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sábado, septiembre 11, 2010

FRAGMENTOS INTERESANTES: FÉLIX J. PALMA/EL MENOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO



"¿Cuanto tiempo puede esperar una niña de dos años y medio en el sitio del que su padre le ha dicho que jamás debe moverse? La imaginé asistiendo inmóvil a la llegada de la noche, y al nacimiento de un nuevo día, y al suceder de las estaciones. La imaginé creciendo en aquellas escaleras, recibiendo la menstruación, enamorándose del mendigo de la plaza, mientras aferraba con fuerza el muñequito de plastilina, lo único que permanecía inalterable, la única prueba que tenía de que todavía era una niña cuyo padre se retrasaba más de lo normal."

Una palabra tuyaFélix J. Palma. El menor espectáculo del mundo. Páginas de Espuma, 2010.

martes, julio 06, 2010

Perturbaciones: Antología del relato fantástico actual. ¿Cuántos fantásticos hay en España?

Cada día temo confirmarme que la supuesta libertad de la blogoesfera tal vez no acopie opiniones disonantes. Encuentro, por ahora, una única crítica negativa sobre Perturbaciones. Antología del relato fantástico actual. Si la miran bien, verán que el autor tuvo que eliminar todos los comentarios. Al parecer, hubo sangre. Ahora miren aquí; el autor de otra reseña, entre bromas, admite que no quiere pasarse con sus opiniones, no sea que haya de publicar en un futuro mediante fanzines. Es cierto; luego, él mismo se burla un tanto de tal corrección, y, finalmente, algo se moja. Cabe recordar que este crítico es, a la vez, escritor, y de relatos. Y sabe de cómo está el patio.



A todo esto, no. No encuentro que esta antología sea mala. Es sólo que siento que los “pros” parecen “necesitar” un mayor peso que los “contras” en casi todas las reseñas que leo. Entiendo otro posible motivo. El cuento posee poco mercado, y los aficionados y autores tienen justificación por la reacción un tanto apasionada.

Vamos por partes.

La antología pretende un recorrido cronológico. Esto ayuda. Cuenta con un prólogo interesante y hasta divertido del escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel. Esto también ayuda. Ahora bien, a mí se me antoja un tanto idealista, o, si se quiere, ingenuo. Por una parte, se da una defensa de cómo la tradición fantástica existe desde siempre. Hombre, sí, pero no. Como los que destacan la herencia de ciencia ficción en la literatura española, el apasionamiento puede perderte. Existe, sin duda, ese hilo en la historia de nuestros escritores, pero existen muchas menos pruebas de autores dedicados a ello con exclusividad. Y resulta un tanto contraproducente que aquí se nos escamotee un posible escritor que sí ha podido influenciar a otros practicantes del género. Hablo de Hipólito G. Navarro



Además, seamos sinceros: si varios de los autores aquí recogidos usan el género para la broma (metaliteraria o no), no sé yo hasta qué punto se toman en serio lo fantástico, o lo hacen como ejercicio de “hoy voy a escribir un cuento de estos para variar”. ¿Incluirlos no contradice la defensa a ultranza?

Por otra parte, Rengel levanta las exigencias del género fantástico un tanto demasiado, de forma que, luego, uno se decepciona leyendo ciertos relatos. De acuerdo. El fantástico debería hacernos cuestionarnos la realidad, perturbarla, introduciendo esa rareza que lo desestabiliza todo. ¿Pero esta esto en todos y cada uno de los relatos? Yo diría que no, y en esto coincido con esta reseña (es un texto pdf, y dicha reseña está en el página 14). Con aquellos mimbres tan exigentes, uno lo tiene después bastante difícil para admitir cualquier historia. Sobre todo, cuando son homenajes, o bromas metaliterarias (que no metaliteratura en sí) como las del propio Merino, la de Freixas, o la de Jambrina.

