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miércoles, diciembre 08, 2010

COMO UNA HISTORIA DE TERROR. JON BILBAO

"A esta ardilla la siguió otra, que efectuó el mismo recorrido. Y luego otra, y otra, y otras más. Al cabo de unos instantes había más de una docena disputándose el alimento del comedero, y nuevos roedores continuaban emergiendo de entre los árboles y tomando el jardín. Escalaron las sillas y la mesa y se aventuraron en la caseta de Bambú, donde descubrieron unos granos de pienso canino en su cuenco y se abalanzaron por ellos. Docenas de ardillas y luego cientos. [...] Las ardillas se quedaron inmóviles y miraron hacia un punto del bosque, de donde ahora provenía un susurro como de algo que se arrastrara sobre hojas muertas. La maleza que taponaba el paso entre los árboles había comenzado a agitarse. Asomó entonces al borde del jardín un cuerpo renqueante que avanzaba a cuatro patas, del tamaño de un gato grande, y del que sólo podían apreciarse con claridad un fuero par de ojos rojos y una cola larga y desmochada. Y entonces la mujer sí que se despertó."

Como una historia de terror. Jon Bilbao. Como una historia de terror. Salto de Página. 2008

No hacen falta casas góticas, ni asesinos en serie para el terror. Jon Bilbao hace un ejercicio interesante: alía las casualidades y las neurosis personales. Una posible fórmula. De cómo las personas reflexivas (u obsesivas, que aquí creo que Bilbao no juzga) ven señales en todas partes; y crean paranoicas ficciones donde ellos mismos se buscan la perdición. En este relato (casi una novela corta) se reúne todo esto, y, mediante una maniobra nada burda, hasta se reflexiona sobre ello "en voz alta". 


Es todo un tema (o un subtema; no es lo único que aborda Bilbao, sobre todo, leyendo reseñas por Internet, aunque es lo que a mí me ha interesado más), esos seres que "les dan vueltas a las cosas", que buscan un significado (pero siempre amenazador) en que un hombre se parezca a él y hayan confundido sus pisos (La Fortaleza), o en unos sueños recurrentes y un bosque impenetrable (Como una historia de terror) los ampliará el autor en Bajo el influjo del cometa. Resulta efectivo (ah, el conflicto) colocarlos al lado de personajes que ni temen ni "piensan" tanto (el hombre de Como una historia de terror, a diferencia de su compañera, sólo tuvo una vez un sueño, negro y que no le obsesiona en absoluto). 

Como decía, no es lo único que atrae al autor, pero, por lo que leo en su siguiente libro, Bajo el influjo del cometa, es algo en lo que seguirá profundizando: Ha desaparecido un niño me ha recordado (no en el tono, no en el pesimismo, sin embargo) al Martin Amis de Night Train. La otra cara de la moneda de esas neurosis que buscan signos de toda clase en lo banal es justamente la nada: la falta de sentido.  Precisamente esa banalidad que, por otra parte, puebla estos relatos. 

Tal vez así pretenda Bilbao inundarnos de esa cotidianeidad contra la que esos personajes "especiales" tienen que levantar "ficciones de terror". Sin embargo, a ratos es demasiado. Ahoga esos detalles, acertados, brillantes a veces, que nos muestran historias o atisbos de historias paralelas.

"Cuando empezaron a mecerse, los acompañaron los chapoteos del vino acumulado en sus estómagos. Él pensó en la chica, tal como la había visto en la galería de la Mina. No le importó en quién pensaba su mujer, en MH o en quien fuera" 
(pág. 59). La Fortaleza

Así, se nos deja ver que la mujer tal vez tenga o haya tenido una relación con ese MH, un secundario, que, por cierto, ni siquiera hace falta que veamos.


Pero, como decía, en su contra, a veces el relato se desborda y se llena de situaciones y diálogos innecesarios. ¿Otros matices que le haría y por lo que discrepo de las alabanzas generales a este libro (con el máximo de los respetos, como siempre)?

- Una manía: el uso de los demostrativos como pronombres, en frases donde no son necesarios. "Sin que tampoco nadie supiera de dónde éstos surgían" o "..."mediante una interminable serie de aproximaciones sucesivas, llegaron al comedero de pájaros. Consistía éste en una bandeja de madera...". No se explican por un supuesto lenguaje de un personaje o narrador, porque se repiten  en distintos relatos (también en su siguiente libro), y así, rompen la verosimilitud. Si todos los narradores, sea o no personajes, usan esto mismo, se rompe el pacto con el lector: "notamos" al autor. ¿Es lo que busca Bilbao?

