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domingo, junio 24, 2012

GUIONECES: ORIGINALIDAD, DÓNDE Y CÓMO

Un virus mortal ha eliminado el 90% de la población mundial.

Un virus contagioso ha convertido al 90% de la población en zombies.

Una catástrofe ambiental o nuclear ha reducido la población a un escaso número de seres humanos.

En los tres casos, en estas bien conocidas premisas, coincide (en este ejemplo hipotético de guión) un mismo desarrollo. La historia nos mostrará cómo el hombre es un lobo para el hombre, y cómo, sin sociedad ni ley, los instintos priman sobre la justicia y los valores “racionales”.

¿Les suena? Seguramente.


Una idea original no te salva un guión. La originalidad absoluta es un jefe terrible para un guionista. Porque sí, lo sabemos. Casi todo está inventado. Ahora bien, eso también contiene una potencial invitación a la vagancia. El hecho de que, en términos máximos, sea imposible la originalidad, no puede despistarnos: existe la originalidad relativa.

O, en otras palabras, hay grados de originalidad.

Es cierto. Hay grandes películas, grandes novelas, grandes relatos que han partido de esquemas sabidos. Ahí lo que importa es la mirada personal, el desarrollo concreto, los personajes, construidos de una manera peculiar. Sin duda. Y, de nuevo, es verdad: la originalidad no es indispensable.

Ahora bien, competimos en un día a día donde las historias nos llegan de todas partes. A todas horas; en todos los dispositivos posibles. Por tanto, si nuestra historia es “una más”… ¿cómo esperamos atraer la atención de un posible espectador?

Aceptando que es un elemento más de la construcción de historias, indaguemos un poco más. ¿De veras es imposible ser, al menos, un poco originales?

Puede que España tenga una herencia en contra: el realismo. A diferencia, por ejemplo, de la literatura anglosajona, la ciencia ficción o la fantasía no han sido géneros populares. Literalmente. Es decir, no han sido géneros admitidos ni siquiera en su acepción popular; entre la gente. No digamos ya por parte de la crítica.

Por eso, nada tenemos que envidiar en otros campos o aspectos de la narración en las historias de autores españoles… excepto en la originalidad.

Una buena cura contra el escepticismo de que “ya está todo contado” es leer ciencia ficción. A ser posible buena ciencia ficción. Ésa que tienen premisas estupendas, pero, además, buenos desarrollos. No es la normal, claro, como no es la norma la buena ficción. Pero está ahí. Y con ella, es improbable que nos mostremos descreídos sobre la posibilidad de la originalidad.


The left hand of darkness (La mano izquierda de la oscuridad) de Ursula K. LeGuin: una premisa totalmente original y un desarrollo magnífico. 

Otro ejercicio recomendable es que conociéramos un poco las historias que sí se codean con la originalidad, digamos, más extrema. Para ello, nada mejor que recorrer algunas de las películas de Luis Buñuel. No por nada, el surrealismo desde el que partió quiso cambiar el status quo en todas las artes. Otro caso, más reciente, y a otro nivel, David Lynch. Ambos directores se mueven en un límite muy estrecho entre la originalidad y la extravagancia. Pero para conocerlo, hay que codearse con autores que se manejan en esos ámbitos.

El fantasma de la libertad es una película de Buñuel que aporta ideas muy interesantes sobre cómo estructuras una historia. 

Pero si la búsqueda de la originalidad nos produce sudores nocturnos y agotamiento ante la página en blanco, siempre cabe el matiz. Bajemos un nivel en lo original.

Para quien conozca un poco la psicología y hasta la psiquiatría, chocaremos con un descubrimiento un tanto desalentador. Los seres humanos somos clasificables. Las reacciones, las ansiedades, los deseos, las penas, las crueldades… todas se han sentido antes. Ni siquiera nosotros mismos somos originales. Los extremos, sufrimientos, e incluso los aspectos positivos (¿sabían que la psicopatía o la sociopatía no sólo da lugar a personas dañinas?) han sido estudiados: se han convertido en síntomas o enfermedades mentales bien documentadas.

Sin embargo, ¿a que no nos atreveríamos a afirmar que no existe algo que hace único a cada persona?