No olvido que la antología cuenta, siempre, con un problema no menor precisamente. Otras editoriales deben cederte los derechos. O los propios autores. Si pueden, lean la antología del relato contemporáneo de la editorial Cátedra. Su selección no es representativa, y, a ratos, ni siquiera interesante. Y hablamos de Cátedra. Es decir, los que realizan una antología se enfrentan a que lo que tenga valor se escurra por culpa de intereses de mercado, y se hayan de sustituir por rarezas. Curiosidades, sí, pero que se quedan un poco en los márgenes del mundillo editorial. Si no, no se entiende el relato elegido de José María Merino. Este autor tiene muchos, muchos relatos mejores, más interesantes, y, sobre todo, más afines a lo que define el fantástico; siempre en las mismas palabras del que ha preparado la antología.

De los microrelatos, no hablaré en demasía, porque me sigo preguntando si este género me convence. Pero oigan, seguramente soy yo, y que me pueden mis conservadurismos. Y que me perdone Fernando Valls, que no vean cómo se pone. Para equilibrar, diré que los microrelatos de Iwasaki sorprenden, con alguno que es un puñetazo doloroso y de tristeza (No hay que hablar con extraños). Y que los de Miguel Ángel Zapata son simpáticos, y, alguno, algo aterrador (Intrusión). Los de Juan Pedro Aparicio no estoy seguro de qué son, pero tiendo a opinar que no son fantásticos. Tal vez sean filosóficos y hasta teológicos.

El Juicio Final de Cristina Peri Rossi utiliza el humor, aunque a mí me funciona más en el caso de Félix J. Palma, con su Venco a la Molinera. Cuando tuve la ocasión de leer aquél, su primer libro de relatos, ya me pareció el mejor. Pasa el tiempo, y aún muchos autores lo consideran una especie de obra maestra. No importa si llega a tanto. Es divertido, y esa simple intrusión de un único elemento que desbarata el universo habla de una forma distinta de asumir a Cortázar. Con una cierta distancia, y con menor trascendencia. Y esto suele abundar en Palma, como prueba su último libro de relatos.

Ahora bien, el humor no siempre es compañero de un verdadero cuestionamiento de la realidad.

“Su narrativa, que participa de un singular feminismo sadiano, ahonda en la locura, la muerte, el sadomasoquismo y en lo fantástico siniestro: muertos que retorna a la vida, demonios, encantamientos. No obstante, hemos sido benevolentes, y el relato que hemos seleccionado para ustedes nos ofrece una posibilidad de vida después de la muerte, menos cruenta…”

Esto dice Rengel, del relato de Pilar Pedraza. Entonces, vienen las preguntas: ¿es este relato, pues, significativo de su estilo o sus intereses temáticos, o una excepción? El relato no pasa de lo anecdótico: una historia narrada en primera persona, en la que se crea, así, una voz de personaje no resulta demasiado original. Y si todo el tono es humorístico, ¿dónde está la perturbación? ¿Nos perturbamos si no se perturba, sufre, se cuestiona, se pregunta, actúa o reacciona, un personaje? Al menos, el giro final del relato de Peri Rossi nos abría una posibilidad curiosa.

El relato de Julia Otxoa es de esos que te deja a cuadros, perdonen mi vulgaridad. En vez de narrarse un material literario, se cuenta. Pero se cuenta, casi sin desarrollo, sin atmósfera, sin personajes. O sea, no.

La obsesión de la alimaña de Elia Barceló. Barceló es casi el único referente en el terreno de la ciencia ficción (al menos que yo conozca). Sospecho que habría relatos mejores. Éste se desplaza hacia un contraste entre la vida de un monje de tiempos medievales y la de una chica en el mundo actual. Coincidimos con esta reseña: los diálogos son imposibles. ¿La historia? Tampoco sé si va mucho más allá del humor.

Final absurdo, de Laura Freixas. Leo por ahí que a algún lector le ha llamado la atención. Si se refiere a una supuesta originalidad del planteamiento, mal vamos. Esto es un homenaje a Niebla, de Unamuno. Y punto pelota.

Ahora me pregunto: ¿será que se han incluido relatos que desmerecen el conjunto por esa política “correcta” de que haya mujeres? Porque se me ocurren muchas otras autoras, que algún relato tendrían que ofrecer. Espido Freire y Care Santos, me viene a la cabeza.

