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viernes, agosto 24, 2012

PROCEDIMENTAL: LÍMITES, VARIACIONES, ALCANCE: THE KILLING, CIS, LEY Y ORDEN: ACCIÓN CRIMINAL

Llego tarde a los análisis que en nuestra blogosfera (y al otro lado del charco) se hicieron en torno a la serie de AMC The Killing y su primera y denostada primera temporada. A ellos llego mediante el blog de Diamantes en serie. En sus artículos se halla una postura en cuanto a ese vuelco excesivo de la crítica norteamericana hacia el apedreamiento directo con la que estoy bastante de acuerdo.

Lo interesante, según yo lo veo, es que Veena Sud tal vez ha tratado de darle un giro al género policíaco, en concreto al tan manido procedural/procedimental, y tal vez se haya quedado por el camino. Puede que, como menciona este artículo de la revista Vulture, Sud no se asumió lo serio y exigente de la propia apuesta (no estaba segura de quién sería el asesino una vez tenía ya orientados varios capítulos; es decir fue, en cierto modo, improvisando), o puede que el departamento de marketing de AMC se hallara en pisos y/o despachos muy distantes, y que aquel “Who killed Rosie Larsen” fue un modo muy equivocado de atraer públicos con expectativas muy cerradas, como explica este artículo de Series a la parrilla.


En todo caso, también es posible que haya géneros y subgéneros donde haya más dificultades para la innovación (ahí está el cine de terror, perdido hace mucho en situaciones y personajes, ya, más que arquetípicos, estereotipados). Dificultades, claro, a la hora del guión, que en este caso se han probado en esa indecisión entre la idea de Veena Sud (“voy a hacer un procedural distinto donde el whodunnit no sea lo relevante”) y su mismo trabajo como showrunner. Como ya comenté en su día, para mí The Killing nunca se trató de la trama policíaca, pero es obvio que soy excepción, y que el público mayoritario al que (error de marketing o no) iba esta serie de televisión iba dirigida sí la estimó importante.

Veena Sud y The Killing puede que hayan fracasado en sus máximos (aunque yo sigo estimando que la serie tiene muchos detalles válidos) pero tal vez abra un camino. Porque el hecho es que el procedural en televisión sigue teniendo muchas dificultades para transgredir las camisas de fuerza que sus normas internas le provocan. Leyendo aquel artículo mencionado sobre los aspectos negativos de The Killing en Vulture, uno intuye un problema de mayor calado, incluso.

Con expresiones como It's just a glorified episode of Law and Order o It's disrespectful of its audience's innate TV IQ, pareciera que existen géneros o subgéneros que tendrían la guerra perdida en cuanto a salirse de la media de espectadores “normales” y a aspirar a esa liga de primera de las series de televisión con cierta qualité, asociadas a HBO y AMC.

A mí todo esto me divierte mucho, porque sería el consecuente paso de esa vieja guerra entre “High Art” y “Low Art” que sigue presente (al cabo es de lo que se adivina que trata Mario Vargas Llosa en su último libro). Esa contienda que, al poco, se distribuye en los blogs, donde fans acérrimos y blogueros aficionados se dan golpes en el pecho ante la visión de los “críticos oficiales” de mayor prestigio. Digo que me divierto porque todo esto proviene de una gran simplificación, además de unos usos y costumbres que deberían estar ya superados. A esto vuelvo al final del artículo.

Pero veamos. A poco que uno consuma series de televisión desde hace tiempo, es claro que el procedural/procedimental efectivamente ha estado bajando el nivel hasta extremos preocupantes. Ignoro si esto implica que su público potencial posee un Coeficiente Intelectual inferior, como tal vez da a entender, con cierta suficiencia, el artículo de Vulture. Lo que sí sería motivo de reflexión es que la estructura propia (o mejor digamos “típica”) del subgénero da síntomas de agotamiento, si no en cuanto a espectadores, sí en cuanto a resultados narrativos y dramáticos. Castle o El Mentalista siguen ofreciendo buenas marcas en los shares de audiencia, pero ya hemos hablado en otros posts sobre sus variadas problemáticas.

40 minutos y el esquema del close case por capítulo persiste en ser una chaqueta incómoda para ir más allá. Dos series que tal vez demuestren que los mismos showrunners previeron lo contraproducente del tema son CSI y la franquicia de Law and Order, Law and Order: Criminal Intent (Ley y Orden: Accíon Criminal).