Esto se ha acrecentado en Bajo el influjo del cometa. Ignoro si quizá la labor de edición ha tenido problemas, porque, de hecho, encuentro algunos fallos (palabras que faltan; por ejemplo, "... un hueso sintético destinado [a] fortalecer... (página 83)  o "Ella le recordó la escena en que el muñeco de madera y Gepetto son engullidos por un cetáceo llamado Monstro, (página 61) ¡Tal vez el ejemplar que tengo es uno de los primeros, y está algo defectuoso!

- Una obsesión por la descripción, que no se inserta siempre bien en la narración. A ratos, parece que el relato fuera a ser leído por alguien de producción de una película, que requiriera todos los detalles para su desglose. Basta ver el comienzo precisamente de este relato, Como una historia de terror.

- Una renuncia a la elipsis. En los diálogos, pero también en las acciones, no siempre fundamentales para que avance la acción. Si es intencionado, de acuerdo. Pero entonces, me temo que no encuentro ese "pulso narrativo" del que habla la contraportada. Más bien, al contrario, y según lo que estipula esta crítica, el camino de Bilbao va hacia un relato menos clásico, y más "abierto".

"Contados cuentistas españoles se permiten el lujo de dejarse ir. Porque derivar, sucumbir a la imprevisibilidad de la escritura, a ese “no sé muy bien qué quiero decir”, es una forma de abordaje del cuento que se estigmatiza con gratuita facilidad. El cuentista clásico, como el fan salvajemente fiel que no acepta travesuras en su obra –o género- de referencia, reclama un sentido, un saber valorizado, y pilla una rabieta en cuanto te descuidas."

Bien: la reseña tiene razón. No podemos leer siempre con alma de guionista, prestos a tachar aquello que no sea fundamental. Sin embargo, se habrá de admitir que la digresión casa mal con el relato, o (ya fuera de ser "obtusos" con "las normas") que la acumulación produce efectos en el lector. Justo las mismas, ahora que pienso, que señalan muchos cuentistas cuando atacan la novela. 

Si tenemos que buscar entre tanto dato, el lector puede pasar y pasar páginas, costumbre habitual en tantas novelas donde uno detecta pronto lo accesorio. Pero, en los relatos de Bilbao, no sabes del todo cuándo habrá algo de eso (todo puede ser un símbolo o una pista de lo que está por venir,) y leyendo rápido, tal vez nos perdamos lo relevante. Un modo y un estilo respetable, sin duda. Mientras se acepten sus desventajas. Puede que no se trate de gritar "anatema" y golpear a diestro y siniestro con un libro de Carver en pos de la síntesis; aunque quizá un punto medio sea apetecible.

Sobre todo, porque si no, todos los relatos parecen contados por el mismo narrador, sea externo o personaje. No todo el mundo, no todos los narradores, pueden ser una cámara presta al plano detalle. O no, si se quiere mantener la verosimilitud.

- A veces se bordea lo reiterativo. Se insiste en el precio barato de la casa de Como una historia de terror hasta dos veces en dos páginas seguidas (páginas 180 y 181). Se expresa en palabras, a modo de resumen, (página 82) lo que ya hemos visto sobre la presencia molesta del brasileño de Después de nosotros, el diluvio. Se dice que al dueño del coche del relato La Fortaleza le importa poco que le hayan robado éste en la página 57 y se repite en la 58. Otras veces, el peligro es lo obvio, como cuando se ha de exponer por qué se separan las dos parejas al final de Después de nosotros, el diluvio. 

- Los diálogos parecen decantarse por el naturalismo (casi estamos en un guión, por momentos, en ciertos relatos), pero en ocasiones se hacen largos. En el caso de Bajo el influjo del cometa, a esto se ha sumado la inverosimilitud cuando incluye giros o palabras: "Aprecio tu gran sinceridad" (página 162) "No me recuerdes lo obvio" (página 74)

- Los narradores/personajes a veces, como dice la reseña de Masacre en los jardines que aludíamos antes, "se merecen un puñetazo en la boca". A mí me ha pasado con el de Después de nosotros, el diluvio, incluso aceptando que, por su cultura, se sabe que es un tipo "formado".  

Sigo creyendo que es complicado el equilibro del lenguaje cuando se escoge la primera persona. Si se es demasiado fiel al naturalismo, se cae en lo vulgar; si se fuerza el lirismo o las reflexiones ("¿Era una somatización de nuestro disgusto o la ballena había empezado a oler peor?", página 67, Bajo el Influjo del Cometa), puede hacernos perder la paciencia.