Una sorpresa es Otra vez la noche, de Ignacio Martínez de Pisón. Porque parece que en sus comienzos, le atrajo esa deriva fantástica, y porque es bueno. Porque la inquietud va creciendo muy poco a poco, con ese paralelismo nada obvio (tanto, que se podría discutir en un buen debate entre lectores) entre lo que le sucede a su protagonista en sus relaciones (qué rotunda se nos antoja la estupidez de los hombres desde su mirada) y esa apertura al mundo extraño de lo que sucede en su habitación.

Y ya seguiremos analizando otro día.

miércoles, mayo 05, 2010

FRAGMENTOS INTERESANTES: HORACIO QUIROGA




“Frente al rancho de don Juan Brown, en Misiones, se levanta un árbol de gran diámetro y ramas retorcidas, que presta a aquél frondísimo amparo. Bajo este árbol murió, mientras esperaba el día para irse a su casa, Santiago Rivet, en circunstancias bastante singulares para que merezcan ser contadas.

Misiones, colocada a la vera de un bosque que comienza allí y termina en el Amazonas, guarece a una serie de tipos a quienes podría lógicamente imputarse cualquier cosa, menos el ser aburridos. La vida más desprovista de interés al norte de Posadas, encierra dos o tres pequeñas epopeyas de trabajo o de carácter, si no de sangre. Pues bien, se comprende que no son tímidos gatitos de civilización los tipos que del primer chapuzón o en el reflujo final de sus vidas, han ido a encallar allá.”

Tacuara-Mansión. Horacio Quiroga. 1920. En Cuentos. Edición de Leonor Fleming. Cátedra.

Todo un principio, ¿no? Lo sé, lo sé. Hay mucho mito con que la narrativa literaria necesite empezar "agarrándote por el cuello" (Andrés Ibañez lo probaba con los comienzos de grandes obras; muchos son bastante poco "guionescos"). Pero es un modo de hacer; y ciertamente puede ser efectivo.

Tengo mis "peros" acerca de Horacio Quiroga, aunque algunos de sus relatos de veras te trasladan a un mundo increíble, pero cierto: los parajes del Chaco y la provincia de Misiones.

domingo, mayo 02, 2010

EL CUENTO O EL CONTEXTO. Cuentos 2. E.T.A Hoffman (Primera parte)

La colección de cuentos de Hoffmann indica que lo fantástico y lo tenebroso ya lo iban admirando o temiendo esos señores del XIX, los Románticos. No todos están conseguidos, pero todos son un tanto inquietantes, un poco extraños, y llenos de un terror "diferente".


En cierto momento, por temas profesionales, me tocó la revisión de una biografía: Frasquita Larrea, una gaditana, reaccionaria y, a la vez, traductora de una anticipada feminista. El guión era para un documental, que requería otros subtemas, y, por tiempo y espacio, no resultaba el lugar para una reflexión sobre ese movimiento estético o artístico.

Entonces, coincidió que compré una colección de relatos de E.T.A Hoffmann. El fantástico, que me atrae, y más si encuentro que ya era algo considerado lo menos hace dos siglos. Me dejó impresionado, extrañado, y haciéndome preguntas. Supongo que eso ya merece la pena.

El Romanticismo trajo la preocupación por las emociones menos explicables o mesurables, y, con el giro de Hoffmann, o los anhelos relacionados con la muerte, se creaban los miedos del momento.

La pregunta que me hago es: ¿la Ilustración nunca tuvo miedos propios? Así no me extraña que idealicemos aquel momento de Europa. Demonios, si pudiéramos ser todos como Humboldt. A la vez, mi impresión es que la literatura no dio precisamente grandes zancadas con los escritores ilustrados, y sí con los románticos.

En cuanto a si aquí encontramos confirmación de que el relato, como género, tiene de veras un esquema claro, pues… Sí y no. Más bien concluye uno que lo de las normas es un invento reciente. Vamos, que no sé yo si pondrán algún texto de este autor en los talleres correspondientes. Bueno, a lo mejor importa muy poco.