La primera la he seguido a intervalos de tiempo (y la abandoné en la décima), pero si la memoria no me esquiva, a partir de cierto momento decidieron que las subtramas principales (las policíacas, fueran únicas o divididas en dos casos, para darle a todos los del equipo su tiempo) llenaban minutos pero tal vez poco más, y fueron incluyendo cada vez más acerca de las vidas de los personajes, en concreto de Grisson.

Claro que probaron, también otras estrategias. Hubo temporadas donde a Grisson le buscaron sus Némesis: aquel experto en prótesis y maquillaje, o (con muchas temporadas de por medio, curioso), aquella chica que construía maquetas en miniatura de los asesinatos que cometía. Un oponente tan inteligente como el protagonista siempre colabora a una mayor implicación emocional con el héroe, lo cual no era nada desdeñable en este caso. Grisson era “un cerebro” (aunque también en esto hay matices; la primera temporada ofrece un personaje menos cerrado, más cercano, que el de las demás), y esa inteligencia le hacía un héroe tal vez distante. Si alguien se le opone, le vence, insiste, por decirlo así, en que los casos no se resuelvan en esos 40 minutos, y expanden la trama a toda una temporada, hace que Grisson nos sea más como nosotros. Humanos. Y si le vemos, además, sufrir por ello, aún mejor.

La asesina de las miniaturas le dio mayor unidad a la temporada de CSI. Sin embargo, lo limitado de la iniciativa lo probaba que el interés sólo residía en los capítulos que se trataban casos relacionados con ella. 23 capítulos para series en abierto son muchas, y lo complican todo para que en ellas se abra paso otras formas de hacer procedurals.

Esto no es nada nuevo, y ahí tenemos el ejemplo clásico y casi obvio de Sherlock Holmes, y su Némesis, Moriarty. No es casual que esta idea también pareciera tentar a los creadores de Ley y Orden: Acción Criminal. En parte, como el detective británico, el detective Goren es un ser “incómodo”. No es tan pedante ni tan insufrible como Holmes (al menos al de la reciente adaptación de la BBC, obra de Steven Moffat y Matt Gatiss, un tanto sobrevalorada según mi opinión), pero, de nuevo, estamos ante un “cerebro”. Bien mirado, Ley y Orden: Acción Criminal puede que buscara a huir de ese público más complaciente que pareciera mencionar Vulture en su artículo, el que ahora puede que vea Castle o El Mentalista. Como, por otra parte, también hacía CSI, el juego se limita, en estas series, a un paseo de caras/personajes donde las cartas ya están marcadas de antemano: sabemos que uno de los que pasa por los interrogatorios será el culpable. No van a sacarse un personaje de la manga, por un lado, y, por otro, no van a contratar a un actor sólo para los planos de su arresto. En realidad, en este sentido, la participación intelectual del espectador es bien poca.

Ley y orden: acción criminal hacía las cosas de otra manera.


Primero, el foco de la narración no estaba del lado de los investigadores todo el tiempo. En cada capítulo, la estructura incluía un prólogo, y, luego, escenas insertas durante todo el metraje, que mostraban el lado de los implicados en el crimen. Pero los guionistas eran listos. Ese prólogo y esas escenas, al menos hasta el penúltimo giro, eran lo suficientemente ambiguas como para que el espectador no supiera bien qué estaba sucediendo ni quién de ellos había asesinado a la víctima o víctimas.

En verdad, la experiencia de ver Ley y orden: acción criminal nunca incluía, aunque uno quisiera, por costumbre, en esa juego del espectador de ir diciendo “ha sido éste” o “ha sido aquél”. Es decir, no se decantaban por el whodunnit, sino más bien por saber cómo primero qué había pasado y, ya tras el giro que indicaba el culpable, cómo lo atrapaban. Lo primero era, digamos, la novedad, ya que las tramas eran endiabladamente complejas. Sin duda, hay una línea fina entre “complejo” y “complicado”, y la serie de Dick Wolf y sus guionistas no siempre supieron la diferencia. Sin embargo, era de agradecer de darle más entidad al criminal (esas escenas "paralelas" lo facilitaban; los veíamos interactuando con otros personajes) y que éste fuera hábil. Aunque, si un personaje como Goren iba a ser el protagonista, era de lógica. A un héroe tan inteligente era necesario oponerle gente a su altura. Hay que añadir que, sin embargo, esto no derivaba, en casi ninguna ocasión, en esa visión (ya superada) del psicópata refinado, diabólico, casi genial. No; estos criminales eran psiques torturadas. A ratos, tan víctimas como las de sus asesinatos.

