimos con esta reseña: los diálogos son imposibles. ¿La historia? Tampoco sé si va mucho más allá del humor.

Final absurdo, de Laura Freixas. Leo por ahí que a algún lector le ha llamado la atención. Si se refiere a una supuesta originalidad del planteamiento, mal vamos. Esto es un homenaje a Niebla, de Unamuno. Y punto pelota.

Ahora me pregunto: ¿será que se han incluido relatos que desmerecen el conjunto por esa política “correcta” de que haya mujeres? Porque se me ocurren muchas otras autoras, que algún relato tendrían que ofrecer. Espido Freire y Care Santos, me viene a la cabeza.

Una sorpresa es Otra vez la noche, de Ignacio Martínez de Pisón. Porque parece que en sus comienzos, le atrajo esa deriva fantástica, y porque es bueno. Porque la inquietud va creciendo muy poco a poco, con ese paralelismo nada obvio (tanto, que se podría discutir en un buen debate entre lectores) entre lo que le sucede a su protagonista en sus relaciones (qué rotunda se nos antoja la estupidez de los hombres desde su mirada) y esa apertura al mundo extraño de lo que sucede en su habitación.

Y ya seguiremos analizando otro día.

domingo, junio 20, 2010

FICCIÓN Y REALIDAD: Un apunte

Ahora que, en la 1 de TVE, emiten Memorias de una geisha, recuerdo las críticas que se le hicieron, por ese sinsentido de la utilización de actrices chinas para representar personajes japoneses. Hace poco, Tom Cruise, en una entrevista por aquí, por Sevilla, respondía a un periodista: ¿por qué han incluido toros y un encierro en las calles de esta ciudad, para la película Knight and Day? Cruise, riendo, y con esa sonrisa que tanto le funciona, contestaba: "Sólo es una película; no un documental".

Tampoco Guillermo del Toro fue fiel a "la realidad" cuando usó los uniformes equivocados en El laberinto del fauno. ¿Será, pues, la obsesión por la realidad una cuestión patria? 

En España, muchos guiones se juzgan por la labor de documentación del guionista. No me extraña que, así, The Wire produzca esa especie de sentimiento reverencial. Creo que es una forma añadida de que cuantifiquemos "objetivamente" nuestro trabajo. Parece que de este modo es más fácil defender lo que nos paguen, ya que la creatividad o el trabajo con personajes, estructura y trama siguen siendo conceptos abstractos para la mayoría de productores. 

O será la herencia realista. Porque, aunque leo con una sonrisa esa pasión que pone Juan Jacinto Muñoz Rengel sobre la otra tradición literaria española -la fantástica-, y cómo está adquiriendo relevancia, me temo que no deja de ser eso; la hermana pobre. La descastada.  Cierto es que las antologías prueban, cada vez más, que hasta los grandes tentaron los argumentos fantásticos (el propio Galdós). Pero no han tenido una continuación constante. O sea, que hasta el propio término "tradición" quizás sea excesivo. 

¿Félix J. Palma, Ángel Olgoso, Patricia Esteban Erlés, Matías Candeira, Hipólito G. Navarro (todos, qué curioso, cuentistas más que novelistas) prosiguen con la estela de esa tradición, o acuden a otros modelos? ¿Dónde está la herencia del Gonzalo Torrente Ballester "fantástico" o de Juan Perucho? No aparece, me da la sensación. El que escribe ficción fuera del canon realista me temo que aún se sale de la consideración de los críticos. 

Esperemos que estos cuentistas y los posmodernos, con sus excesos incluso, acaben dinamitando esta percepción.