A la hora de construir guiones, nadie usa estas clasificaciones realizadas por la psicología o la psiquiatría para construir sus personajes. No se usa como una plantilla. Entonces, ¿por qué sí acudimos a estructuras, temas, motivos visuales o temáticos resultado de análisis cinematográficos realizados por los expertos? ¿Por qué el género, por ejemplo, nos da la excusa de que "hay que respetar los esquemas" para   un guión ya visto mil veces?

Vale, tal vez, para ese tinte de autoayuda que pulula en ciertos libros sobre la construcción del guión o la novela. Por supuesto: no despreciemos a todos aquellos que se han dedicado a examinar cómo funcionan las historias, desde Aristóteles hasta Vladimir Propp. Claro que sí. Hay límites. Hay estructuras básicas. Hay técnica. Y es necesaria.

Pero esto es un principio. Si aplicamos “la plantilla” hasta el extremo, lo que tendremos son historias falsas. 

Efectivamente. El número de actitudes, personalidades y reacciones en el ser humano es limitado. Y efectivamente existen roles y arquetipos, bien asentados por la tradición narrativa. Pero ello no puede justificar la vagancia. Que levantemos seres a partir de esos libros que hemos leído sobre guión… o sobre psicología, llegados a eso.

Porque esto lo que da pie a backstories tópicos. Infancias traumáticas o bien inteligencias superiores para los malvados. Héroes hechos antihéroes con taras diversas porque sus padres no le querían. Seres que escribimos porque lo hemos visto en esta o aquella película. 

Pero, con que uno observa un poco la vida, confronta que no todos reaccionan igual a las mismas situaciones. Que la originalidad no debería hacerse presente tanto por una aspiración pedante para con nuestra idea del autor sino por respeto a la realidad.

Por eso, creo tanto en las tarjetas, en la creación de personajes antes de ponerse con el tratamiento, o con el guión. Porque sólo con pasos intermedios, uno puede descartar la primera idea que se nos venga a la cabeza. La segunda. La tercera.

Porque las tres, las cuatro, las cinco, incluso, primeras respuestas que nos vengan a la cabeza acerca de cómo reacciona un personaje o por qué nos dará opciones trilladas. El cerebro, al contrario de lo que se cree, es un órgano perezoso; tendemos a lo conocido. Nos sentimos, de hecho, cómodos en lo que conocemos: hábitos, vicios, costumbres. Pero eso crea una capa, un escudo y una cárcel para que nuestros personajes crezcan y sean completos, llenos de matices originales. Para que sean lo más cercano a las personas.

Un virus ha acabado con el 90 % de la población. Los humanos supervivientes se dan a la buena vida, el cachondeo, la orgía, y el carpe diem. Son felices, hartos del mundo que tenían, y construyen una civilización que es lo opuesto a todo lo ensayado antes. 

¿Por qué no?

lunes, noviembre 14, 2011

¿EL GÉNERO FANTÁSTICO CABE EN TELEVISIÓN? (I) GAME OF THRONES, GRIMM, ONCE UPON A TIME

A raíz de este post de Miss McGuffin, y del propio visionado de dos series de reciente estreno (Grimm y Once Upon A Time), le he venido dando vueltas a esta idea. En principio, la clasificación por géneros sería muy aleatoria, y tampoco tiene por qué afectar a nuestro juicio sobre la calidad. Sin embargo, indagando, cabe preguntarse cuánto de fantástico tiene lugar en la ficción televisiva, y el que hay cumple de veras con todo el potencial de este género.

De esta entrevista con el crítico Tomás Fernández Valentí, extraigo una definición del género fantástico algo desafiante.

“En principio no debe someterse a las reglas empíricas de la realidad […] De este modo, el fantástico tiene la capacidad de explorar lo que no se ve, lo invisible, lo intuido; es como una proyección de la psique humana más allá de los límites de lo orgánico. El cine fantástico remueve “algo” en nuestro interior que no remueven otros géneros más, digamos, a ras de suelo, y que cuesta de definir.”

Digamos, pues, que en este sentido, sería un fantástico que se codea con el terror, en cuanto a que sacude un tanto al espectador y le enfrenta a rupturas con su “realidad”. En ese caso, habríamos de asumir, que el fantástico que no actuara de este modo caería del lado de esa parte del género menos interesante. De ese más plano y vulgar, del que habla este mismo crítico en esta otra entrevista.