Hay preocupación por el giro final, y retardo intencionado de la información en Bárbara Roloffin; hay una pauta similar a la estructura de las cajas chinas, pero también ciertos sembrados en El huésped siniestro; hay un uso de los espacios a niveles metafóricos (no en el terreno medioambiental sólo, como sería propio de esta estética) en Datura Fastuosa, El Bello Estramonio.

Pero lo que cuenta son esas historias alucinadas, extrañas, y hasta difíciles de asimilar.

¿En contra? Que hay que sobrepasar los tópicos, eso que viene con la época. Como toda la lectura de palabras escritas hace tiempo, a ratos tiene uno que luchar contra el reconocimiento de justo eso que definía el contexto literario de la época. También uno encontrará algo de inverosimilitud en ciertos momentos:

“Pero si alguien le daba la mano, de un salto se alzaba como a dos metros del suelo, yendo a parar algunas veces doce pasos más allá de su lugar de partida. Esto admiraba no poco a la gente, pero el extranjero se disculpaba diciendo que en otro tiempo, cuando no era cojo, había sido maestro de danza del rey de Hungría”

Esto ocurre a veces con las reacciones de los personajes: lloran, gritan… Un poco exaltado, todo. 


Si nos ponemos estupendos, tal vez el relato más redondo es Bárbara Roloffin. Al menos, en cuestión de crear expectativas, o de “engañarlas”. ¿Quién es ese demonio que llega a Berlín y produce el nacimiento de un ser monstruoso?

De acuerdo, ya no es original el simbolismo de que el protagonista sufra un defecto físico; pero, al cabo, funciona como sembrado de la conclusión. Tampoco se expresan dobleces en el sentido religioso de la presencia demoníaca. En contraposición, el mismo título sirve para despiste del lector, y uno no prevee tan fácilmente el desenlace.

Esa técnica del título bien elegido, para participar en el sentido del relato, es difícil de encontrar (al menos, en los que yo leo; hace mucho lo hallé en Las memorias de Madame Quiñonez, un relato de Fernando Iwasaki, en la colección Helarte de Amar, Cuentos de Ciencia-Fricción; ahí, sin el título, el cuento no posee sentido final).

El caso es que, cuando Hoffmann quizá sea más Hoffmann, la cosa se complica.

El huésped siniestro (Der unheimliche Gast) es un relato largo, y complicado, donde uno no sabe bien qué es lo esencial. Casi tienen más atractivo las disquisiciones de la reunión de amigos (algo común en el autor, me pregunto si en todos los románticos; pienso en Shelley y aquella reunión a la orilla del Lago Léman). Ahí, y no tanto en lo narrativo, se ofrecen datos claros sobre esa fascinación, morbosa, al cabo, por el mundo de los sueños, sobre todo de las pesadillas.

“... nadie permanece en aquella agradable y pavorosa ensoñación que se produce al primer contacto. A continuación le sobrecogen miedos mortales, un terror que pone los pelos de punta, pues, al parecer, aquella primera sensación agradable es el atractivo de que se vale el siniestro mundo fantasmagórico”.

Parece que hablara del efecto del género de terror. Más adelante, lo confirma aún más, cuando habla de la satisfacción que produce “el despertar”. Al igual que cuando asistimos a una película de miedo, lo que nos gusta es la seguridad de que cuando termine, saldremos al mundo calmo y sin monstruos.

Luego, la misma historia hablará de los sueños como señales de advertencia sobre ese “rapto” psicológico al que someten a la protagonista. Creo recordar que Freud analizó más de un relato de Hoffmann.

Una pista de que estos relatos no son sencillos es este mismo de El huésped siniestro. En estos relatos (y en Cuentos 1, que ya veremos otro día) es común encontrar un presente donde unos personajes hablen, luego se refieran a alguna anécdota (o sea, historias dentro de historias). Tan sólo el paso de la voz de un personaje a otro, y los saltos temporales ya señala una narrativa compleja.