Son mis impresiones. En todo caso, creo que el autor es capaz de generar imágenes potentes, e historias que perduran. Para los que nos interesa el fantástico o el terror, además aporta modos distintos de provocar extrañeza o atmósferas misteriosas sin necesidad de alejarnos del día a día. Para posibles escritores, de relatos, de guiones, de cualquier ficción, destaco de nuevo la creación de personajes no precisamente reconocibles (que de esos está la literatura española bien servida) sino oscuros, crueles, normales, anormales,... Humanos, vaya.

Por otra parte, los que tienen la última palabra son ustedes. Lean y opinen. A ser posible, educadamente, que ya saben que no me gusta, ni busco, la polémica. 

sábado, septiembre 11, 2010

IMPRESIONES PRIMERAS Y RESÚMENES DE UN VERANO LECTOR

- Desorden en las prioridades y en los deseos. Pido a Salto de Página y a Tropo, pero, obviamente, por Internet no es lo mismo que en la tienda. La cosa tarda, así que me satisfago en una escapada, donde encuentro dos de Páginas de Espuma: la única editorial que sabes que vas a encontrar en casi cualquier librería. Me hago con El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma y Azul ruso, de Patricia Esteban Erlés.

- Ambos libros me hacen preguntarme cuestiones parecidas, sin que signifiquen que no valore (en algunos casos muy bien) algunos de sus relatos. Una es si los narradores en primera persona aceptan cualquier lenguaje o vocabulario. Si, al cabo, es suficiente con que se incluyan, aquí y allá, giros hacia el habla "vulgar" para hacerlos creíbles. Me pregunto si los caminos poéticos no hacen que, al final, todos los narradores en primera persona se parezcan un poco demasiado. Pero, al mismo tiempo, yo creo en que no hace falta resultar banal, y que se puede tener voz propia. Si me oyera Jordá, estaría orgulloso. ¿Acabaré tachando adjetivos? ¿O es algo más profundo?

- Llegan los libros de Salto de Página. Muchos. Demasiados, me digo de pronto. O tal vez es lo que pienso cuando avanzo en el de Jon Bilbao. Porque cuesta. Y aquí que vamos con la pregunta recurrente: los blogs que leo lo ponen por las nubes (qué pena que ya no haya críticas más equilibra das como las que había en Masacre, aunque no siempre, claro) y no sé si guiarse por las recomendaciones ayudan o lastran. Como decía otro bloguero sobre las series de televisión. Me gusta El ladrón de lencería, me gusta El hambre en los alrededores del lago, también Rata. Hay algo inquietante aquí. Luego, pienso que tal vez cueste mucho más leer un libro de relatos que una novela. Que se necesita más tiempo, incongruentemente. Y que esto no tiene nada de malo.

- Mientras lucho con el libro de Bilbao, me lanzo a la antología de Muñoz Rengel quién sabe si en busca de algo de aire. Me quedo igual, casi todo el tiempo. Hay grandes relatos, pero me molestan más los errores. Vaya. Resulta que Bilbao inquieta más sin ser fantástico. ¿Pesa demasiado la tradición?

- Entre unos y otros, tomo el de Esther García Llovet. Sorpresa. No es un libro de relatos y sí es un libro de relatos. Pero sobre todo es bueno. Una protagonista que no entendemos, pero al que se nos deja espiar en diversos momentos de su vida. Nada se explica. Todo es inevitable. Extraño. Interesante.

- Diálogo con mi amiga Cristina que me hace pensar en la memoria que tenemos de los que leímos hace tiempo. Me devuelve dos libros prestados y me comenta que le ha decepcionado el de Palma. "Demasiado barroco; no lo recordaba yo tan barroco en El vigilante de la salamandra, ¿y tú?". Buena pregunta. ¿Lo recordaba yo tan barroco? Pues no. Cristina sigue: "Es que ha ganado muchos premios, ¿sabes? Y a lo mejor ese estilo tan literario viene de lo que supone que gusta a un jurado". No comento; no respondo. En verdad, teníamos otras cosas de que hablar. Pero luego recuerdo el desprecio que le tiene Fernando Valls a este autor, y cómo su argumento se parece mucho al de Cristina: aquello del estilo literario. De nuevo, ¿cómo escribir sin tener que recurrir a esa defensa de algunos por el lenguaje vulgar o naturalista?