El mayor acierto (y es por donde yo llegué a la serie, y que me “enganchó”) era ese esquema ya señalado: la Némesis de Goren. Era Nicole Wallace, una mujer de pasado oscuro, el cual (y esto hacía que el personaje creciera ante nosotros) se iba desvelando en los capítulos que la trataban como orquestadora del crimen, y ello duró bastantes temporadas. Era su oponente perfecta, y lo era también porque, además de inteligente, era un desafío para Goren en lo emocional. Con ella, tuvo que usar ese quid pro quo aunque la información personal del inspector también la obtenía ella por otros métodos.


Con todo, pese a todas estas variaciones interesantes, estos intentos originales (relativamente, claro) de insuflarle vida al subgénero aún probaban más las limitaciones como “vuelos de prueba”. 40 minutos y stand out alone plots tan complejas daban poco tiempo para que cupiera una background plot o trama horizontal, bien para otra trama policíaca durante toda la temporada, bien para que se profundizara en los personajes. A veces, hasta esa duración era escasa para dosificar bien toda la información, de forma que se hacía difícil seguirla. Y tanto diálogo explicativo (no "sobreexplicativo", sin embargo, no creo que a esta serie se le pueda culpar de "obvia") a tal velocidad impedía hasta los necesarios momentos de calma más esenciales. Un fallo que Veena Sud ha reconvertido en virtud en The Killing, precisamente.

Además, siempre hubo problemas de verosimilitud. El inspector Goren y esa facilidad para detectar traumas (y un conocimiento enciclopédico) eran posibles, pero se notaba en exceso que la compañera era un mero truco de guión para que sus reflexiones no fueran en voz alta. A diferencia de Holmes de Steven Moffat para la BBC (y supongo que del original, que no conozco, luego no opino), la inspectora Eames era un Watson sin categoría propia. Aparte, como también se refleja en el artículo de Vulture, el espectador es perro viejo en procedurals o policíacos (hasta en España; es muy probable que sepamos más de leyes, juicios y derechos de los USA que de los nuestros), y sabe bien que los abogados de los criminales son tan listos o más que la policía. En el caso de Ley y orden: acción criminal muchas veces el clímax tenía lugar en la sala de interrogatorios, con Goren jugando su última baza ante el silencio y la pasividad del abogado correspondiente.

Wolf también se dio cuenta de esto, o tal vez sólo del peligro de la reiteración, porque poco a poco los clímax fueron ocurriendo en otros lugares. Tarde, demasiado, también, y, como ya referí sobre su otra franquicia (Law and Order: Special Victims Unit; Ley y orden: unidad de víctimas especiales), vieron los showrunners que era tiempo de indagar más en Goren (a Eames la continuaron viendo como comparsa). Entonces, ya en las últimas temporadas, volvía a darse ese problema del procedural: si el capítulo se detiene en los personajes y sus desarrollos, las tramas policiales pierden fuelle. Pero si las tramas policiales mantienen su fuerza, el espectador puede sentirse que le roban tiempo para saber qué le pasa a continuación a los protagonistas.

Este círculo vicioso parecía que sólo podía romperse justo llevándose el subgénero a las estructuras de continuidad que se dan en las cadenas "cerradas". Si la trama policial y los personajes tienen más capítulos durante la temporada, quizá fuera un camino.

Y es peculiar. Dick Wolf y Veena Sud aparecen como showrunners que fallan por el mismo camino: la irregularidad. El primero, cierto, ya tuvo una cierta seguridad de renovación en NBC, y podía haber planificado mejor cada temporada. Sud, en cambio, no lo sabremos nunca con seguridad, tal vez quería ser ambiciosa, pero el propio sistema de la televisión estadounidense jugó en su contra. Si no sabes si renovaras para una próxima temporada, es difícil planificar bien los guiones de un procedural que no dure justo una temporada.


De todos modos, The Killing ha sido, hasta ahora, el intento más ambicioso de ir más allá de los modos típicos del subgénero procedural. Puede que el original del que adaptaba también la lastrara las alas, y que una adolescente asesinada diera paso a situaciones y detalles un tanto demasiado conocidos ya, como critica Vulture. Quién sabe: a lo mejor en eso Ley y orden: acción criminal tenía cosas que enseñarle. Pero Sud fue donde pocas (no diré ninguna por si acaso) series había ido. A dedicarle tiempo a los dramas resultantes de un asesinato. Sí, tenían sus segundos de aparición en los procedurals habituales. Hemos visto familiares derrumbarse, padres negándose a reconocer las derivas criminales de sus hijos. The Killing iba más allá, y, además, lo hacía sin adentrarse, casi nunca, en los alrededores del melodrama sentimentalista o la pornografía de las emociones.