Dos problemas. Me resulta cargante esa polarización entre el bien y el mal, donde el amor, al final, lo puede todo. Y molesta un tanto ese discurso nacionalista (¿alemán, centroeuropeo?) donde las otras latitudes poseen un rasgo de “sospechoso” o “taimado” o “pecaminoso” (los dos españoles que aparecen en Datura Fastuosa, El Bello Estramonio).

Me recuerda a esa obsesión que mostraba Henry James. Esa percepción suya de que el pasado europeo era tan inabarcable (para un americano) que debía acompañarle una inteligencia o saber, si no malvado, sí perverso respecto a la sencillez del nuevo país.

Eso sí, cuando Hoffmann se dedica menos a la caracterización de personajes (será que había que esperar unas décadas, para esta opción de la narrativa) y más la traslación de esos temores profundos, la historia gana enteros.

La misma aparición repentina del malvado de turno vale de ejemplo.

“Y en el momento en que Moritz, el narrador, decía estas palabras, se abrió la puerta de la sala donde estaban con un estrépito terrible”.

Es efectiva porque hace de paso entre el pasado y el presente (o esa facción del mismo desde donde, a partir de ahora, se centrará la acción). También es, siendo ecuánimes, ingenua. Un poco demasiada casualidad, que coincida que una historia que cuentan los amigos, y con un punto clave (que queda suspendido “en alto”), luego, se conecte y explicque dicho carácter de personaje maléfico.

Sin embargo, no deja de ser otro sembrado, eso sí, a niveles subconscientes. Incluso pudiera verse como origen de una dosis de suspense: ¿será este ser tan peligroso como aparenta, por esa coincidencia en su aparición durante el relato, temible, del grupo de amigos?

Era, en aquella época, el tema del hipnotismo, entre otros, motivo de interés, como ahora lo son las psicofonías y diversas opciones paranormales. La pregunta es si ésta era la mejor forma de plasmar en negro sobre blanco ese miedo íntimo a quedar bajo control ajeno.

Digo yo que puede que, para vivirlos como propios, se requiere una mayor identificación con los personajes que sufren esta situación. Se me ocurre, a salto de memoria, que Lovercraft tenía sus personales (y racistas) obsesiones, y, sin embargo, el uso de la primera persona, y sus propios miedos, transmitían mucho mejor esa sensación de lo ominoso.

¿Será que a Hoffmann esos temores le interesan de modo más intelectual, y por eso lo plantea sobre seres ajenos (también, por su retrato, al lector)?

En cambio, Afortunado en el juego (Spielerglück) cuenta de modo más eficiente la historia de un jugador, ocasional, primero, empedernido después. Y ello, a pesar de su usual forma: un personaje del pasado viene a explicarle a un personaje del presente (mediante otra historia) su error, y así, su moraleja. Con todo se soporta bien este esquema típico (que, por otro lado, es probable que en el momento de escribirse no fuera tan típico).

Seguiremos analizando...

sábado, diciembre 02, 2006

CUENTOS DE TOLSTOI: Iván el imbécil y otros cuentos folklóricos


Me propongo el acceso a un grande de la literatura. La biblioteca paterna lleva años causando culpabilidad literaria, así que me arremango y tomo un lomo de apellido ruso: Tolstoi. Eso sí, por prescripción facultativa, comienzo por los relatos. Entonces, leo y me sorprendo. En esta edición, antigua, la mayoría son relatos de corte popular.


Empiezo con Iván el imbécil. El propio título orienta sobre algo que descubro. El autor dedicó parte de su obra (en esta recopilación son los que más abundan) a darle su peculiar giro a esos cuentos folklóricos. Este imbécil podría bien ser uno de los personajes que pueblan los cuentos de los hermanos Grimm, en aquel tipo de cuentos denominado "Seres idiotas".

Pero Tolstoi pretende diferentes objetivos, por lo que, pese a respetarse ciertos elementos, la moral, la moraleja o la moralina (depende del grado de calidad del cuento) que transmite es bastante diferente.

Por ejemplo, el retrato de un ser de supuesta tara mental no se traslada al terreno humorístico.