- Debates interminables, a cara de perro a ratos, con mi hermano, de mudanza y cambios, y de paso a Roma. No nos ponemos de acuerdo, en parte porque yo me pregunto más que me respondo, y él va y hace lo que cree que tiene que hacer. Cortos, en concreto. Cortos que le sirven de prueba y error. Ha llegado al cine sin prejuicios ni herencias. Y, sobre todo, sobre todo, no lee crítica. Leer crítica puede hacerte dudar hasta el infinito.

- Llegan los libros de Tropo; dos meses de retraso. Me lanzo al de Candeira. De veras. Algo me dice que este chico es bueno. No me equivoco. ¿Les ha pasado alguna vez? No muchas, ¿a que no? Pues Candeira no me decepciona. Cuando se muere la nevera transmite una fuerza notable en sus imágenes (ese acantilado donde se tira diversos objetos; esos escarabajos metáfora quién sabe de qué). Aunque el que me desarma es La soledad de los ventrílocuos. Qué tristeza. La Segunda Vida tal vez pudiera ser más corto, aunque igualmente me gusta. Leyendo Insectos me pregunto quién dice que ser fiel al lenguaje de un narrador personaje puede ser "fácil" o "tópico". No siempre, sin duda, como prueba Candeira.

- Me pregunto sobre cómo los argumentos se superponen y se asemejan entre varios autores que leo. No hablo de plagio, claro. Ni de préstamos u homenajes. Hablo de posibles intereses comunes. O de imágenes y narraciones que atrapan en cierto modo de gente de parecida edad. Pienso en la casa de La Segunda Vida y en la casa de Azul ruso; en cómo La Chica del UHF me recuerda un relato de Palma en El Vigilante de la Salamandra; en cuánto preocupan las relaciones hombre-mujer, hasta cuando se mete lo fantástico de por medio.

- Y de eso, lo que extraigo cuando leo a Lara Moreno. Leí menos comentarios gozosos sobre ella, lo cual me da más libertad. Hay de todo; también en extensión. También en una posibles investigación personal. Reconozco que hay relatos que me enervan. Otros, me interesan: esos en los que se habla de relaciones con un enfoque un tanto distinto, con historias que no acaban de empezar o de terminar (Lo que no es blanco, Véra y Octavio). Otros me parecen más clasificables dentro de los cuentos "usuales", aunque eso no signifique que no sean estupendos (Primer Día). Aunque tal vez lo que más me atraigan sean esos que proponen bordear la poesía, como Maneras de estar sediento, o, más equilibrado para mi gusto, mejor, Donde más te duela. Se me ocurre que Bilbao y Moreno están en esto en las antípodas: Bilbao te lo narra casi todo (a ratos es complicado saber qué es lo relevante; a veces te preguntas si no podría haberse acortado) y Moreno nos introduce en las reflexiones y disquisiciones de sus personajes. Curioso: ninguna de las dos opciones se supone que sigue el canon. O sea, ser narrativos y escuetos. Te hace pensar.


 - Me pregunto por qué Patricia Esteban Erlés ha girado tanto desde Manderley en venta hasta Azul ruso.  Me pregunto qué dirán en Tropo con eso de que se le haya ido a Páginas de Espuma, como Candeira, que sacará libro en ésta en breve.

- Sobre De mecánica y alquimia no seré duro, porque ya he visto qué te hace encontrarse halagos por todas partes sobre una obra que a tí te deja indiferente (injusto que se haga con alguien que nunca te va a leer, y, por tanto, nunca tomará represalias; injusto cuando no se hace, claro, con autores de aquí que sí te pueden leer). No están mal estos relatos, aunque son mejores cuando hay más alejamiento de posibles inspiraciones. Yo lo que echo en falta es la inquietud. Y más originalidad, quizá por eso de que sean fantásticos. Muy válidos son Te inventé y me mataste o Pasajero I/I. El sueño del monstruo se me antoja el mejor, porque justamente inquieta un tanto no saber bien qué le sucede a su narrador. Y hablando de narradores, aqui que vamos otra vez. El de Lapis philosophorum me resulta inverosímil, contradictorio en su lenguaje, y, sobre todo, uno al que "se le ven las costuras". Para insistirse en cuán tonto es, no se explica como si lo fuera. ¿O sí? Pero no se fíen de mí, porque, insisto, todo el mundo piensa que son unos relatos geniales. A veces, por razones que se me escapan en su validez, como el supuesto exotismo. En fin, se me debe escapar algo.

- Acaba el verano. Tengo que releer. No quiero ser injusto pero tampoco quiero renegar de lo que pienso. Con todo, sigo sin comprender a la crítica bloguera.  O bueno, soy un mal lector, que se equivoca en todo.