Y esto, para mí, fue siempre tan claro, que nunca creí que seguirle los pasos al candidato a alcalde significara de veras que su papel fuera clave en el asesinato. Es decir, ¿no era concebible alejarse de esa camisa de fuerza de la norma y dejar que siguiéramos a los personajes envueltos en las consecuencias del asesinato sin que, por obligación, estos tuvieran que tener relación directa con él? El marketing, e incluso la estructura de capítulos, retornaron demasiado a insistir en que la trama era importante. Pero me parece llamativo que se hable de lo que se debe hacer y lo que no con tanta ligereza como muchos críticos han hablado, al menos si el argumento era que no "rompía" demasiado el subgénero. 

Me hace preguntarme qué estamos demandando en realidad. Si las “rupturas” de la televisión “de calidad” consiste, como en Juego de Tronos, en mostrar escenas donde una prostituta enseña a otra sus labores, ¿no somos un poco ingenuos ya que, por lógica, para rupturas reales, habría de irse al naturalismo más extremo, como señala Nahum, y adentrarse en lo escatológico? Y aun más, ¿nadie se ha percatado de que Breaking Bad o Homeland (y les tengo mucho aprecio a ambas) utilizan recursos tan “clásicos” y poco “vanguardistas” como el suspense? Si somos fieles a las normas de los géneros, ¿cómo vamos a renovarlos? Si no queremos renovarlos, ¿entonces de qué demonios hablamos?

Supongo que también, para cierta crítica, y cierta parte de la blogosfera, hay géneros y géneros, géneros en los que las rupturas no se exigen, la originalidad o la inteligencia no se juzgan necesarias, mientras que a otros se les demanda todo ello y, para colmo, con un pelín de autosuficiencia.

domingo, junio 27, 2010

LEY Y ORDEN: VÍCTIMAS ESPECIALES. Últimas temporadas

No puedo negarlo. Estoy decepcionado. Las últimas temporadas de Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales apenas tienen posible defensa.

Hay series que a uno le resultan simpáticas, y no sabe bien por qué. Puede ser porque las descubres sin que nadie te haya hablado de ella o te la haya recomendado. Tal vez, porque, en ese momento en que empezaste a verla, tu ánimo te predisponía a cierta empatía. A mí me pasó con Ley y Orden: Unidad de Víctimas especiales.


Es uno de los spin-offs que nacieron a partir de Ley y Orden, una serie que acaba de cancelarse, pero tras, atención, 18 temporadas. Yo llegué antes a estos spin-offs (también la que se llama Acción Criminal) que a la cabecera de la franquicia. Una vez que ví algunas temporadas, pude dar cuenta de que había más divergencias que coincidencias. Sobre todo, a partir de que cambiaban los executive producers y los jefes de guiones.

El esquema original es la de un procedural sumado al género de juicios. Se comete un crimen, la policía trata de resolverlo, atrapa al autor, y entra en liza la fiscalía, que trata de que pague. Otro elemento distintivo es que se rueda de verdad en el escenario que refleja: Nueva York. En el caso de la serie “base”, lo más interesante solían ser las argucias, legales y políticas, de los abogados defensores, que, a su vez, causaban una respuesta igual de complicada o retorcida en los miembros de la fiscalía. El “giro” que supuestamente definía Ley y Orden no era tanto esa mezcla de géneros, como una pretensión: las tramas “pegadas a la realidad”. A partir de noticias de casos raros, relevantes o polémicos, se inventaban episodios.

Esto producía un problema importante. Ley y Orden pecaba de pedagogía. Con un ideario político más demócrata que republicano, se hablaba de los “grandes temas” –aborto, homosexualidad, armas, inmigración, etc- aunque con situaciones concretas, algo extremas y conflictivas. Algo de ello se transmitió a Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales. Y eran los peores capítulos. Sonaba falso eso de que varios de los inspectores se pusieran a debatir con la fiscal o entre ellos, sobre si la defensa que articulaba el abogado correspondientes era justa o no. No colaba lo de "y usted opine lo que quiera". Como en Ley y Orden, además de pedagogía, había, al cabo, un punto de vista ideológico bastante claro. Por algo, el que era ayudante del fiscal (Sam Waterston) era un demócrata combativo.


En Víctimas Especiales, lo interesante era más bien ir conociendo a los inspectores. En particular, los que han adquirido, con los años, el papel protagonista: Elliot Stabler y Olivia Benson. A través de sus ojos, uno podía compartir el horror, la angustia, la compasión. Porque, seamos claros, esta serie suele ser una patada en el estómago. No siempre estaba conseguido, no siempre se evitaba el melodrama. Pero algo del abismo estaba ahí. Y algo se le iba pegando a Stabler y sus problemas de ira, y a Benson, y su pasado doloroso.