No se persigue esa connivencia con el lector, para que se ría del protagonista, y sus barrabasadas.

Esta peculiaridad se manifiesta en ciertos relatos de Cuentos de los Hermanos Grimm (Cátedra, 1999), aunque, claro, los pobres hermanos alemanes no tienen culpa de que las narraciones que recopilaran contuvieran esta crueldad. Por cierto, el propio recuento de ejemplos de esta clase de historias indican sospechosas traducciones. El Cateto es, en verdad, El Pequeño campesino (Das Bürle) o El Granjero. Elsa, la juiciosa es la muy libre interpretación del cuento Die kulge Else, que suele traducirse por Elsa, la lista. Y El Talento de algunos es, nada menos, que Die klugen Leute, que se traduce como La gente inteligente.

Fíase usted de las traducciones.

Pero volvamos a Tolstoi y su idiota. En el relato, su imbécil se vuelve un personaje más complejo que el estereotipo sobre el que burlarse. No se acerca, claro, a una figura redonda y con matices, pero, aún en el terreno del arquetipo, sus actuaciones se juzgan de otra manera.

Y todo esto colabora a que la historia posea cierta entidad propia, y no se precipite con descaro hacia la moraleja.

El número tres, ese común denominador de los cuentos populares, se repite aquí, además en su usual aplicación a los hermanos de una familia (siendo el que hace el tercero el elemento de la diferencia). Se recae también en un desliz propio de los cuentos (de Grimm, pero seguro que de otros recopiladores): la pincelada machista para la esposa del padre, con su característica de despilfarradora.

En el principio, la denominación de dichos hermanos influye para que nos atengamos a un relativo matiz fantástico, además de esa forma directa de presentación de personajes.

Pronto entendemos que la imbecilidad de Iván no tiene rasgos de enfermedad. Tampoco, y sobre todo, de esa torpeza e incultura que pueblan los relatos burlescos en torno a estos protagonistas. No: Iván es imbécil porque es ingenuo.

Porque no se rebela, porque acepta las injusticias de sus hermanos.

De esta forma, el lector ya no tiene tan fácil la superioridad respecto a él. Casi, por el contrario, suscita curiosidad, en primera instancia, y hasta identificación.

Entonces, participa en la historia el diablo, otro elemento repetido en los relatos folklóricos. Organizan un plan, que se nos desglosa, a modo simple de anticipación narrativa, también presente en algunas de estas narraciones populares.

Así el lector continúa la lectura, ávido de conocer si el plan funciona o no: si "el mal" engañará o no al atípico héroe.

Tolstoi separa, con un capítulo, la respuesta de Iván a los tejemanejes del diablillo adjudicado para su perdición. Aquí se introduce una variación más: el imbécil es ingenuo, pero esa ingenuidad le hacen trabajador y testarudo en el buen sentido. Su insistencia en la continuación de sus tareas provoca una recompensa. Cuando topa con los diablillos que intenta su perdición, se prepara para matarlo (un detalle interesante; contra el mal, el mal está justificado), éste le ofrece, cómo no, un deseo (si bien no explicitado bajo ese nombre). Es usual que la bondad tenga contrapartidas, pero aquí la bondad es producto de esa supuesta estupidez.

Tolstoi aboga por el trabajo que se vive sin queja ni tristeza.

Así, a diferencia de los cuentos de Grimm, al diablo no se le vence con esa astucia en gradación (si el demonio es listo, más listo ha de ser el hombre que lo enfrente, como se detecta en La sepultura o El campesino y el Diablo, en la recopilación de los Grimm) sino con tozudez ingenua (o no tanto).

El resto de diablillos intentarán sus respectivos ardides, siempre con el mismo resultado: la victoria no consciente ni planeada de Iván, y la recompensa en forma de deseo. Aquí se utiliza la repetición, de diálogos, y situación, en ese número tres.

Aparte de estos detalles, o el uso del lenguaje coloquial ("busca que te busca a sus compañeros, y no encuentra a nadie", aunque, de nuevo, crucemos los dedos ante la traducción), se cuela un estilo que denota que estamos en una evolución más trabajada de estos cuentos.