Sin caer en extremos, algo de ello hay. Veamos. Si un film o una serie de género fantástico nos sitúa en un universo diferente de primeras, la ruptura es improbable. La única posible excepción es que dicho mundo posea unas reglas tan diferentes a las nuestras que fuercen al espectador a una revaluación continúa de qué es “normal” en él, y lo diferente que es dicha “normalidad” de su propio universo; el nuestro, el “real”. Estas apuestas son arriesgadas, e implican que el mundo retratado nos responda a unas lógicas comunes. Es lo que sucede, con un ejemplo audiovisual, en esos momentos extraños de parte del cine de David Lynch. Que dentro de tu propio apartamento lujoso exista un pasillo oscuro de la forma que él lo rueda en Carretera Perdida (Lost Higway) aporta inquietud; que un personaje pueda ser dos personajes rompe la lógica. 


No vamos a encontrar eso en el género fantástico al que el audiovisual está más acostumbrado. Ni siquiera en cine, donde El Señor de los Anillos sería el caso más significativo. Pero la trilogía de Peter Jackson reproduce un tiempo y un espacio habitado por la magia, donde, una vez aceptado este detalle, el espectador puede sentarse plácidamente a seguir las aventuras del Bien contra el Mal. Esto no es una crítica negativa al conjunto (y estos films tienen mucho reivindicable, justo en esa recuperación de la mítica), sino una constatación de que es un tipo de fantasía más acomodaticia.

A Games of Thrones le sucede algo similar. Pese a una primera escena −tramposa por esto mismo− donde parece que la Trama trata de magia (y terror), el resto de la serie navega por un mundo feudal con peculiaridades diferentes de la realidad, pero donde el camino tomado es ese barbarismo también perteneciente al género de fantasía heroica, y del que habla Guzman Urrero aquí. Y donde el elemento mágico aparece aquí y allá, sin (al menos en su primera temporada) alcanzar categoría relevante.

Un principio estupendo... que capítulo tras capítulo va desvelándose como un enganche algo tramposo.

El Señor de los Anillos contiene y pretende ese potencial mítico de las sagas artúricas, e incluye (aunque no hasta sus última consecuencias) también el aspecto “bárbaro”. Game of Thrones incide mucho más en esto segundo. A ratos, uno se pregunta si HBO pretende que la violencia, los desnudos y el sexo implican de modo automático que esta ficción es "más adulta". Al tiempo, El Señor de los Anillos utiliza (al menos en la versión de Peter Jackson) ese otro derrotero que describe Urrero; el del énfasis en “lo maravilloso”.

“La historia interminable (1984), de Wolfgang Petersen; Legend (1985), de Ridley Scott; Lady Halcón (1985), de Richard Donner; y Cristal Oscuro (1983), de Jim Henson y Frank Oz, insisten en la dimensión maravillosa y fascinadora de este tipo de relatos.”

Visto así, parece que los grandes intentos del audiovisual hacia el fantástico podrían dividirse en estas posibilidades, que pueden mezclarse. Relatos míticos; relatos violentos y más “realistas”; relatos puramente “maravillosos”. Y, sin duda, hay que celebrar que cadenas como HBO propongan acercamientos diferentes (aunque su diferencia se limite a esa violencia más cruda).

¿Y qué sucede con Once upon a Time y Grimm?

Grimm es un procedimental (o procedural, según otra terminología) que aparenta pocas ambiciones, y una única base en el “high concept”. Sin embargo, tiene lugar en el mundo real. Y el punto de partida contiene mucho de ese fantástico que cuestiona un tanto la realidad. Eso que tal vez defina el género, como afirmaba Valentí. De hecho, la revisión, la visión de dicha realidad, ahora con otros ojos, es una metáfora hecha realidad en el protagonista. A Nick Burdhardt le sobreviene la herencia de poder ver a los monstruos.

Ciertamente, como decía Miss McGuffin, el actor protagonista no parece el más adecuado. Y el hecho de que se emita en una cadena en abierto impide que la serie se arriesgue por derroteros incómodos. Con todo, hay más de lo que se esperaba, a la vez que Once Upon A Time, con más ambición, y en verdad más interesante en su conjunto, tiene más de un problema para conciliar (o enfrentar) esos dos mundos; el de la fantasía y el de la realidad. 