Pero la franquicia de Ley y Orden no tiene buenos gestores. Algo huele mal cuando se caen actores y se dan explicaciones vagas en el siguiente episodio. Pasaba con el inspector Logan en Acción Criminal, al que se le sustituye sin más que una frase que expone que se ha marchado. Y en las dos últimas temporadas de Víctimas Especiales es ya de risa: las fiscales van y vienen, sin explicación aparente. Todo, desde que se marchó Casey Novak, la que sí unificaba y tenía trama y entidad. La entrada y salidas de actores transmiten, o bien recortes de presupuesto (la pareja de actores protagonistas plantearon, como es habitual, participar en los beneficios, y se les negó, poniendo en peligro su renovación), o bien simple avaricia y miopía de los productores. Pese a lo longevo de la serie, Víctimas Especiales ha tenido, en general, un público fiel.


Tampoco dice mucho de sus creadores (o de sus supervisores actuales) que pasen y pasen las temporadas con tanta indecisión. En la sexta, séptima, y, en parte, en la octava temporada se dedicaba algo de tiempo a ese arco general, esas tramas personales, que, al cabo, importan o atraen más. Como en House, a partir de cierto momento, por muchas vueltas que se le dé a un caso -aunque un buen guionista siempre puede otorgarle un giro válido, como en Duda (Doubt; episodio 8, sexta temporada)- el procedural, al cabo, pierde fuelle. 

Sin embargo, esto no se sostenía de forma continuada: unas veces crecía el elemento personal, y otras, desaparecía casi por completo. Hay dos capítulos con Olivia inundada por flashbacks sobre algo vivido en la cárcel, para luego, desvanecerse este conflicto sin más, en los próximos episodios. Nos quedamos sin saber cuándo y dónde le sucedió aquello. En cuanto a la idea -lógica, interesante, con posibilidades- de Benson pensándose tener un hijo aparece y se esfuma, de nuevo, mandando a la porra la continuidad.

A una serie también puede herirla el éxito. Empezaron las nominaciones, los premios, y el aura de “televisión de calidad”. De pronto, muchos actores conocidos (que no famosos) eran invitados (o tal vez sugerían y buscaban un papel). Esto era y es contraproducente, en muchos casos. En el momento en que vemos una cara que reconocemos, sabemos que probablemente sea el culpable. En otros casos, escribirle tantas escenas pueden causar que los protagonistas dancen alrededor, con apariencia de no saber muy bien cómo actuar. Basta que observen las caras que ponen Stabler y Benson ante las confesiones de Carol Burnnet, en Bailarina (Ballerina; episodio 12, temporada 10). Ni saben qué gesto ofrecer. Parecen decir, "ah, qué historia tan interesante, pero... esto... ¿la serie no iba de nosotros?".

Por otra parte, depende, claro, de si uno sabe dónde encajar el casting. Bagaje (Bagagge, episodio 18, décima temporada) nos regalaba a Delroy Lindo casi almorzándose a todo el resto del elenco, como detective obsesionado. Aún así, su trama iluminaba un tanto el momento particular de la evolución de Stabler. Así, sí. Se equilibraba trama principal, secundaria, y ese arco general de la serie y el personaje. Otro ejemplo donde los guest stars funcionaban: el capítulo Swing (episodio 3, décima temporada) tenía a Ellen Burstyn como madre inestable de Stabler. Era una gozada ver a esta actriz; nos abría la puerta a un mayor conocimiento de un protagonista, y sus acciones influían en la trama principal. Ahora bien, regresa el problema originado por esa, también, inestable dedicación a los backgrounds de los protagonistas. ¿Hemos tenido que esperar 10 años para conocer a la madre de Stabler?

Ahora, Víctimas Especiales va sin rumbo. Apenas hay episodios interesantes. Aún en la décima, al menos, se daban esos momentos de tensión y ritmo como los de aquel gran episodio Emergencias (Dial 911; episodio 3; temporada séptima), en historias como las de Avatar (ídem; episodio 2) o Impulsivo (Impulsive; episodio 3). Pero el que cerraba la temporada era intolerable. Un secundario se volvía psicópata, de buenas a primeras. La falta de coherencia es ya obvia en la temporada 11. El colmo era la dirección súbita e incoherente de la fiscal mostrándose como alcohólica. Sacado de la manga. Y ahora han metido a Sharon Stone. Esto no pinta nada bien. 

Episodio "911": uno de los mejores.