"De su cuerpo brotaba un vaho semejante a una niebla en un bosque" como forma de referirse al sudor sería, como mínimo, un paso más en las escasas y escuetas aperturas a lo metafórico en los cuentos de Grimm.

A partir de aquí, la trama se complica. Su misma longitud aporta más pistas de que las ambiciones narrativas del autor son mayores.

Pero vaya, lo importante es que uno lee con interés, porque lo que sucede altera las posibles expectativas.

Los motivos (simples) de Iván mueven a inesperados giros. No hace uso de sus dones para sí, sino que los comparte con todos, incluidos sus hermanos. Es decir, ni siquiera ellos obtienen el castigo congruente con este tipo de historias, sino que la ayuda de Iván les consigue riquezas. En cambio, él alcanza una posición desahogada por un azar, y, en particular, por un acto de bondad libre de toda conveniencia.

O sea Iván continúa desarmando a sus familiares por su ingenuidad, pero ésta le resulta, al cabo, provechosa.

Cabe la ironía en el narrador cuando explica que con un zar de estas actitudes:

"todas las gentes sensatas abandonaron el reino de Iván, y sólo quedaron en él los imbéciles. Nadie tenía dinero, se vivía trabajando y de este modo se proveía al sustento propio y de los demás".

Tolstoi aboga por un comunismo primitivo.

En cuanto al humor, hasta ahora hemos visto lo causado por las reacciones de Iván, siempre sorpresivas (inclusive las de la mujer, que se supone también es imbécil). Ahora surge la diversión cuando el demonio principal, a la vista del fracaso de sus lacayos, orquesta en persona varias argucias para el sometimiento del imbécil.

Por supuesto, los otros hermanos caen en sus trampas (por cierto que hay elementos fantásticos cercanos a la ciencia-ficción por lo anticipado de los artilugios usados en una batalla), pero al cándido Iván nada le vence.

Para colmo, el diablo se estampa contra esa filosofía de vida, ya contagiada a todos los habitantes del reino (todos también aparentes imbéciles). Nadie desea dinero, nadie se enrola como soldado. Y tampoco temen a la muerte, porque su zar Iván parece poco dado a intervenciones, ni drásticas pero tampoco ínfimas.

El reino se gobierna en comuna.

Sin embargo, esta ideología trasciende cualquier lógica (moderna), ya que tampoco se defienden cuando son asolados por soldados de otro reino.

"Ni aún así se defendía los imbéciles, que no hacían más que
llorar: lloraban los viejos, lloraban las viejas, lloraban los niños."

Tolstoi provoca la reflexión, y perpetúa la identificación. Además de buenos (quién cree ya que son de veras imbéciles), estos tipos son víctimas.

Tentados una y otra vez por la guerra y el oro, pero incapaces de dejarse convencer. El tinte religioso se trasluce en cómo los imbéciles alimentan a los que piden si lo piden "por el amor de Dios". Si no, si no existe necesidad en el que solicita ayuda, se le contesta que debe trabajarlo.

El clímax del relato es el último intento del demonio, que emula un tercer aspecto social que Tolstoi pretende socavar.

Se sube a un pilar, y predica. Vale tanto para los religiosos como para los intelectuales. El caso es que nadie atienda, ignoran el propósito de tanta palabrería, y renuncian a esa ilustración que prometía el diablo.

"Vosotros no me dais de comer porque no tengo las manos callosas,
y no sabéis que es cien veces más fatigoso trabajar con la cabeza,
tanto, que algunas veces ocurre que la cabeza estalla.

-¿Por qué entonces te das tan mal rato? No es bueno que
la cabeza estalle."
 
Tolstoi cree en aquel salvaje bueno de Rousseau. La cultura no salva a nadie.

El diablo deserta, confuso ante esa perspectiva diferencial, esa mirada "extrañada" de contemplar el mundo. Esa misma que juzga que se trabaja con la cabeza cuando el diablo golpea con ella una piedra.