Todo esto lo veremos en un próximo post. Pero mientras, vayan opinando.

martes, mayo 18, 2010

CINE: IMÁGENES

A raíz de un comentario que he leído aquí, he estado pensando en qué recuerdo de las películas que he estado viendo, no sé, los últimos diez o veinte años. ¿Qué se queda en la memoria? Las imágenes sí que valen más que mil palabras, aunque depende de la imagen y depende de las palabras.

Voy a hacer un repaso personal a imágenes que aún se conservan en mi cabeza. No será exhaustivo, advierto.

- Mr. Glass, de niño, escuchando cómo su madre le dice que debe salir al mundo exterior, mientras su figura aparece reflejada dentro del televisor, en El Protegido (Unbreakable, M. Night Shyamalan, 2000).

- El teléfono que suena y asusta a todos, incluido el espectador, en El Cabo del Miedo (The Cape of Fear, Martin Scorsese, 1991) Además de su buen montaje, nos cuenta que algo va mal con esta familia.

- El conejo de Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). Donnie Darko golpeando una especie de ventana indivisible.

- Los músicos de Underground (Emir Kusturica, 1995), por todas partes, incluso debajo de agua.

- Los pasillos de la casa de Fred Madison (Bill Pullman) en Carretera Perdida (Lost Highway, 1997) que, junto a un saxo en la banda sonora, me parecen el lugar más terrorífico que se ha rodado en mucho tiempo.

- El director de televisión de El Show de Truman (The Truman Show, Peter Weir, 1998) acariciando el rostro de Truman en una pantalla. O ese cielo inmaculado que se descubre como decorado.

- La cadena de pequeñas escenas del final de Requiem for a Dream (Darren Aronosky, 2000). Junto a la música de Clint Mansell, un camino hacia la locura, y la desesperación. Y sin apenas palabras.

- La escena del baile hacia el final de Delitos y Faltas (Crimes and Misdemeanors, Woody Allen, 1989) Una imagen puede transmitirlo todo.

- El coronel Gordon Tall (Nick Nolte), tras la batalla, en La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998, Terrence Malick). También un rostro, y un buen actor, puede decirlo todo.

- Clint Eastwood, como El jinete pálido (Pale Rider, 1985), alejándose por el horizonte, mientras la chica le grita que regrese.

- La cámara que gira y gira alrededor de Carlitos Brigante, y los mafiosos que lo quieren muerto, aunque, como siempre hacen los mafiosos, disimulan, hablando de otra cosa. A veces, las "virguerías" con la cámara son justificadas. Y hermosas. En Carlito´s Way (Brian de Palma, 1993).

- Francesca Johnson (Meryl Streep) mirándose, desnuda, frente al espejo, en Los puentes de Madison County (Clint Eastwood, Bridges of Madison County, 1995). O la figura de Robert Kincaid (Eastwood) en medio de la lluvia, esperando que Francesca baje del coche.

- El funeral del padre del protagonista en Big Fish (Tim Burton, 2003)

- El fondo decorado del hotel donde habita Jeffrey Wigand (Russell Crowe) mientras su vida se derrumba, en El dilema (The insider, Michael Mann, 1999), y que pasa a convertirse en un túnel hacia lo que ha perdido. ¿Menos complicado? Lowell Bergman (Al Pacino), metido hasta las rodillas en el mar, transmitiendo hasta qué punto estaba metido en la conversación con Wigand.

- El niño que observa su propia muerte, en Doce Monos (Twelve Monkeys, Terry Gilliam, 1995).

- La memoria "andante" que se borra en Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004)

- El canto a varias voces de los diversos y raros personajes de Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999)

- El barco fantasmal, con esos rojos infernales, de Sospechosos habituales (The Usual Suspects, Bryan Signer, 1995)

- Rick Santoro mirando un billete de dólar, manchado de sangre, en el suelo, mientras se dice y le dice a quien trata de involuclarlo: "Nunca he matado a nadie", en Snake Eyes (Brian de palma, 1998)

- El plano cerrándose sobre Mr. White (Harvey Kietel), mientras en voice over continúan las disquisiciones de los demás miembros de la banda, causando más angustia., en Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992)

martes, abril 27, 2010

MOBY VIDEO CLIP SHOT IN THE BACK OF THE HEAD

Del álbum "Wait for me". Animado por David Lynch, nada menos.