Quizá las inusuales 30 páginas para un cuento faciliten que Tolstoi supere el esquema moralista. Porque me parecen menos interesantes el resto de cuentos en ese cariz más o menos fantasioso y popular.


El rey de Asiria, Asarkadón incluye una ambientación exótica, donde la fantasía persiste, aunque con elementos mágicos menos exagerados, y, me parece, más alejados de la imaginería popular rusa. Como curiosidad, es una vuelta de tuerca al tema del doble, siempre en la dirección interesada del autor. El rey victorioso se transforma (aunque en un innominado sueño, que apoya el realismo) en su prisionero, aunque también en un burro. Sólo con esta transferencia, un anciano (arquetipo de la sabiduría) le explica lo mísero de su comportamiento. Cuando Tolstoi narra los sentires del personaje en sus diferentes cuerpos, el relato trasciende; cuando se empeña en la exposición obvia del mensaje, se recae en ese estilo a lo Paulo Coelho, y el libro de autoayuda.

"La vida es una en todo, y tú no manifiestas en ti sino una parte de esta vida única; y es solamente en esta única parte de la vida en ti, en lo que tú puedes mejorar, aumentar o disminuir la vida".

Llamativo, por lo que contiene de filosofía oriental, pero poco más. El relato podía haber concluido cuando el anciano preguntaba a Asarkadón si comprendía.

El resto de los que se acercan a la brevedad común entre los cuentos populares disponen en general una moralina muy obvia. Digo yo que será el eterno problema de metas bienintencionadas y poca literatura.

Digo yo que a lo mejor se me escapan matices, y soy injusto con el maestro.

El manantial encubre poco y mal el aprendizaje, por boca de un personaje que casi la deletrea. Cambises y Psametico parte de la clasificación de "historia verdadera", que así refrenda otra defensa de la piedad. Una exageración es el otro recurso principal: al rey no le conmueve el aciago destino de amigos y familiares pero sí el de un mendigo

Tres preguntas acude al esquema del rey que ofrece un premio por un encargo, aunque es él quien viaja en su busca, de nuevo con un sabio anciano que le enseña las "grandes verdades". Tolstoi recurre a las estructuras donde antes de desenvolvía una moral antigua, para el apunte de sus propias convicciones. Tal vez creyó que el ciudadano de a pie asumiría mejor las enseñanzas de este modo.

El trabajo, la muerte y la enfermedad sería un cuento del tipo "el porqué de las cosas", pero sustituye la inventiva (un tanto rebuscada) de la fantasía de los recopilados por los Grimm (dentro de los denominados "Cuentos de los Porqués", se me ocurre El hombrecillo rejuvenecido y Los animales de Dios y los animales del Diablo, siempre según los títulos de la traductora de Cátedra) por una explicación que refuerce el mensaje.

Las excepciones pudieran ser El Mujik y el espíritu de las aguas, admisible por su brevedad, y El zar y la camisa, donde se da un caso de giro final, cualidad narrativa que exige una revisión activa del texto (coherencia interna), al tiempo que desprende sólo entonces la posible enseñanza.

En cuanto a Los dos hermanos, reporta una conclusión más ambigua, que no cierra conclusiones para el lector. Puede que en el número dos se halle la clave, y que estos dos personajes signifiquen esa dualidad del ser humano, la cautela y la temeridad, ninguna refutada del todo por el cuento.

En lo que se refiere al género realista, no es buen ejemplo Una vida en el campo, o tal vez se erija como muestra de lo que no debe hacerse: la descripción es vivida, pero parcial, habla el autor no narrador alguno, y apenas se narra nada. Hallamos hasta una "hipérbole social":

"[...] trabajo tan rudo que no se puede formar exacta idea de él quien
no lo haya hecho por sí mismo, siquiera haya oído hablar de él o lo
haya visto".

El colofón lo presenta una serie de citas bíblicas que retratan al Tolstoi creyente y humanista, pero no al escritor.

Por suerte, en la recopilación hallo un verdadero relato. Pero Polikushka será en otra ocasión.